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Los amigos que tuteaban a los grandes

En los años 40 y 50, un reducto de jóvenes jugadores se convirtió en la sensación del fútbol en el Cap i Casal por su calidad y mística en el barrio del Cabanyal. Su nombre, con el tiempo, pasó a ser leyenda. Ellos eran (todavía lo son) El Club de los Muchachos 

13/07/2019 - 

VALÈNCIA.-La mañana es calurosa pero la tertulia se ha puesto todavía más caliente. El goteo de vehículos en el aparcamiento es constante mientras las figuras se agolpan en torno a una, dos, cuatro, seis mesas. Alguna cervecita asoma entre las figuras, y también algún plato de cacaos. Son amigos y hace tiempo que no se veían.

Cada año, los miembros y amigos del legendario Club de los Muchachos se organizan para llevar a cabo su reunión anual. Llevan trece años quedando para almorzar, desde que en 2006 tres de sus componentes (Manolo Crespo, Pepe Andrés ‘Patali’ y ‘Tato’ Martínez) recuperaran la tradición de un equipo que en la década de los cuarenta y cincuenta fue toda una institución en el balompié de Els Poblats Marítims. Las referencias al club, el Campo del Corcho, al añorado Pepe Valls y al Padre Janini se entremezclan mientras la cifra de invitados no deja de aumentar. 

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Al final, el restaurante El Pastoret acoge una comida con más de cincuenta jugadores o amigos del Club. El bullicio es ensordecedor y las ‘batallitas’ comienzan rápidamente a llenar el ambiente de fútbol, juventud y recuerdo.

Los irreductibles del Cabanyal

Varias de esas historias nacen cuando arrancó todo: en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil. La posguerra en Els Poblats Marítims (y en toda València) trajo consigo años de miseria y desesperación, con el fútbol como una de las escasas válvulas de escape para las pandillas y chicos jóvenes del Cabanyal. Allí fue donde el Padre José Janini fundó, a mediados de los años cuarenta, el Club de los Muchachos.

Su intención era utilizar el deporte como vehículo de ayuda a los jóvenes más desfavorecidos y, de paso, aproximar a la iglesia a un sector de la población humilde y que pasaba por dificultades tras el conflicto bélico de la década anterior. Inicialmente también hubo una sección de natación y de ciclismo, aunque el equipo de fútbol rápidamente comenzó a ganarse una bien merecida fama a nivel deportivo. Jugadores en edad juvenil (entre 14 y 18 años) despuntaron en el club; pronto, los ojeadores de equipos importantes descubrieron que aquel pequeño y modesto conjunto marítimo era un vivero de talento en bruto. Muchos futbolistas hicieron su transición desde el club a entidades como el Valencia CF o el Levante UD, y también varios formaron parte de la selección regional valenciana juvenil.

La omnipresente figura del Padre Janini pronto encontró un gran aliado y amigo en el histórico Pepe Valls, quien muy pronto demostró sus dotes organizativas y pasó a ser el director del Club de los Muchachos, dotándolo de categoría y prestigio. Era un auténtico mago de la gestión, comenzando por la sede del club (el célebre Bar Central, en el chaflán de la Avenida del Puerto con Padre Porta) y prosiguiendo con el mimo que empleaba en todos los detalles, desde las equipaciones («siempre de la marca Meyba») de un azul marino vibrante —que eran la envidia de clubes con mayor presupuesto— hasta su amplio conocimiento del fútbol local y regional, donde ejercía de ‘captador’ para el club trayendo a jóvenes talentosos que ojeaba en los torneos entre clubes que el propio Valls organizaba. En la actualidad, Pepe Valls —falleció en 1996 a los sesenta años— da nombre a uno de los torneos de fútbol base más prestigiosos de la provincia de Valencia.

Tal y como cuentan los propios exjugadores, «la ilusión de cualquier chaval por aquella época era fichar por el Club de los Muchachos». Una entidad humilde que no se conformaba con nada: de hecho, casi dos décadas de mejora y progresión lo convirtieron, ya en los sesenta, en uno de los grandes rivales a batir en la liga regional juvenil durante dos años consecutivos. Alcanzaron un espectacular subcampeonato en la temporada 1963-1964, solo superados por aquel Valencia CF que, mientras su primer equipo vivía los años dorados de las Copas de Ferias, fue capaz de imponerse a los 'Muchachos' en el partido definitivo disputado en Mestalla. ¿Algunos de sus futbolistas más destacados? Pep Claramunt, Forment, Ros... Casi nada. Para la historia queda un 21-0 endosado al Velázquez («marcamos todos menos Julio el portero y ‘Tato’ Martínez») que muchos exjugadores siguen calificando como «un auténtico récord» en el fútbol valenciano debido a la igualdad existente entre los equipos juveniles de la época. Todo obra de un grupo de chavales que eran amigos, vecinos del barrio incluso, y que no tenían mayor pretensión que divertirse jugando.

