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en portada / carlos pascual

«No me gusta el victimismo, nadie nos tiene manía»

El notario Carlos Pascual, activo representante de la sociedad civil, ha vivido en primera línea la historia reciente de València gracias a su don de gentes y a un progresismo burgués que hizo que políticos, empresarios e intelectuales quisieran contar con él  

21/11/2019 - 

VALÈNCIA.- Carlos Pascual de Miguel (València, 1944) se jubiló a su pesar hace cinco años —«la gente cree que los notarios no se jubilan pero a los notarios nos jubila el BOE»— tras ganarse el ‘título’ de ‘notario mayor del Reino’, no solo por llegar a ser el que más firmaba en toda España sino por su intensa actividad social que le llevó a ser confidente y/o consejero de empresarios, políticos y gente de la cultura. Fue representante del Notariado español ante las instituciones europeas, presidente del Consejo Social de la Universitat de València, de la Fundación Universidad Empresa (Adeit), de la Fundación Cañada Blanch y de la Fundación Valencia CF, entre otros muchos cargos de instituciones sociales. Es presidente de la Cátedra de Cultura Empresarial, vicepresidente de la Fundación Conexus y pertenece a la Junta Directiva de la Asociación Valenciana de Empresarios (AVE), donde fue el primer profesional liberal con consideración de empresario. «Me propusieron ser presidente cuando se retiró Paco Pons, pero les dije: ‘‘no puedo porque en la notaría el horno soy yo y si yo no estoy no salen los azulejos’’; además, no tengo una visualización de empresario y AVE la necesita». Amante del arte y amigo de muchos artistas, se declara «comprador de cuadros para convivir con ellos» más que coleccionista, pese al alto número de obras que atesora, porque «una colección ha de tener un enfoque, una idea central» y Carlos Pascual compra lo que le gusta dentro de sus posibilidades.  

Animado por su hijo Carlos —su otra hija, Andrea, ha hecho carrera en Madrid en el mundo de la comunicación y la moda—, tras su jubilación se animó a abrir un despacho de abogados. «No pensaba hacerlo, pero mi hijo y mi sobrino, que estaban en despachos nacionales grandes, tenían mucho interés», relata. El despacho se integró después en Romá Bohorques Tax & Legal, donde presta su imagen y recibe pero no está en el día a día. «El mundo de la abogacía tiene tres sectores muy definidos: uno es el low cost, otro son los grandísimos despachos y el tercero es lo que yo llamo despacho de autor, donde sabes quién te va a recibir, quién va a estudiar tu caso, quién va a redactar los documentos... Y ese despacho de proximidad, con mucho nivel, creo que es un espacio que en València responde muy bien a necesidades de la familia y de la empresa, y ahí estamos muy bien ubicados», presume.

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— ¿Qué le lleva a querer ser notario?

 Indudablemente, la influencia paterna se nota. Es fácil trasladar emoción o vocación notarial porque es una carrera que seduce, independiente, de un alto nivel jurídico, donde se ven asuntos relevantes si llegas a una plaza importante, donde tienes una vida asegurada... Tienes una fuente de ingresos suficiente, no tanto como la gente piensa, y todo ello, cuando se vive en el ambiente de casa y te gusta el mundo del Derecho, es fácil trasladar... Pero como siempre he sido un poco rebelde, no acepté por inercia ser notario. De hecho, cuando terminé la carrera, Manuel Broseta, que era catedrático de Derecho Mercantil, me llamó para que fuera con él. Fue una primera ocasión donde tuve que reflexionar sobre mi trayectoria. Al final me presenté a las oposiciones, que eran mucho más largas que ahora porque teníamos que hacer todos los temas. Me presenté primero en Barcelona y me retiré. Había que esperar dos años, así que me casé, y estando así me vino una oferta del grupo Rumasa, con 26 años, para dirigir la entidad más importante del grupo en València. Me hicieron varias entrevistas y me ofrecieron el puesto. Y entonces les dije: «Mirad, habéis estado un mes analizando si me queréis, dejadme a mí otro mes para que lo piense». Y dije que no, continué con la oposición y aprobé con 27 años.

—En Rumasa tampoco se habría aburrido...

—Nunca he sido muy de analizar en profundidad las cosas. Mi cabeza funciona y domina cosas, pero vivo mucho por intuiciones.

—Usted no ha sido un notario más, ha tenido una intensa vida social que le ha hecho ser testigo de la tramoya valenciana. ¿No ha pensado en escribir sus memorias? 

