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CRÍTICA DE CONCIERTO

El 'concierto de oro' de una Bartoli resfriada

Rolex, patrocinador del concierto, se adjudica una parte de la taquilla

10/11/2015 - 

VALENCIA. La sala grande del Palau de la Música, llena hasta arriba, escuchó el domingo uno de esos fatídicos avisos sobre la indisposición de un intérprete que, “por deferencia al público”, actuará a pesar de todo. Se pide entonces comprensión y apoyo, y el público valenciano que, realmente, es muy comprensivo, se dispone a aplaudir todavía con más fervor. Se trataba en este caso de la famosísima mezzosoprano Cecilia Bartoli, y la prensa de Barcelona ya venía hablando desde el día 5 de su resfriado. Pero, claro, cabía la esperanza de que estuviera repuesta. No fue así.

El del domingo fue uno de los dos conciertos extraordinarios que ha programado el Palau esta temporada. Extraordinarios porque se negocia con los patrocinadores la parte a pagar del caché del artista y el porcentaje de taquilla que se adjudican, una fórmula que se utiliza con los intérpretes cuyo caché es muy elevado, como es el caso de Bartoli. El patrocinador fue Rolex, que dispuso para las entradas unos precios muy superiores a los habituales en el Palau. El otro concierto extraordinario tendrá lugar el 3 de marzo, con el pianista chino Lang Lang.

Bartoli aprovecha esta gira (Barcelona, Pamplona y, finalmente, Valencia) para promocionar su último trabajo discográfico: St. Petersburg. En él se bucea en el proceso de implantación de la ópera italiana en Rusia, habiendo participado la propia cantante en las tareas de recuperación del repertorio a partir de los archivos del Teatro Mariinsky. La gira combina algunas de estas partituras con otras de compositores italianos tan conocidos como Vivaldi, y de ahí el cambio de rótulo para el programa: “De Venecia a San Petersburgo”. Debe señalarse, no obstante, que la mezzo romana también ha sacado del olvido muchas composiciones de este autor, así como de otros mucho menos conocidos (por ejemplo, Agostino Steffani). Esta labor de exhumación suele ir luego acompañada de la correspondiente grabación discográfica, en ediciones cuidadas y atractivas que le reportan un considerable éxito de ventas. El nombre de los álbumes, llamativo a veces en el campo de la música clásica, y la realidad a la que se refieren, tienen también su parte de responsabilidad en el éxito: Mission, Sacrificium, Opera proibita...  

Cecilia Bartoli ha desarrollado su carrera como mezzo aguda de coloratura, es decir, como una voz con requerimientos, entre otras cosas, de una notable agilidad. Así lo demuestran las arias incluidas en esta gira, que circulan por la ópera seria del siglo XVIII, llena de adornos, trinos, saltos y florituras vocales de gran dificultad. A Bartoli han llegado a apodarla “la metralleta” por la endiablada velocidad con la que era capaz de disparar los sonidos. Los años, sin embargo, van pasando, y la agilidad y el empuje del aparato fonador disminuye, como la del resto del cuerpo. Si a ello unimos el inoportuno resfriado (huelga decir que, para un cantante, un resfriado es una afección realmente invalidante), tenemos un serio problema. Pero Bartoli no se arredra con facilidad, y echa mano de su simpatía, de las bromas que encantan a sus incondicionales seguidores, de su capacidad de comunicación y, sobre todo, del arte que todavía derrocha en las arias más tranquilas. Y el público enloquece, con resfriado o sin él.

