VALÈNCIA. A Nicolas Winding Refn o se le ama o se le odia, no hay término medio. El director se convirtió en un autor cool gracias a Drive, protagonizada por Ryan Gosling y, a partir de ese momento, adquiriría la estética que le ha acompañado hasta el momento: luces de neón, saturación estilística, narración ínfima y abstracción formal hasta límites rocambolescos.
A NWR le importa más la imagen que la narración, eso queda claro. Por esa razón, sus películas se convierten en experiencias estéticas absolutamente sublimadas en las que prácticamente no importa lo que ocurre, sino cómo se plasma en la pantalla.
En ese sentido, Su propio infierno se convierte en una hipérbole de su propio estilo, hasta el punto de conducirnos a través de una pesadilla cinematográfica en la que lo único que tiene verdadero sentido, son las imágenes.
Pero qué imágenes. Estamos ante un director superdotado que ha terminado rindiéndose, o reivindicándose a sí mismo, a través de cada fotograma, como si cada uno de ellos constituyera un altar dentro de la creación contemporánea. Lo mejor, es que ya no se esconde, sino que hace de sus defectos virtudes, de forma que termina dando exactamente igual lo que estés viendo porque, aunque no se entienda nada, es bello, es atmosférico y perturbador, es tan delirante como profundamente valiente. Y es que, en la era de la sobreexplicación, él apuesta por lo contrario, por hacer una oda al subconsciente, a la materia de la que están hecha los sueños y las alucinaciones.
La película sigue a una chica que es actriz e hija de un poderoso productor (siempre magnética Sophie Thatcher) que se encuentra ligada a su progenitor de una manera un tanto malsana. Estamos en una ciudad del futuro, con enormes rascacielos impersonales y dentro de una atmósfera opresiva en la que un asesino anda suelto.
La protagonista sufre de esa amenaza, pero no sabemos si es real o imaginaria, fruto de su propia paranoia. Al mismo tiempo, un hombre, un soldado estadounidense, está solo en una ciudad asiática buscando a su hija, que también podría ser víctima del mismo asesino en serie (o no).
Ambos trazan recorridos paralelos en una película que funciona como una ensoñación, como un delirium tremens en el que los personajes se encuentran atrapados y se miran en su propio reflejo deformado.
No se sabe, y tampoco importa mucho, de qué va Su propio infierno. Como decíamos, o uno se cuela en su agujero de gusano y se deja absorber por él, o se queda al margen, pensando que todo lo que está viendo es una tomadura de pelo. Ambas decisiones son perfectamente válidas y en eso recae la grandeza de la obra de Winding Refn, que por mucha autoindulgencia que tenga, es imposible que alguien no sea extremadamente kamikaze para hacer una película que bascula entre el vacío y la fascinación sin caer en el ridículo más espantoso.
Pero el director sabe el material que maneja y lo retuerce al máximo o para sacar las mejores posibilidades a través del lenguaje del cine y poner contra las cuerdas al espectador en una maquiavélica y al mismo tiempo hermosa jugada al todo o nada.