—No se me ha ocurido, entre otras cosas, porque tengo bastante pudor de mi intimidad. Además, es muy difícil entender muchas veces las cosas de uno mismo. Dicho eso, creo que València es una ciudad intermedia, donde socialmente hay un grupo de personas que confluimos mucho y en muchos sitios, con lo cual todos nos conocemos bastante. Las ciudades más grandes tienen más anonimato personal. Si encima eres notario y tienes una relevancia, aún eres más conocido. Y si eres de València y, encima, tienes, como yo siempre he tenido, una mentalidad progresista, tolerante, de hablar con todo el mundo... No he sido nunca ni de derechas ni de izquierdas. Jamás he pertenecido a un partido político. Y no he ido a un mitin en mi vida, nunca, porque rechazo las multitudes y, sobre todo, el lenguaje de soflama enardecida... Así que, durante mucho tiempo, rehuí muchas cosas que me iban ofreciendo hasta un momento en que te das cuenta de que las cosas no pueden ser así y al final piensas que tan criticable es la gente trepa que quiere estar en todos los sitios como el escaqueado habitual que con los dos argumentos fundamentales tales como yo no tengo tiempo y no sirvo porque otros lo harán mejor, al final está rehuyendo una responsabilidad social que todos tenemos. Y poco a poco te metes en alguna cosa. Estuve siete años en la Unión Europea representando al notariado y ahí empezó una implicación siempre como miembro de la sociedad civil. Lo único que me ha motivado a ocuparme de las cosas ha sido la valencianía, con un planteamiento social, personal y cultural progre y abierto, porque si no, no estaba por implicarme en nada. Es verdad que intervine en bastantes cosas porque me reclamaban para estar como intermediario, de conexión. Dicho eso, escribir las memorias, ni se me ha ocurrido. Además, como nunca he tenido ninguna pretensión más que de ayudar, jamás he tomado ninguna nota, y al final uno se cree su propia historia y con el paso del tiempo no sabe hasta qué punto es fidedigna o puede ser contradicha por otro. 

«Tan criticable es la gente trepa que quiere estar en todos los sitios como el escaqueado habitual que al final está rehuyendo una responsabilidad social que todos tenemos»

—Esa actividad social se desarrolla en distintas etapas políticas. ¿Empieza con Lerma?

—Yo llegué destinado a València cuando Joan Lerma era presidente. Con él tuve muy poca relación, igual que con Ricardo Pérez Casado. A los dos los vi en sus respectivos cargos; teníamos amigos comunes y me parecen dos personas estupendas, grandes políticos. Pero he tenido más relación después. Por ejemplo, con Lerma, una vez que tenía que pactar con Eduardo Zaplana un cambio en la ley de cajas.

—¿Qué ocurrió?

—Me llamaron de la Caja de ahorros para decir que necesitaba emitir obligaciones porque tenía problemas de tesorería y una de las condiciones para calificar los títulos y que el mercado las comprara era que se aprobara una nueva ley de cajas. Estaban ahí luchando Zaplana en el poder y Lerma en la oposición. Antonio Tirado (presidente de la Caja) vino a verme una tarde y me dijo: «Mira, he hecho las gestiones para una reunión entre los dos, pero Lerma ha dicho que no habla con Zaplana si no estás tú delante». Entonces nos reunimos en una suite del Astoria para que no nos vieran y la verdad es que en cuanto se sentaron fueron muy cordiales en el cara a cara. Se llegó a un acuerdo pero no sirvió para nada porque se desmontó siete días después.

—Con Zaplana sí tuvo más relación...

—Y mucha gente pensó que yo era muy del PP, pero con la gente del PSOE he tenido muchos contactos y tengo muchos amigos socialistas. De hecho, en el Pilar, frente a otros colegios, la educación que recibimos y lo que nos marcaron fue un modo de entender la vida más bien progresista. Los marianistas entonces venían muy influidos por los comportamientos sociales del mundo del trabajo y eso se notó. Y encima éramos la burguesía valenciana más característica. Yo tenía muchos más amigos socialistas que de derechas.

—Se cuenta que lo introdujo usted en los círculos sociales de València.

