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'Los pecadores': la película que no se esperan

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VALÈNCIA. Si no la han visto aún, háganlo, Los pecadores (Sinners) es la película que no se esperan. Es compleja, bella, oscura, muy entretenida, profunda y deliberadamente política, puesto que es un alegato antirracista, y una sorpresa constante. Ambientada en los años treinta del siglo pasado en el sur de Estados Unidos, el film escrito y dirigido por Ryan Coogler arranca como un melodrama que muestra el racismo, la pobreza y la desigualdad desde el punto de vista de la población negra que la protagoniza y, sin perder nada de eso, se transforma en una inesperada película de terror, con unos cuantos clichés del género jugados de forma muy inteligente. Pero, además, es un musical. No uno al uso, aunque sí hay un número musical apabullante y electrizante en el centro mismo del relato, y me refiero al centro literal, metafórico y emocional. Decía que no es un musical al uso, se trata más bien de que la música, el blues, es estructural a los personajes, a la comunidad retratada en el film y a la evolución de la historia. Es el alma, diríamos, poniéndonos un poco cursis.

Ah, también es la película más nominada de la historia de los Oscar, 16 nominaciones nada menos. Una exageración, por supuesto que sí. También lo eran las 14 de Titanic (James Cameron) y La La Land (Damien Chazelle), las 12 de Ben-Hur (William Wyler) y muchas otras. Que todas sabemos lo que son los Oscar y su papel en la industria. Pero tanto si usted admira lo que estos premios significan y cree que premian lo mejor de lo mejor, como si los desprecia porque son solo puro escaparate y negocio y no tiene nada que ver con la calidad cinematográfica, que eso no le distraiga de lo esencial: Los perdedores es una buena película, altamente disfrutable y que deja poso. No porque diga cosas relevantes, que las dice, pero bien sabemos que eso no garantiza la relevancia artística; es buena porque lo hace de una forma muy creativa. Porque en la expresión artística, no nos cansaremos de repetirlo, no se trata de lo que se dice, sino de cómo se dice.

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Y lo que dice es que Estados Unidos es una sociedad profundamente racista y violenta. Un racismo y una violencia estructurales, absolutamente imbricados entre sí, que todo lo vampirizan. Por supuesto, aunque esté ambientada en los años treinta, los ecos con el presente son constantes y deliberados, no hay más que ver las noticias que llegan de allí. Tanto el melodrama social que es al principio como el film de terror en que se convierte después son herramientas narrativas para revelar esta idea de distinto modo. Y formas de resistencia: melodrama social como procedimiento convencional de la expresión política directa y género fantástico como expresión metafórica y simbólica.

Toda esta mezcla de realismo, costumbrismo, compromiso social, recreación histórica, terror y musical, créanme, funciona estupendamente, añadiendo capas de sentido a la narración y llevando nuestra atención por lugares insospechados. ¡Qué alegría cuando una película te sorprende así! Les confieso que no esperaba mucho de ella cuando me puse a verla, animada, sí, lo reconozco, por todo el lío este de los Oscar: a ver qué es ‘esto’. Y resulta que ‘esto’ es una película estimulante, llena de brío y energía, capaz de conjugar cosas muy distintas.

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No quiero destripar mucho porque me gustaría que, quien no la ha visto, disfrute de esa sensación de asombro tan satisfactoria que me fue ganando durante el visionado. Solo diré que la adscripción al género de terror va en la línea que en 2017 inauguró Jordan Peele con Déjame salir (Get Out), cuando nos pilló desprevenidos con un agudo y pertinente mensaje político envuelto en película de género. O viceversa.

En esa línea, hay que destacar cómo una parte del género de terror está reinventándose en los últimos años y ofreciendo obras originales e insólitas que inciden directamente en algunos de los grandes desafíos y problemas del presente. Me refiero a títulos, además del de Jordan Peele ya citado y el resto de su filmografía, como La sustancia (The Substance, Coline Fargeat, 2024) o Cerdita (Carlota Pereda, 2022), sobre la violencia que implica la tiranía de los cánones de belleza y la apariencia; Weapons (Zach Cregger, 2025) y su retrato de la violencia social, o la obra de la cineasta francesa Julia Ducournau, entre otras.

Y una reflexión final. No creo que haya que menospreciar que las dos películas más nominadas en esta edición de los Oscar sean dos obras claramente políticas, y que ambas sean, además, dos películas de clara vocación comercial, que quieren llegar a públicos amplios y de probada ambición artística. Tanto Los pecadores como Una batalla tras otra (One Battle After Another), el celebrado film de Paul Thomas Anderson, hablan de lo mismo. De un estado fallido, Estados Unidos, fundado sobre la violencia, el racismo y el clasismo; un imperio que ahora, como bien sabemos y sufrimos, está en plena descomposición y mostrando al mundo sin tapujos su peor cara.

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