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vals para hormigas / OPINIÓN

Carta abierta a un desconocido climatizado

24/08/2022 - 

Estimado señor.

Leo de pasada y sin perder más tiempo del necesario un tuit que alude a una entrevista con usted, que ni sé quién es ni me interesa, en la que sostiene que no va a consentir que sus hijos pierdan bienestar por culpa de las recomendaciones y advertencias relativas el cambio climático. Intuyo, porque ni siquiera me quedé con la cabecera del medio en que usted aparecía, que no permitirá que su descendencia pase ni un minuto sin aire acondicionado, que llenará la bañera con agua tibia y sales de baño cada vez que les venga en gana y que este invierno no tocará el regulador de la calefacción para que los pequeños, adolescentes o jóvenes de su prole puedan asomarse a la ventana en camiseta de manga corta para ver nevar. Si es que vive usted en zona de nieves. Debo reconocerle una cosa. Sin apenas vislumbrar más que un fogonazo de su argumento, me dejó pensando desde entonces. No voy a consentir son cuatro palabras de gran tonelaje. Y acabé llegando a la conclusión de que sí, estimado señor. Si usted, como tantos otros, como tantas administraciones, como tantos gobiernos de todo el mundo, no consiente que sus hijos vivan por debajo de sus posibilidades, lo que les está regalando es un futuro imposible. Con esa actitud, precisamente, consentirá que sus descendientes y los de los demás, que imagino que le importan lo mismo que usted a mí, vivan en un infierno.

Mientras tenga posibilidades económicas, supongo que pensará, su nevera estará llena, la climatización de su casa negará toda evolución de las estaciones del año, el agua correrá instantáneamente cuando abra el grifo y se servirá un buen chuletón, al menos, una vez a la semana. Es probable. Nada da más impunidad que el dinero. Lo que sucede es que las cuentas corrientes no rellenan los embalses, por ejemplo. Y si el agua almacenada baja por debajo de unos límites establecidos, no es capaz de generar electricidad. Ni siquiera eran las centrales nucleares, le advierto. Y sin que llegue la luz a los enchufes de su casa, no podrá conectar el frigorífico ni el aire acondicionado. Ni siquiera podrá conservar cargado el móvil para pedir una pizza a ese restaurante italiano de lujo que, quizá, le sirve las cenas los días en que juega su equipo de fútbol preferido. Nada de eso existirá. Porque la guerra de Ucrania sigue jugando a los chinos con nuestra independencia energética, lo cual nos obliga a ahorrar aunque a usted no le parezca bien. Pero, también, porque los recursos fósiles se están agotando, porque las emisiones de dióxido de carbono de las fábricas están extremando el clima. Porque se están quemando los bosques que reabsorben nuestros vómitos. Porque, en resumidas cuentas, al planeta le da igual la extinción de una especie tan destructiva como la nuestra. Si desaparecemos, la Tierra seguirá dando vueltas alrededor del sol, el aire será más puro y hasta una cucaracha tendrá más posibilidades de vivir en esa casa en la que usted no consiente que la calefacción baje de los 23 grados. Celsius, a ser posible.

Así que, en confianza, estimado desconocido. Si pretende usted que a sus hijos, puede que a sus nietos, eso se lo concedo, no se les enfríen los dedos de los pies. Si desea que no tengan que rebuscar entre las semillas de los caminos para conseguir algún nutriente. Si planea viajes al Mediterráneo en busca de inviernos suaves y a los fiordos noruegos en pos de noches estivales con edredón. Si confía en seguir disfrutando de la piscina, de los daiquiris con hielo escarchado, de un buen steak tartar, de lavarse la cara por las mañanas, de las operaciones a corazón abierto y de las brisas de Levante, afloje un poco sus pretensiones. Consienta un poco más. Así, nos quedará la esperanza de que usted y yo seguiremos siendo tan indiferentes el uno hacia el otro como hasta ahora.

Suyo afectísimo.

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