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crítica

Borja Quiza ilumina 'El barberillo de Lavapiés' de Les Arts

18/04/2021 - 

VALÈNCIA. Ha vuelto la zarzuela grande al coliseo del Jardín del Turia, con uno de los títulos más interesantes del madrileño Francisco Asenjo Barbieri, músico de referencia en el género, y hombre comprometido y de vasta cultura. No es de extrañar, por tanto, que de sus muy numerosas obras, una de las más destacadas, El barberillo de Lavapiés, con libreto de Luis Mariano de Larra, sea sin duda una de las zarzuelas románticas de referencia por sus brillante orquestación y fáciles melodías, por su texto de altura lleno de gracejo, ironía y picardía, que consiguen retratar el más puro casticismo, y sabor del Madrid del XVIII de estudiantes, majos, militares, pícaros, nobles, y conspiradores.

Otro acierto de Les Arts al programar esta interesante obra, en la que Asenjo y Larra son capaces de aunar los dos lenguajes que más les interesaron. En lo musical, el más puramente español, venido de la antigua tonadilla escénica, dedicado al pueblo, que se combina con el lenguaje italiano de la segunda mitad del diecinueve, incluidos los evidentes guiños a Rossini, para la aristocracia. Y en el texto, trayendo una ocurrente utilización de vocabulario que acompaña el rango social de los personajes, también pueblo y nobleza. 

Retroalimentándose continuamente a base de sus melodías de compases ternarios y notas de floreo, El barberillo de Lavapiés es un destacado ejemplo del nacionalismo español que el autor impulsó, paradigma de lo lírico y de la zarzuela más enraizada en la música de los ritmos tradicionales de España, presentando seguidilla, jota con rondalla, zapateado, estudiantina, bolero, tirana, y calesera, para convertirse en una pieza clásica del repertorio del XIX en su género.

La producción vista ayer es del Teatro de La Zarzuela de Madrid. Aporta una pobre, facilona, y oscura escenografía, que podría servir para la puesta en escena de cualquier zarzuela y de cualquier ópera. No trae rasgo alguno ni de El Pardo ni de Lavapiés. Se conforma con paneles oscuros, que facilitan tanta agilidad que llega a desconcertar y desorientar por completo al espectador. Están, sin embargo, bien resueltos los movimientos escénicos a pesar del gran número de artistas sobre las tablas. No siempre certero el cuerpo de baile, lo mejor de la producción es la iluminación y el vestuario rico, elegante y bello. 

Miguel Ángel Gómez Martínez se topó ayer con dos grandes agrupaciones, y una estupenda partitura, a las que no logró sacarle jugo. Falto de finura, no encontró sutileza en los detalles de todo orden, en los matices, y también en los encuentros con los cantantes, superados a veces por el conjunto orquestal. El coro de la casa, -que al parecer alguien quiere desmembrar-, se mostró una vez más seguro y certero, a pesar de la mejorable dicción. Y la Orquesta de la Comunitat sonó brillante y clara, pero exenta de sensibilidad.

Foto: MIGUEL LORENZO Y MIKEL PONCE.

Lamparilla que ilumina

Por lo visto ayer sobre el escenario del Reina Sofía, es difícil encontrar a un barítono lírico que mejor encaje con el personaje de Lamparilla, -quien por amor utiliza sus múltiples armas para conquistar a su amada-, que el interpretado por Borja Quiza, porque fue un perfecto gamberro, activo, chispeante, y pillo. En el canto, su voz algo abierta en la parte alta, es segura, franca, de bello y limpio de timbre, espléndida en volumen, y de emisión muy efectiva. En los recitados, a veces aturullados, mantiene el mismo brillo. Y merece premio no solo su sabio trabajo escénico, sino su decidida implicación.

Dejen paso a Borja Quiza, porque se podrá decir de él que no hace un canto refinado, pero a cambio tiene la belleza de la emisión sin remilgos, y una expresividad vocal y escénica de muchos quilates. Él solo iluminó ayer todo el El barberillo de Lavapiés.

Nadie más emociona sobre el escenario. Paloma fue una musical, sólida, y segura mezzosoprano Sandra Ferrández, de presencia y juego escénico bien resueltos. Mostró en el canto una voz de limitado volumen, escasa proyección, poco brillo en su timbre, y confusa dicción. En las partes habladas es otra distinta: se le entiende todo, y su emisión es diáfana. Lo tiene ahí. 

La Marquesita fue María Miró, soprano de buen gusto, y timbre agradable, a quien no se le entiende el texto, excepción hecha del momento del dúo castizo del tercer acto con la mezzo. Ahí tiene el hilo. Discreta en lo actoral, mejora la dicción en los hablados, a pesar de las innecesarias e inexplicables prisas. El tenor Javier Tomé hizo un Don Luis de discreta presencia escénica. En lo musical ofreció una voz de bello timbre, y buen volumen, aunque entubada, nasal por momentos, y demasiado enclaustrada que impide una emisión libre.

Ángel Burgos fue un Lope efectivo, sobre todo en lo escénico. Don Juan fue David Sánchez, falto de canto y de musicalidad, quien mejora en la parte hablada. Abel García con su Don Pedro dio un ejemplo de profesionalidad y bien hacer tanto sobre todo en lo escénico. Su voz de bajo es timbrada, fornida y muy expresiva. Si dicción es perfecta en lo hablado y en lo cantado. 

Foto: MIGUEL LORENZO Y MIKEL PONCE.

Largo al factotum

No sólo Lamparilla fue el factótum de ayer. También lo fue, y en toda su vida, el maestro Asenjo Barbieri, padre de la zarzuela romántica, con decidida dedicación a lo musical, pero así mismo literato, musicólogo, periodista, investigador, critico, profesor, y empresario teatral. No sabía decir que no. Por encargo de Lo Rat Penat compuso una Salve Valenciana, dedicada a la Santísima Virgen de los Desamparados, estrenada en 1882, y que bien estaría, -digo yo-, que se pudiera reponer pronto. En cualquier caso, largo al factótum. Dejen paso a Barbieri, y la zarzuela.

El barberillo de Lavapiés marcó una moda desde su estreno en 1874, y hoy es todo un símbolo de la música española del XIX, que gozará, sin duda, de inmortalidad. Ayer gustó mucho. Y es que gusta siempre porque es brillante, divertida, burlona, irónica, y actual. Aporta melodías fáciles y bellas, construidas con armonías sencillas y ritmos esenciales y tradicionales, trayendo folclore popular español, danza, y un texto de gracejo inteligente. Mucho Barberillo, y mucha música hay aquí.

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