Algunos de los nombres más célebres surgidos de los años de oro del Club de los Muchachos son auténticos clásicos del fútbol regional de mediados del siglo pasado: Pepe Martínez, Casanova, Membrives, Barrachina, Garrido, Belenguer, ‘Tato’ Martínez, ‘Polaco’ Gallart, ‘Juanvi’ Camps, ‘Gallina’ Teodoro... Cómo no, la mayoría tenía su mote asignado, como solía ocurrir en cualquier grupo de jóvenes de la época. Tradiciones cotidianas que la vida moderna ha ido también haciendo desaparecer.

El club puede presumir de no haber vivido una lenta decadencia hasta su desaparición: en 1965 el campo fue vendido para hacer viviendas

Además, el club puede presumir de no haber vivido una lenta decadencia hasta su desaparición. Todo lo contrario: por si las reuniones anuales de sus miembros no eran suficiente muestra, su relato narra la historia de una evolución, nunca una muerte del equipo. 'Los Muchachos' puso punto y final a su historia en pleno apogeo. Corría el año 1965 cuando su campo de juego, el Campo del Corcho, fue vendido por sus propietarios para la edificación de un bloque de viviendas. Pepe Valls no desperdició ni un minuto en buscar una alternativa: el Club de los Muchachos desapareció en nombre, el Padre Janini dejó a un lado su pasión por el deporte y Valls alcanzó un acuerdo con otro religioso ilustre en la historia del fútbol valenciano. El padre Elías Llagaría y el Benimar Escuela de Deportes de la Iglesia acogieron íntegra a la plantilla de una entidad que, tras veinte años revolucionando desde la base el fútbol del Cap i Casal, cambiaba su tradicional casaca azulona por las barras blanquiazules del cuadro de Nazaret.

La redención del Campo del Corcho

Un paseo por la actual calle Serrería en València apenas permite vislumbrar detalles de lo que fue en su día el célebre Campo del Corcho. La antigua fábrica de cervezas El Águila estaba justo enfrente, ubicándolo en lo que hoy sería Serrería en su cruce con la calle Jerónimo Monsoriu. Las vías del tranvía son una pequeña pista a seguir para los amantes de la historia de la ciudad. Allí, en los terrenos pertenecientes a una antigua fábrica de corcho de principios del siglo pasado, se erigía el Camp del Suro, que pasó a conocerse como el Campo del Corcho y que acogió los partidos de 'los Muchachos' durante sus dos décadas de vida.

En sus orígenes, sin embargo, su historia cobra un cariz de lo más truculento. Las heridas de la Guerra Civil no habían cicatrizado aún: durante el conflicto y poco después, los terrenos eran utilizados por el Bando Nacional para el fusilamiento de presos del bando republicano, que eran traídos de los barcos-prisión que solían navegar frente a la costa de València. Algunos vecinos del Cabanyal todavía recuerdan cómo a sus abuelos o abuelas les arrebataron la vida en aquellos terrenos.

A mediados de los cuarenta, el Padre Janini tuvo la ocasión de alquilar el Campo del Corcho a sus propietarios como recinto local para los partidos y entrenamientos del Club de los Muchachos. Eso sí, sus condiciones estaban lejos de asemejarse a los mullidos tapetes de césped artificial de la actualidad: el Camp del Suro era duro, de tierra y gravilla, aunque el cura tiraba de originalidad y reclutaba a niños y jóvenes para que lo limpiaran de piedras a cambio de un refresco bien frío. El señor Juan era el encargado de la instalación, y ejercía como portero en la entrada, mantenimiento de las instalaciones, servicio de lavandería para las equipaciones... Allí empezaron a organizarse torneos locales, promovidos por el Padre Janini, entre el equipo azul y otros conjuntos de la zona como el Malvarrosa, Turia, Alaska, Arsenal, Yale, San Remo, Llamosí, Peña Román, Industria o el Águila, que a su vez era filial del club.