—Yo a Zaplana no lo conocía, me lo presenta un amigo en la campaña electoral. Y cuando ya es presidente me llama, que quiere comer conmigo. Y entonces es cuando me transmite que había ganado inesperadamente y me dice: «Creo que la sociedad valenciana que se me aproxima no es la de verdad y tú sí la conoces, y me gustaría que ahí me ayudaras». Yo le respondo que soy muy independiente, que no soy sumiso pero sí soy leal y progresista. Y que si acepta ese modo de ser, pues adelante. Ahí empezó la operación, pero tampoco pactada. Y no le di ningún cheque en blanco. Es verdad que a partir de ahí empezó a encargarme cosas. Por ejemplo, que por qué no me hacía cargo de la Ciudad de las Ciencias para revocar los contratos con las constructoras, para no construir el ‘pirulí’. Le dije: «Mira, no tengo tiempo ni ganas, eso no es cosa mía». Y luego otras que tampoco. Y al final me dijo: «Mira Carlos, hay una cosa que no puedes rechazar, que es ser presidente del Consejo Social de la Universidad». Y lo acepté. Con Zaplana luego tuve durante un tiempo una relación personal a nivel de matrimonios y otros amigos..., social, de amigos.

«No salimos perdedores porque sí. Ese modo de ser tan independiente, poco organizado, muy autocrítico, nos hace perder peso fuera»

—¿Qué relación mantiene con él?

—Aquello duró poco porque al cabo de dos años él ya fue distanciándose. Seguimos siendo amigos pero ya no nos veíamos con frecuencia, no salíamos a cenar, nos veíamos alguna vez en algún momento. Y luego, cuando se fue a Madrid, alguna vez me llamó para pedirme alguna cosa. Y luego ya, cuando vino el cambio con Paco (Camps), ahí rompió absolutamente la relación. Yo a Paco Camps lo conocía de soltero porque su madre tenía una fábrica de géneros de punto y era cliente del despacho. Paco alguna vez vino a firmar alguna cosa familiar. Él era entonces asesor de un concejal. Cuando llega este cambio de Gobierno trazan una línea roja, tanto uno como otro, y ‘el que está conmigo está conmingo, y el que no, está contra mí’. Y se dio la circunstancia de que Zaplana me retiró el saludo pensando que yo me había hecho ‘campsista’ y Paco estaba escocido conmigo porque pensaba que seguía siendo ‘zaplanista. Con Paco tuve conexión de amistad y luego como presidente, pero tuve mucha menos intervención. Quien más me pidió consejos o participación en cosas fue Zaplana.

—¿Ha existido alguna vez el poder valenciano?

—En mi tiempo consciente no. Yo siempre he descartado los victimismos. Al final, nadie nos tiene manía y, por tanto, la clave de no tener poder valenciano en Madrid hay que buscarla introspectivamente. Es verdad que yo muchas veces hablo de la ‘Meseta’ que a veces está más alta de lo que parece, pero por lo que sea los valencianos somos poco asociativos, muy independientes y muy autocríticos. Por otra parte, somos muy apasionados y cuando hay un tema que nos conjuga a todos nos volcamos. Además, tenemos la organización social más importante de España, que son las fallas. No he visto nunca una estructura reticular de sociedad organizada como las fallas, que en un principio eran bastante de derechas, y ahora son de derechas y de izquierdas y creo que eso es un factor fantástico de identificación de la sociedad valenciana. Pero en Madrid... me acuerdo de un momento en que tuvimos hasta cinco secretarios de Estado y cuando pasaban de Motilla no ejercían de valencianos. Desde la Democracia no hemos tenido a nadie en Madrid, casi no hemos tenido embajadores ni directores de medios, no hemos tenido ni tertulianos, no hemos tenido influencers más que a nivel cultural. Tenemos muy poca influencia, muy poca. No solo eso, sino que además, o por eso, el PP trató injustamente a los valencianos, porque nos mandó aquí muchas de sus culpas, entre comillas, y facilitó que nos tildaran de ser el centro de toda la corrupción. No digo que no la hubiera, que la había, pero es que la había también en otros muchos sitios y fundamentalmente en Madrid. Tampoco ha habido un lobby valenciano o, más que lobby, que no me gusta la palabra, una organización que coordine a los valencianos en Madrid.

—¿Es lo que busca Conexus?