Estuvo no sólo acompañada, sino realmente mimada -sobre todo en una primera parte donde la voz se mostró especialmente frágil- por el conjunto que la acompaña en los últimos tiempos: I Barocchisti, dirigidos por Diego Fasolis, que utilizan con carácter y convicción instrumentos originales. Ya iniciaron el programa tocando la Obertura de Farnace a un volumen mínimo, porque sabían que enseguida salía la diva para cantar cinco arias de Vivaldi con el hilo de voz que le quedaba, y no debía parecer que ellos bajaban el volumen por esa causa. Realmente, Bartoli nunca ha tenido una voz grande, pero lo de esta vez parecía preocupante. Las agilidades tampoco corrían bien, las saltos al agudo eran tirantes y afilados, y hasta la afinación pareció puntualmente insegura. En la segunda partitura, sin embargo (“Sol da te, mio dolce amore”, de Orlando furioso), mucho más tranquila, estuvo bien trazada la línea melódica y los graves se escucharon atractivos. “Agitata da due venti”, de Griselda, le planteó a la romana, de nuevo, los problemas de una página de bravura que no parecía en condiciones de solventar. Tuvo un respiro mientras I Barocchisti tocaban el breve y encantador concierto de Vivaldi denominado “Alla rustica”, por el carácter popular que tienen sus movimientos rápidos. Salió de nuevo para enfrentarse al dramático Farnace de “Gelido in ogni vena”, donde hizo de la necesidad virtud: casi la musitó en lugar de cantarla, y prodigó las medias voces más de lo que ella misma ha hecho otras veces, pero supo darle a todo ello una direccionalidad musical y una intensidad expresiva que conmovió de verdad a los oyentes. Después sacó la pandereta (algo que hace con frecuencia cuando la música se presta) y cantó el último Vivaldi girándose hacia el público del fondo, que agradeció su gesto.

Le llegó el turno a Hermann Raupach, con dos números de la que fue la segunda ópera compuesta con libreto en ruso: Altsesta. Sonó en primer lugar una marcha solemne y cortesana interpretada por la pequeña orquesta, que Bartoli aprovechó para avanzar, desfilando cual zarina, con una cola tan larga que todavía seguía saliendo de la puerta cuando ella ya estaba en medio del escenario. Como cabía esperar, la gente se rió mucho. Cantó después, desde luego en ruso, “Idu na smert” (Voy hacia la muerte), que dejó ver poca fluidez en los cambios de registro. Volvió al italiano y a las temibles agilidades en “O placido il mare”, de Siroe, re di Persia, también de Raupach, donde, eso sí, bromeaba haciendo callar a la orquesta cuando mencionaba la placidez del mar.

En la segunda parte vimos a una diva más recuperada, incluso en las arias de abundante coloratura. También mejoró la potencia, lo que permitió a la orquesta manejarse con una dinámica normal. “Pastor che a notte ombrosa”, de Seleuco (Francesco Araia), aria con marcado carácter bucólico, tuvo una destacada intervención del oboe, amén de plácidas imitaciones del ruiseñor nocturno y hasta del viento, efectos todos ellos muy solicitados en la música descriptiva del Barroco. Ella aguantó relativamente bien las vocalizaciones, tanto en esta pieza como las muy largas de “Se mai senti spirarti sul volto”, de La clemenza di Tito (Hasse). De esta ópera procede también un aria más agitada “Vo disperato a morte”, interpretada por Bartoli con mayor aplomo y bravura que en la primera parte. El libreto, de Metastasio, cautivó a muchos compositores (entre otros a Gluck, Caldara y Mozart, el de este en revisión de C. T. Mazzolá).  Culminó el programa “Nobil onda”, de Adelaide (Porpora), cargada de pirotecnia vocal y cantada con una voz que parecía reafirmarse sobre la marcha. Incluso se permitió juguetear y bromear, precisamente, sobre las agilidades que tantos problemas le habían dado en este concierto. Con lo cual casi pareció que no había pasado nada serio.

 El público aplaudió a rabiar y exigió un regalo. Y entonces ella salió con abrigo y gorro que parecían de armiño (el mismo atuendo que luce en la portada del mencionado disco St. Petersburg), para cantar otra aria en ruso de Altsesta: “Razverzi pyos Gortani, laya· (Perro, abre tus fauces de par en par). Después ya no hubo quien la hiciera cantar más.

La indisposición de la diva romana pone de nuevo sobre el tapete la discusión de qué hacer en tales situaciones, situaciones más frecuentes en el vecino Palau de les Arts, donde las voces, mucho más sensibles a los cambios de tiempo, tienen una presencia bastante mayor. Debería establecerse algún sistema que permitiera compaginar el interés de quien quiere escuchar a un cantante, en las condiciones que sea (siempre y cuando el intérprete esté dispuesto a hacerlo) con el que opta por dejarlo para mejor ocasión, prefiriendo que le sea reintegrado el precio de la entrada. Son cuestiones delicadas, con muchos intereses cruzados y, por tanto, difíciles de gestionar. Una mirada al entorno europeo para ver cómo se solucionan tales dificultades no estaría de más, porque en el tema de una vida musical normalizada –y seguro que en otros países también hay resfriados- nos llevan muchos años de ventaja.

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