Con los años, los sangrientos orígenes del Campo del Corcho fueron dando paso a historias y anécdotas deportivas mucho más edificantes, propias de una instalación que también contaba con un campo de balonmano, un frontón, tres vestuarios para equipos, dos vestuarios para árbitros e incluso un salón en el que se entrenaba en caso de condiciones climatológicas adversas. Las duchas, claro está, eran de agua fría «aunque Pepe Valls nos trajo un calentador de diez litros que era gloria», recuerda Pepe Andrés. Los domingos, el bar del recinto —regentado por el señor Amadeo— bullía de actividad de sol a sol, mientras el señor Juan se las ingeniaba para intentar impedir que los niños y chavales de la zona se colasen en el campo, tras encaramarse a la valla, sin pagar la peseta que costaba la entrada.

Con los años, los sangrientos orígenes del Campo del Corcho fueron dando paso a historias y anécdotas deportivas mucho más edificantes

La venta del Campo del Corcho en 1965 a una empresa constructora marcó el final del trayecto para el club, pero no para 'los Muchachos'. El propio Pepe Valls ejerció como director deportivo del Benimar EDI durante las tres temporadas siguientes. Lo hizo con sus señas de identidad intactas: ojo clínico para el talento, una capacidad organizativa fuera de lo común y una vieja y destartalada furgoneta dos caballos que usaba en la ferretería familiar para llevar a todos sus chavales a jugar a pueblos y localidades donde el equipo de turno pudiese ponerles a prueba.

Regresamos a la actualidad, al ruido de cubiertos y a los gritos y risas entre el medio centenar de veteranos que abarrotan el salón comedor del local. Uno de ellos cumplirá próximamente ochenta años. Es Pepe Martínez ‘Paloma’, figura del Club de los Muchachos en los cincuenta y que, al finalizar su etapa en juveniles, firmó inmediatamente por el Mestalla. Su trayectoria le llevó al primer equipo (Valencia CF) en 1962 y, dos temporadas después, a convertirse en un baluarte del CD Sabadell durante once temporadas. A fecha de hoy, sigue siendo el jugador arlequinado con más partidos oficiales disputados en Primera División.

Homenaje a Pepe Martínez

Presidiendo el salón, un gran cartel con las letras ‘Club de los Muchachos’ y un escudo que, como anécdota, nunca lució el equipo durante sus veinte años de trayectoria. Como suena: el Club de los Muchachos jamás tuvo escudo, lució siempre su zamarra azulada impoluta sin simbología. El escudo se creó a posteriori, en 2008, y es obra del exjugador Pepe Andrés: «Incluye el murciélago (vigilante de El Grao), la barca (forma de vida de la gente de la barriada), la cruz (por la devoción del Padre Janini), el mar (representa la vida) y la bandera de València. Me siento muy orgulloso de lo bien que quedó», reconoce.

Uno de los artífices de estas reuniones de viejos amigos, Manolo Crespo, toma la palabra y recuerda a los que ya no están. Pide recordar «a Garrido, al ‘Palmera’, Paco Rausell y a nuestro entrañable amigo Jaime Esteve», todos ellos fallecidos en el último año. Es la decimotercera gran reunión anual del Club de los Muchachos. «Veros cada año aquí es muy emocionante», confiesa emocionado Crespo.

Junto a Pepe Andrés y ‘Tato’ Martínez, celebran la tradicional rifa de objetos y premios entre los asistentes, entre las bromas y carcajadas de quienes llevan más de medio siglo siendo amigos. Llega el momento más emotivo de la tarde: ‘Paloma’ Martínez,  «el jugador del club que alcanzó las cotas más altas a nivel personal y deportivo», va a recibir su homenaje. 

A sus casi 80 años, ‘Paloma’ viene directo del hospital tras pasar por quirófano. Recientemente terminó su etapa de diez años al frente del Comité de Entrenadores de la Federación de Fútbol de la Comunitat Valenciana, y hace pocas semanas recibió la insignia de oro y brillantes de la RFEF. Las lágrimas se asoman en su cara mientras recuerda su trayectoria y sus siete décadas vinculado al balompié en multitud de equipos como jugador y entrenador, pero tiene claro el mensaje que quiere enviar a sus compañeros:

 «Lo digo siempre que me preguntan. Yo soy del Club de los Muchachos. Siempre será el club en el que empecé y lo llevaré siempre en el corazón».  

* Este artículo se publicó originalemente en el número 57la revista Plaza

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