—Yo soy vicepresidente de Conexus, que va a cumplir ahora diez años. Estas organizaciones no se crean de la noche a la mañana, no te puedes inventar una realidad influyente, conectada. Tiene que crecer retroalimentándose y está creciendo adecuadamente. Se está conectando con muchos ámbitos de Madrid y hay que apoyarla. Es un éxito porque este tema es la cuarta vez que se intenta hacer en Madrid y en cuanto esos movimientos se conocían se petardeaban inmediatamente, herían susceptibilidades. El protagonismo lo querían todos y sospechaban de los demás. Eso es muy típico de los valencianos. No me gusta el victimismo; nadie nos tiene manía persecutoria, no salimos perdedores porque sí. Ese modo de ser nuestro tan independiente, poco organizado, muy autocrítico, nos hace perder peso fuera.

—¿La infrafinanciación también es culpa nuestra?

—No. Es un tema muy unido a la estructura de España, es decir, al régimen autonómico, el régimen autonómico que creó nuestra Constitución, que yo creo que ha sido muy útil y ha engrandecido a España... sobre todo a Madrid. A Madrid el centralismo le ha hecho multiplicarse por tres, a pesar de que se creían que las autonomías les íbamos a desnudar. Era un régimen transitorio, un régimen pactado para que pudiera ser firmado por todos, pero tenía fecha de caducidad implícita y debía conducir paulatinamente hacia una estabilidad de ese sistema, que no deja de ser un sistema federal. El federalismo se puede configurar de muchas maneras, habría que negociar.

—¿Es esa la solución para la financiación?

«El régimen autonómico tenía fecha de caducidad implícita y debía conducir paulatinamente hacia una estabilidad de ese sistema, que no deja de ser un sistema federal»

—La única solución, además de poner la cuenta a cero y cambiar el chip, es que en vez de tener que ir a Madrid a solicitar dinero, cada estado autonómico, cada estado federal, recaude lo que crea que deba recaudar, haga sus presupuestos y dentro del presupuesto tenga la cantidad que debe aportar para el equilibrio interregional, para gastos de Estado, de la diplomacia, del Ejército, etc. Y entonces, de entrada, se habrá cambiado un modo de entender la financiación en la que los estados en vez de ser depredadores son aportadores.

—Algunas voces en Madrid hablan de un posible contagio del independentismo en la Comunitat.

—Se ha hablado siempre, pero yo no lo veo. Después de la dictadura Cataluña fue una especie de paraíso cultural donde se fueron a vivir muchos intelectuales. Y la intelectualidad valenciana, en gran parte, se fue a vivir a Cataluña. Escritores, pensadores, sociólogos, artistas y muchos nombres que conocemos todos. Y se creó un pancatalanismo cultural, intelectual. Estos señores no eran geopolíticos, no eran napoleones que pensaban invadirnos. Es verdad que, quizá, creó una especie de exultancia prepotente de que Cataluña era el núcleo de un pancatalanismo y ahí estaba la crème de la crème. Y eso puede producir una especie de vanagloria molesta. Pero cuando aquello termina y en gran parte vuelven a València, y viven aquí y publican aquí, traen eso en lo que creen y ejercen desde aquí, pero ejercen siempre un pancatalanismo cultural. Geopolíticamente también ha habido cuatro, cinco o diez personajes, y casi todos se refugiaron en las universidades porque en todo el mundo las universidades son casi único hábitat en el que hoy perduran los extremismos. También es verdad que un noreste de España tan fuerte como Cataluña, Valencia y Baleares, que es donde está la mayor parte del Producto Interior Bruto y las grandes empresas productivas, parece atractivo para muchos y muy peligroso para otros. Madrid siempre ha intentado cercenar eso y ahora una herramienta con la que intenta cercenar es alarmando con que aquí pueda haber un separatismo de tipo político o de beligerancia social que yo no veo.

—La caída del sistema financiero valenciano se produce con Camps imputado, en el ojo del huracán, y se culmina con Fabra recién llegado. ¿Se pudo haber hecho más para salvarlo? 

—Se dice que si hubiéramos tenido un Zaplana en ese momento y una persona con poder... Zaplana fue un político a nivel de gestión muy bueno, pero en Madrid nunca tuvo influencia hasta que fue ministro e incluso siendo ministro tuvo muy poca. Estando aquí nunca tuvo influencia en Madrid, porque yo estaba con él y en Madrid él más bien sufría cierto menosprecio. O sea, que tampoco habría hecho grandes cosas. Si hubiéramos tenido un gran poder como los catalanes, pues a lo mejor sí, pero nunca hemos tenido ningún poder valenciano.

* Esta entrevista se publicó originalmente en el número de 61 (noviembre 20129) de la revista Plaza

  

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