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La nave de los locos / OPINIÓN

Cervantes, proscrito en Cataluña

Cervantes tiene muchos amigos pero también detractores en Cataluña. Un homenaje al escritor no pudo celebrarse en la Universidad de Barcelona porque fascistas catalanes lo boicotearon. Es otro ejemplo de cómo la libertad vive amenazada en el Principado. Mientras, el nuevo Gobierno socialista regresa a la equivocada e inútil política de apaciguamiento con los independentistas

18/06/2018 - 

Como en los tiempos lejanos del general, en la Universidad han vuelto a corearse gritos en favor de la libertad. En la de Barcelona, doscientas personas encerradas en el aula magna gritaron “libertad, libertad”. Habían atrancado las puertas no para defenderse de los grises sino de los camisas pardas del independentismo catalán. Se hacen llamar Arran. Son los mismos que atacan medios constitucionalistas como Crónica Global, pintan la fachada de la tienda de los padres de Albert Rivera en Granollers, rompen los cristales de las sedes del PSC, PP y Ciudadanos y amenazan a los turistas. Campan a sus anchas en Cataluña porque se saben protegidos por las autoridades nacionalistas.

Los fascistas acusan de fascistas a las personas que habían acudido a un homenaje a Cervantes. El mundo al revés. Entre los invitados al homenaje figuraba Jean Caravaggio, excelente biógrafo del escritor alcalaíno. Lo lógico hubiera sido que los Mossos d´Esquadra hubieran intervenido para garantizar la celebración del acto, pero no lo hicieron. Tampoco el Rectorado de la Universidad adoptó las medidas necesarias para frustrar el boicot del acto. Los fascistas, una vez más, se salieron con la suya; llegaron a amenazar a la Universidad por si se le ocurría ceder de nuevo sus instalaciones a Societat Civil Catalana, la organizadora del acto.

Cervantes representa, al igual que Velázquez, Falla y Galdós, la mejor cara de la historia de España, la que no le interesa a la propaganda independentista

Hasta donde alcanza mi información, no he leído ni he escuchado una sola proclama de solidaridad de la alcaldesa Colau con los asistentes al homenaje frustrado a Cervantes. Dado su ridículo bagaje cultural, la señora Colau tal vez crea que Cervantes fue fascista al haberse dedicado a la milicia, como lo pensó también del almirante Cervera, al que le retiró el nombre de una calle por “facha”. Cervera murió cuando Benito Mussolini seguía militando en el Partido Socialista Italiano y aún no había dado el paso de fundar el fascismo.

Si los protagonistas del boicot hubieran sido falangistas y el lugar un centro cultural de la Generalitat (pongamos por caso la librería Blanquerna en Madrid), la condena, empezando por La Sexta, hubiera sido unánime. Y los alborotadores ya estarían durmiendo en Soto del Real acusados de un delito de odio, pero como los protagonistas fueron muchachos de la camada independentista, todo les está permitido. Hacen el trabajo sucio de amedrentar a aquel que discrepa del régimen totalitario que el paleofascista Torra —el hombre que recuerda a Goebbels cuando insulta a los españoles—y su camarilla aspiran a imponer en no más de un decenio, cuando una generación de catalanes, la que tiene hoy entre setenta y ochenta años, haya muerto y entonces ya exista una mayoría social en favor de la independencia gracias al excelente trabajo realizado por la escuela nacional catalana y los medios de comunicación públicos y algunos subvencionados sin lectores como La Vanguardia del conde de Godó.

El odio a Cervantes arranca del tiempo de Pujol

No sorprende que Cervantes, defensor de la libertad y enemigo de la intolerancia, esté en el punto de mira de fascistas catalanes. Cervantes representa la mejor cara de la historia de España, como Velázquez, Falla y Galdós, el lado amable y sugestivo de un país que no puede ser emparentado con la España de la caverna que pintan interesadamente los independentistas. El odio a Cervantes, como el odio a Quevedo, Góngora, Lope de Vega y otros grandes escritores españoles en lengua castellana, procede de los años de gobierno del delincuente Pujol, cuando decidió sustituir los nombres de estos autores en colegios públicos por otros en lengua vernácula. Así se iba descastellanizando (desinfectando) la cultura catalana. Y lo consiguió porque era un tipo inteligente, nada que ver con el tontiloco de Puigdemont. La raza catalana, está visto, ha empeorado.

No importa que Cervantes haya sido uno de los escritores que más hermosos elogios ha dedicado a Barcelona —“archivo de cortesía”, la llamó—. Debió de vivir en ella en el verano de 1610, según recuerda el gran Martín de Riquer. No importa tampoco que don Quijote pusiese fin a sus andanzas de caballero en la playa de la Barceloneta durante las fiestas de San Juan, ni que tratase con cortesía y admiración a Roque Guinart y a sus compañeros bandoleros, hombres que poseían una valentía y una honradez ausentes en las élites económicas y políticas que han gobernado el Principado en los últimos cuatrocientos años.

El boicot al homenaje a Cervantes refleja la degradación de gran parte de la sociedad catalana. Si tras lo sucedido en la Universidad de Barcelona la reacción mayoritaria fue el regocijo o el silencio, en el mejor de los casos, es que la podredumbre moral está más extendida de lo que se imaginaba en aquella región. El nuevo Gobierno socialista, que debería poner coto a los ataques a la libertad, prefiere recorrer el inútil camino del apaciguamiento con quienes mandan en Cataluña. Sánchez y los suyos están dispuestos a toda clase de cesiones a los independentistas con tal de hacerse perdonar su apoyo a la aplicación delicadísima del artículo 155 de la Constitución. Ya hablan de acercar los presos a las cárceles catalanas, controladas por la Generalitat, es decir, hoteles de cinco estrellas para Oriol Junqueras y los suyos, y de restituir un Estatut que sólo votó una tercera parte del censo electoral. El atolondrado Zapatero es uno de los partidarios de esta equivocada política. Pero qué cabe esperar del amigo de Maduro.

Estos políticos, los de Madrid y Cataluña, pasarán y no quedará nada de ellos. Formarán montañas de olvido. El que no pasará es Miguel de Cervantes y su obra. Cuando dentro de doscientos o trescientos años, España, incluida Cataluña, sea un borroso recuerdo, materia exclusiva de los historiadores, nuevos y mejores lectores acudirán al Quijote para reírse con sus aventuras o en busca del mucho consuelo y la necesaria sabiduría que encierran sus hermosas páginas.

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