Wilde VS Gay: ¿Por qué 'La invitación' es mejor que la película española en la que se basa?

Cine

La película dirigida por Olivia Wilde, ahora en cines, adapta un guion del barcelonés Cesc Gay, que él mismo llevó al cine en 2020. Ahora funciona mejor en otras manos

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VALÈNCIA. Cesc Gay debutó como dramaturgo cuando ya tenía una sólida carrera en el cine, pero siempre tuvo una pata en cada mundo. Su primer largometraje como director, Krámpack, era una adaptación de una obra de teatro de Jordi Sánchez —sí, el mismo Jordi Sánchez que interpreta a Antonio Recio en La que se avecina y al Lopes en Plats Bruts para la vieja escuela—. Desde entonces, ha construido una carrera rodeándose de talentos nacidos de las tablas como Carol López, dramaturga cuya obra V.O.S adaptó al largometraje, o Tomás Aragay, coreógrafo y guionista formado en el Institut del Teatre de Barcelona, y con quien ha coescrito la mayoría de sus películas (Truman, Una pistola en cada mano, Ficción, En la ciudad…). 

La cuestión es que Gay no debutó en el teatro hasta Els veïns de dalt, un libreto que escribió en 2014 y estrenó en el Teatro Romea de Barcelona en marzo de 2015. Él mismo la llevaría al cine, después de ganar tres goyas con Truman, incluido Mejor Película. Esa primera traducción al audiovisual, de nombre Sentimental, llegaría en 2020 con Javier Cámara, Griselda Siciliani, Belén Cuesta y Alberto San Juan en el reparto. Y le ocurrió lo que a Perfetti sconosciuti, de Paolo Genovese, que por cierto es de la misma época: empezaron a lloverle las adaptaciones internacionales. 

Hasta ahora, el guion que Cesc Gay se ha adaptado en el teatro en España, Argentina, Chile, México, Portugal y un buen puñado de países europeos. ¿Y al cine, que es lo que nos ocupa? Pues dos años después en Italia se estrenó la adaptación Vicini di casa, prácticamente con el póster plagiado, y luego vinieron sucesivamente Die Nachbarn von oben en Suiza y Et plus si affinités en Francia. Y también hay largometrajes de este guion en Corea del Sur, República Checa, Portugal y Países Bajos… Ahora llega a nuestros cines la adaptación hollywoodiense a manos de Olivia Wilde.

  • Alberto San Juan, Belén Cuesta, Javier Cámara y Griselda Siciliani en Sentimental

La matemática del elemento exportable

La premisa de La invitación. —el punto forma parte del título— reúne los ingredientes necesarios para ser muy exportable, como ocurría con aquel texto mal envejecido de Paolo Genovese. Una pareja en crisis invita a cenar a sus vecinos de arriba. Ella quiere conocerles, gustarles, caerles bien; él quiere sacar a relucir un tema espinoso: los gritos orgásmicos de dicha pareja molestan a todo el vecindario. La cena, sin embargo, no discurre por los cauces que esperan, aunque sí terminan hablando del asunto sexoauditivo. 

Cuatro personajes, muy pocos espacios. Dos hombres, dos mujeres. Y un guion que Gay supo afilar hasta la histeria en Sentimental. Cada frase, cada gesto y cada elemento del guion está dispuesto milimétricamente para contemplar, más que una película, una coreografía de hora y media. 

Pero una coreografía sumamente divertida, que arranca con un disruptivo choque entre la infelicidad de una pareja en crisis y la felicidad de otra que vive un momento dulce. Las dinámicas entre esos cuatro personajes hacen el resto: hombre infeliz se siente amenazado por hombre feliz, mujer infeliz admira secretamente a mujer feliz, etc. 

Lo resultante es un juego casi matemático de roles que se intercambian, parejas que establecen complicidades las unas con las otras (mujer infeliz con hombre feliz igual a atracción, mujer feliz con hombre infeliz igual a complejo de salvadora). Una estructura sólida cuyo motor funciona por el aumento de carga eróticofestiva del conjunto de conversaciones. Hasta llegar a un sexy anticlímax que allana el camino para la conclusión conciliadora en lo emocional.

