Las edades de David Robert Mitchell: del ‘indie’ adolescente a un ‘blockbuster’ familiar en peligro de extinción

Cine

El director de ‘El final de Oak Street’, uno de los platos fuertes del cine de Hollywood para este verano, es en realidad una singular figura en la industria y su cine, una anomalía

  • Anne Hathaway y Ewan McGregor, los dos reclamos de casting de El final de Oak Street.
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VALÈNCIA. Que la industria del cine hollywoodiense no pasa por su mejor momento no es una novedad, pero hasta dónde llega este —en apariencia eventual— declive de lo que conocíamos como blockbuster —los taquillazos de grandes presupuestos y campañas de márketing estrenados en fechas clave—, está por ver.

Los estudios y los expertos achacan esta crisis a muchos factores: al cambio generacional de modelo de consumo audiovisual del streaming pero también de las redes sociales; a la fatiga de las franquicias y secuelas que siempre parece estar a punto de morir, pero resucita como cabeza de Hidra; a la falta de riesgo en la inversión creativa y a la crisis laboral de la industria frente a la IA generativa.

Con todo y con eso, las tres películas más taquilleras del año se han estrenado este verano, como se ha hecho siempre con los blockbusters, y dos son secuelas franquiciadas: cuesta cambiar el modelo, si es que hay algo que cambiar. Ahí está Spider-Man: Brand New Day con sus 2.000 millones de dólares, La Odisea de Nolan con 1.200 milloncetes y Toy Story 5 con 1.100 millones de dólares más.

Ahora acaba de llegar a nuestras pantallas el último blockbuster de este verano, El final de Oak Street. Una familia de un suburbio norteamericano ve cómo su barrio es trasladado al Cretácico debido a un fenómeno cósmico. La vida familiar, ya de por sí difícil, se convierte en una batalla por la supervivencia. Curiosamente, es lo que parece hacer la película en el estado actual de la industria: sobrevivir a base de ingenio y buen hacer de uno de los directores más particulares del Hollywood actual.

  • Dos de las protagonistas de El mito de la adolescencia, joya indie ban?ada en melancoli?a y sensibilidad. -

El mito de la adolescencia

David Robert Mitchell ha escrito y dirigido todas sus películas. Debutó en un, por entonces, pequeño festival indie con una muy pequeña película indie: El mito de la adolescencia tuvo su premiere en el South by Southwest (SXSW) en 2010, donde ganó un Premio Especial del jurado por su casting adolescente lleno de rostros mágicos y completamente desconocidos. Más tarde se pudo ver en la Semana de la Crítica de Cannes, e incluso llegó a estar nominada a los Spirit Awards. Y en nuestro país se puede ver en Mubi.

La película narra las vivencias de un puñado de jóvenes que recorren los suburbios de Detroit la última noche de verano, cuando se celebran algunas ‘fiestas de pijamas’ antes de empezar una etapa vital nueva. Un slice of life aparentemente sencillo, pero plenamente satisfactorio, en el que todas las historias entrecruzadas, en el fondo, versan sobre la necesidad de conexión y afecto en edades clave.

El mito de la adolescencia es una de esas películas tocadas por una belleza melancólica, rara pero real, que sin embargo ya está repleta de las temáticas que vertebrarán la carrera del cineasta en cuestión. Un debut magnífico, lleno de sensibilidad, que sabe captar la necesidad de experimentar y vivir determinadas cosas a una edad que ya no es la infancia, pero desde luego no es la adultez. Ese momento en el que aún no es demasiado tarde para nada, pero no lo sabes, así que crees que es demasiado tarde para todo. "Te hacen dejar atrás la niñez con la promesa de un montón de aventuras… pero una vez entiendes lo que perdiste, ya es demasiado tarde. No puedes recuperar la infancia", dice uno de los protagonistas en una escena clave.

  • It Follows fue un fenómeno del terror de bajo presupuesto -

It Follows: el trauma de hacerse adulto

La segunda película de David Robert Mitchell, que se puede ver en España en Prime Video, nos lleva a un género diferente, pero tiene la cualidad de que su universo es 100% reconocible con su anterior filme. Mitchell estaba gestando un universo creativo propio, que además seguía ambientándose en los suburbios de Detroit, solo que ahora los jóvenes eran un poco más adultos. Si su debut estaba protagonizado por gente de 14 y 16 años, la película que le confirmó como talento a tener en cuenta en la industria ya eran jóvenes de 19 y 20 años. Su estreno fue un bombazo, más o menos equiparable al de películas como Backrooms o Obsession este mismo año: pasó por festivales como Cannes, Toronto y Sitges, generó consenso entre la crítica y gustó a un público que convirtió una película que había costado un millón de dólares en una película que recaudó 22 millones en todo el mundo.

