Silvia Martí Marí explora el ‘vacío’ de la emigración valenciana a Nueva York a principios del siglo XX

Arte y fotografía

EXPOSICIÓN
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VALÈNCIA. Concha Piquer canta, en su popular En tierra extraña, la anécdota de una reunión navideña de españoles inmigrantes en la Nueva York de la ley seca. “Y solo al que está enfermo despachan vino/Yo pagué peso de oro una receta/Y compré en la farmacia vino español”, continúa la historia. En aquella época, Ángel Ripoll Durá, un valenciano emigrado desde Tàrbena, era bartender en la ciudad cosmopolita que recibía todos los días a cientos de personas de todo el mundo buscando una vida mejor.

Ripoll y Piquer acabarían coincidiendo en alguna ocasión. Cómo y cuándo no se sabe, pero su sobrina-nieta, Silvia Martí Marí, toma esta posibilidad como uno de los puntos de partida con los que llenar ‘Un vacío en Nueva York’. La exposición, que se inaugura este martes en el Centre del Carme, construye un relato sobre la migración valenciana a Estados Unidos en dos claves (y dos salas): una íntima, y otra colectiva.

La artista alicantina perdió, por falta de descendencia, los vínculos familiares en Nueva York. Y fue a partir de ahí cuando empezó a buscar estas huellas. En su caso, su historia empieza en 1916, cuando Tàrbena sufrió las consecuencias de la plaga de filoxera, que hundió aún más las condiciones laborales de los y las trabajadoras de la pasa. Ángel Ripoll Durá se unió a una oleada de valencianos que decidió buscar su futuro a Estados Unidos —aunque confiesa la propia artista, que él sí tenía cierto colchón económico y seguramente se fue más por una vocación artística.

En 2017, cuando fallece su tía Margarita, Silvia Martí Marí empieza a pensar sobre el desarraigo y el re-arraigo de la comunidad valenciana en Nueva York. Y las huellas están ahí: en primer lugar, el más evidente, tal vez sea la arquitectura de Rafael Guastavino que levantó algunos de los edificios más emblemáticos de la boyante Nueva York; también Concha Piquer, la voz valenciana que triunfó también en la gran ciudad.

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En otro plano, espacios como La Nacional Spanish Benevolent Society reunieron a esa diáspora española e incluso tomaron el papel de otorgar un entierro digno en Nueva York para las personas cuyas familias no podían costear una repatriación. Y en otro, aún más íntimo, los objetos de idas, venidas y todo lo contrario.

Con todo esto, la artista Silvia Martí Marí ha generado un trabajo de investigación que mezcla disciplinas, lenguajes y capas de reflexión. La muerte de su tía, Margarita Catalina Ripoll Hansen, en 2017, fue el punto de partida: recuperó fotografías, objetos y recuerdos, pero también se dispuso a recorrer de nuevo los lugares que había visitado junto a ella.  En su última estancia de investigación, en 2024, volvió sobre aquellos itinerarios. “Antes de convertirse en esculturas, fotografías o instalaciones, muchas de las obras empiezan siendo una experiencia física en el espacio”, explica la artista.

La primera sala se concentra en la memoria familiar, mientras que una segunda amplía la mirada hacia la experiencia de los valencianos que emigraron a Estados Unidos. No se trata, sin embargo, de reconstruir de manera exhaustiva aquella historia migratoria (“No pretendo ser una historiadora”, ha remarcado en la rueda de prensa), sino de trabajar precisamente con sus huecos: aquello que se conserva y lo que se perdió; las historias que han quedado fuera de los grandes relatos.

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La exposición la forman tanto objetos heredados que forman una instalación, como fotografías tratadas que buscan atrapar, de alguna mantener, otros recuerdos ya inaccesibles (una casa, unas lámparas, unos cuadros). También reproduce los alcorques de la Quinta Avenida como rastro espectral de su tía (que paseaba continuamente por esa calle).

En su dimensión social, la artista interviene archivos, reproduce pedazos de obras de Guastavino (comparando audazmente las singulares tramas de sus techos con un capazo espigado) y visita el nicho de La Nacional, al que le ofrece un turrón como el que cruzaba el Atlántico enviado por las familias.

Una mirada personal y cercana se va ampliando sin perder intimidad; una historia familiar singulariza pero es capaz de contar lo de aquí y lo de allí, una especie vacío en todo caso.

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