Aunque el fantasma de un talento descomunal como el de Yasmina Reza parezca ineludible en el juego de roles con un ‘gran tema’ de fondo que reúne a los protagonistas de obras como Arte o Un Dios salvaje, hay que reconocerle al texto de Gay virtudes que, precisamente, abundan en la inespecificidad y universalidad de la temática de fondo. Sus personajes pueden maquillar su oficio, incluso tener un background distinto que se adapte a formas de ver el mundo matizadamente diferentes para una película francesa a otra suiza. Y eso no es malo porque lo que la hace entretenida es ver a esos personajes chocar con otros, ya fuera por oposición o por atracción.

  • Penélope Cruz y Olivia Wilde en La invitación -

La mirada particular de Olivia Wilde

Wilde, cuya mejor película sigue siendo su debut Superempollonas, hace suyo el libreto de Cesc Gay como no lo hizo Álex de la Iglesia en Perfectos desconocidos: sin limitarse a adaptar los modismos, los caracteres de los personajes a la cultura y las expresiones verbales clave de cada idioma. La mirada de Wilde es expansiva, intrusiva y cambiante, y se deja ver en los detalles. 

Para empezar, la presencia de la directora encarnando el 25 % del reparto total de la película tiñe el metraje de una mirada más empática con los personajes femeninos, y con ella especialmente. Y eso beneficia al conjunto, al aportar una, aunque tímida, brújula moral al espectador. Los altibajos del personaje de Wilde casan bien con el porte cansado, de decepción vital, de su personaje. La búsqueda desesperada de atención. La necesidad de ser vista, de ser deseada, se entiende aquí como parte inherente de la historia y no característica de un personaje concreto. 

Por otra parte, la elección de Penélope Cruz como vecina psicoterapeuta sexualmente activa resulta tan obvia como interesante. La actriz de Alcobendas añade un deje español que ofrece algunos malentendidos idiomáticos bastante graciosos, al tiempo que reinterpreta la mirada de género sobre algunos de sus roles a manos de Woody Allen, Ridley Scott o Rob Marshall. 

La mitad masculina del reparto se rige por otras normas. Edward Norton está mucho menos sexy, menos irresistiblemente galán, que Alberto San Juan en Sentimental. Y con Seth Rogen opera un cambio fundamental: el actor canadiense aporta una calidez, un halo de derrotismo no exento de humor, que lo hace más alcanzable, más abrazable. Allá donde Javier Cámara era un personaje más bien mosqueado, repelente, molesto con su vida y cínico como mecanismo de defensa natural —un papel que borda aquí, en 53 domingos, en Truman, en Vota Juan…—, Seth Rogen hace converger todo eso en un personaje más perdido y contradictorio, más herido. 

Lo que sí que no admite comparativa es el gusto por la puesta en escena y el cuidado formal de una y otra. Sentimental no solo tiene una torpe fotografía, también un montaje que prácticamente parece estudiado para ofrecer el plano más funcional y aburrido de cada toma, aquel en el que se reúnan todos los ingredientes narrativos que conduzcan la trama hacia un minuto más de atención. Unas formas de funcionario, desangeladas, anti-entusiastas, que han devenido en querencia por decorados sobreiluminados y ficciones de cartón piedra como 53 domingos. 

En cambio, Olivia Wilde cree en la eficacia del guion de Gay pero no lo considera un trabajo manutencional más, a pesar de su exportabilidad. Y eso confiere al conjunto un aire melodramático más denso, un poso más triste y menos convencional, más amargo. También es cierto que Wilde tiene como director de fotografía a Adam Newport-Berra, que parece ignorar por completo cómo se han hecho las adaptaciones precedentes del guion de Cesc Gay. Y eso convierte el espacio y el movimiento de la cámara en un viaje intenso por la intimidad de una pareja, incluso con elementos de home-invasion. 

Newport-Berra ha trabajado con ambos en la serie The Studio, y viene de explotar los espacios opresivos que son a la vez depositarios de esperanzas y cambios, como hizo en la serie The Bear. Su mirada sintoniza con la de la directora, que por su parte eleva el guion con elegancia y una tensión apática, una tristeza más palpable. En pocas palabras: Cesc Gay tiene la idea, Olivia Wilde tiene el gusto. 

 

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