It Follows sigue la pesadilla que tiene que vivir Jay, una joven en su primer año de universidad, inmersa en un mundo adulto que aún no termina de comprender del todo. Jay está conociendo a un chico que le gusta, y una noche, tras una cita aparentemente ideal y un polvo en el coche, algo en su vida termina abruptamente. Tras atarla a una silla, el chico con el que se ha acostado le dice que le ha pasado una especie de maldición, y ahora la perseguirá un fantasma de muchos rostros. Solo se puede deshacer de la maldición teniendo relaciones sexuales con otra persona, para que el fantasma acose a una nueva víctima.

El sexo como ritual de paso a la edad adulta, pero también como moral desviada que genera auténticas pesadillas censoras, como en Halloween o Viernes 13, es un tropo muy presente en el terror. Y la pulsión mítica entre el Eros y el Tánatos empuja algunas manifestaciones interesantes de un género que vive una auténtica edad dorada. Y sin embargo, It Follows sabe retorcer el tropo clásico para llevarlo a terrenos nuevos.

Aquí se convierte, no solo en una metáfora efectiva de las enfermedades de transmisión sexual, sino en un pintoresco fresco de lo que supone hacerse cargo de uno mismo en el mundo despiadado. Un drama emocional de superación de un trauma —el sexo en el coche que le pasa la maldición y que se siente como una violación aunque fuese una relación consentida—, a través del afecto, la cooperación y el cuidado mutuo.

  • Andrew Garfield protagonizó la peli?cula ma?s pole?mica de la carrera de David Robert Mitchell. -

Silver Lake escondía la depresión de la treintena

Y tras el bombazo, llegó la polémica, la película que dividió a partes iguales a la crítica y que no gustó para nada al público. Lo que esconde Silver Lake se estrenó en Sección Oficial a competición en Cannes, y no fue aplaudida. Luego siguió su proceso por festivales y cuando tuvo que enfrentarse a la taquilla, ya estaba deshinchada: fue un fracaso comercial bien gordo para una película que había costado ocho millones de dólares y recaudó solo dos. Hoy queda como una película fundamentalmente destinada a convertirse en un título de culto, especialmente para que determinados cinéfilos la enarbolen como si definiese su personalidad.

Lo curioso del asunto es que, narrativamente, Lo que esconde Silver Lake tiene mucho sentido dentro de la filmografía de David Robert Mitchell y es, al parecer de quien esto escribe, su mejor película. También la más caótica, misógina y fallida, tan fascinante como lo puede ser una Cordà en Paterna. Sigue las andanzas de Sam, un fracasado que vive en Los Ángeles, donde se fue para conocer el estrellato. No lo consiguió. “¿Nunca has sentido que la cagaste hace mucho tiempo y vives la vida que no es? ¿Como que tienes una versión peor de lo que deberías tener?”, se pregunta Sam.

De los adolescentes a la primera adultez, pasamos a la treintena. El protagonista de esta historia tiene 33 años, un aviso de impago en la puerta de su casa en una urbanización deshumanizante y extraña, y no encuentra trabajo ni razones para vivir. Un día conoce a una vecina con la que hace buenas migas. La chica desaparece a la mañana siguiente y él, reconvertido en un fortuito detective clásico, indaga sobre su desaparición ahogado en una paranoia que le lleva a abrazar teorías de la conspiración e incluso destapar algunos de los secretos más turbios de Hollywood. Se puede ver en Movistar y Mubi.

  • Anne Hathaway, con sus dos hijos en la ficción, debe sobrevivir a una pesadilla llena de dinosaurios. -

El final de Oak Street: problemas en la familia ideal

Los chavales aún podían soñar en El mito de la adolescencia, pero crecieron a base de traumazo en It Follows y se sintieron traicionados y depresivos en Lo que esconde Silver Lake. Ahora imagina que alguno de ellos hubiera tenido una familia tradicional con dos hijos y una casa suburbial con su jardín y su perro. El resultado de esa figuración es exactamente la familia protagonista de El final de Oak Street.

El padre de familia bebe a escondidas para no afrontar la tensa situación que vive en su casa, donde siempre falta el dinero. Le despidieron hace semanas y se lo esconde al resto mientras hace repartos extra para entregar pizzas a domicilio. La madre de familia escribe una novela en la que una mujer de mediana edad abandona a su familia porque se siente ahogada en las paredes de una casa que ella misma ha construido. Quiere vivir en Chicago y dedicarse a su arte, pero sus sueños siempre se apartan para cuidar de sus dos hijos adolescentes.

El sucesivo retrato de las crisis de identidad de Robert Mitchell ha culminado este verano con el estreno de un blockbuster que, aunque parezca de encargo, escribe y dirige él mismo —avalado en la producción por J.J. Abrams. El final de Oak Street es una película mucho más cara que todas sus predecesoras juntas, llena de dinosaurios y efectos especiales, grandes persecuciones y buenas escenas de acción. Pero también es un divertimiento familiar que esconde un eficaz retrato de la crisis de mediana edad en dos padres de familia. Y que completa, por ahora, la mirada a las edades de un realizador singular en un Hollywood cada día más clónico.

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