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CRÍTICA DE CINE

‘La luz’: la película sobre la pederastia en la Iglesia a través del punto de vista del sacerdote violador

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VALÈNCIA. Fernando Franco nunca ha sido un director cómodo. Su ópera prima, La herida, giraba en torno a una joven con trastorno límite de personalidad y su siguiente obra, Morir, sobre un hombre con cáncer en estado terminal. Después de cinco años estrenaría La consagración de la primavera, que proponía la asistencia sexual a personas con discapacidad. 

El año pasado llegó a las carteleras Subsuelo, basada en la novela de Marcelo Luján que proponía un thriller psicológico perturbador en torno a la relación conflictiva, e incestuosa, entre dos hermanos. Y, ahora, le llega el turno a La luz, su película más ambiciosa a nivel de producción, distribuida por Disney y que toca el tema más complejo de todos los que ha tratado a nivel social: los abusos sexuales de miembros de la Iglesia a menores de edad. 

Se trata de un proyecto que parte de la productora Merry Colomer que, cansada de ver en las noticias casos de este tipo, le encargó a Fernando Franco que se pusiera a investigar sobre el tema. El director, con todo el rigor que le caracteriza, aceptó el reto y decidió plantearlo desde una óptica disruptiva: en vez de dar la voz a las víctimas, el protagonista sería un sacerdote que, en su juventud, ejerció la pederastia con varios niños del colegio en el que trabajaba como profesor. 

Él se llama Manuel (interpretado por Alberto San Juan) y mantiene una relación con un joven (en este caso mayor de edad), con el que planea una vida fuera de la institución eclesiástica. Por esa razón, ha pedido revocar sus votos, pero el proceso parece estancado, hay algo que no le permite avanzar. Y es que uno de sus antiguos alumnos, ha impuesto una denuncia sobre esos abusos que sufrió cuando era pequeño. 

Manuel entrará en pánico e intentará hablar con los tres chicos a los que violó, ya adultos, para intentar pedirles perdón. En ninguno de los casos lo conseguirá. La culpa comenzará a reconcomerlo por dentro y decidirá exponer sus pecados en público para así poner de manifiesto toda la red de ocultación que ha orquestado la institución católica en torno a estos abusos de forma sistemática. 

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La respuesta por parte de la comunidad será inmediata: será expulsado, repudiado, ninguneado y tratado como ‘chivo expiatorio’. Más o menos eso es lo que plantea La luz y, a partir de todo eso, también propone un buen puñado de preguntas sin respuestas: ¿si alguien dentro del clero se hiciera responsable de sus actos (cosa que no ha ocurrido) podría desencadenarse un precedente?, ¿hasta qué punto la institución eclesiástica está podrida y corrupta de forma profunda por dentro? 

Todos esos interrogantes están presentes, pero de una forma profundamente respetuosa. El cine de Fernando Franco siempre ha sido seco, férreo, carente de subrayados y de cualquier atisbo de sensacionalismos. Y eso se nota en un tema tan peliagudo como el que propone en La luz. El director pone las cartas sobre la mesa, pero aborda la cuestión de manera respetuosa, sin maniqueísmos, haciendo hincapié en la condena a los abusos a la infancia y dejando la puerta abierta las diferentes facciones de la Iglesia que condenan u ocultan estos delitos. 

La luz es una película potente, tan controvertida como necesaria, porque pocas ficciones, aparte de La mala educación de Pedro Almodóvar, se han atrevido a tocar este tema de cerca, y nunca desde la perspectiva del abusador. Un trabajo valiente, incómodo y de una ambigüedad expresiva reveladora. 

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