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NO ÉRAMOS DIOSES. DIARIO DE UNA PANDEMIA #58

Como un pachá

3/06/2020 - 

VALÈNCIA. Se abre una puerta y aparece el médico que llevo esperando diez minutos en la consulta. Me ofrece su codo en señal de bienvenida, me dice que enseguida estará conmigo y se marcha por otra puerta.

La verruga es benigna. El dermatólogo no me aconseja quitármela. “Dejará cicatriz”, me advierte. Puede que pierda parte de la ceja. Como es verano, y el sol es especialmente peligroso para personas con la piel blanca como yo, es partidario de esperar a ver cómo evoluciona. Quedamos en vernos en septiembre.

Veo que estos médicos de pago cuidan mucho las relaciones públicas. Todo son sonrisas y un compadreo un tanto forzado. Y, como era de temer, el doctor te tutea.

Cuando voy a pagar con tarjeta, una empleada de la clínica me quita la idea de la cabeza. Mi médico sólo acepta pagos en efectivo. Son las ventajas de las profesiones liberales.

En el metro íbamos cuatro o cinco personas en cada vagón. Al llegar a València, la plaza de España está en su lugar, aunque con menos gente que cuando no éramos expertos en pandemias. Hay poco movimiento de San Vicente, Convento Jerusalén y Pelayo, donde la mayoría de las tiendas chinas están abiertas.

Entro en la librería París-Valencia. En la sección de descuentos no encuentro novedades. El local está casi vacío. Una dependienta me comenta que abrieron hace dos semanas. Compro el Libro de estilo de la lengua española, de la RAE, y Hacia otra España, una colección de artículos del primer Ramiro de Maeztu, de ideas anarquistas, nada que ver con el autor de Defensa de la Hispanidad.  

¿Y esto es una plaza peatonal?

Picado por la curiosidad, me acerco a la plaza del Ayuntamiento. Quiero ver cómo ha quedado la remodelación. ¿Y esto es una plaza peatonal? ¡Tanto ruido para esto! Me llevo una gran decepción. Los maceteros, es cierto, son horrendos. Los fotografío por si me sirven para ilustrar algún capítulo de este diario.

Cuatro de los horrendos maceteros que han sido colocados en la nueva plaza peatonal del Ayuntamiento.

Los cines Lys siguen cerrados. Un coche de los grises pasa por delante de mí mientras tomo nota de las carteleras.

Su jefe, el ministro de la porra, está en un aprieto. En un Gobierno de pinochos, la nariz del magistrado en excedencia sobresale del resto, con la excepción de la del maniquí, imposible de batir en cualquier registro de mentiras.

Se han publicado los datos del paro. Mayo se cerró con la mayor subida de desempleo de la historia. Más de 26.500 personas perdieron su empleo. Aun así, los medios adictos al Régimen hacen malabarismos para encontrar el lado positivo de las cifras. Se están ganando el sueldo a pulso.

En el otoño de 2010, siendo periodista de El Mundo, un jefe me envió a cubrir un acto en la estación del AVE de Requena-Utiel. “Viene el ministro de Fomento”, me avisó. Tratado en persona, José Blanco era un pobre hombre que presumía de ser ministro de España con sus compañeros del mus en Lugo.

Después de años sin saber de él hemos conocido que se incorporará como consejero independiente a Enagás, empresa participada por el Estado.

En el consejo de Enagás entrará otro pobre hombre, don José Montilla, presidente de la Generalitat al que tuvieron que sacar escoltado de una manifestación en la que la turba independentista lo quería linchar, suponemos que por charnego.

Los comunistas, hasta hace nada muy críticos con la presencia de políticos en empresas con capital público, han elegido también a su representante.

Cada uno de los tres cobrará 160.000 euros anuales.

Varias personas pasan por delante de unos cines cerrados en València.

Los conservadores también tienen a los suyos: Ana Palacio, ¡Isabel Tocino! y Antoñito Hernández-Mancha. 

Cuando los políticos comparten el objetivo, las ideologías no son un impedimento para que los partidos se pongan de acuerdo. Enagás debería ser el principio de la reconciliación nacional que tanto deseamos algunos españoles.

Adiós a las latas y los platos precocinados

Lo mejor del día —yo diría que lo mejor en muchas semanas— es que la cervecería Richi, donde acostumbraba a comer, ha abierto por fin. Cuando he llamado y me han cogido el teléfono, casi rompo a llorar. ¡Adiós a los platos precocinados, adiós a los botes de fabada asturiana y lentejas a la riojana, adiós a las pizzas y las pastas insípidas! He decidido enterrar mi pasado de cocinero circunstancial, claramente forzado por las dramáticas circunstancias.

Mi contribución a la reconstrucción económica y social del país será invertir en la hostelería española. Para empezar he pagado once euros por un menú nada despreciable: arroz caldoso con marisco, boquerones fritos y sandía de postre (la primera sandía del verano). Y el café, por supuesto.

Como soy persona de escasos lujos y de fácil conformar, he vuelto a casa más contento que unas pascuas, como si hubiera comido en un restaurante de cinco tenedores.

 No hay nada como volver a la vieja normalidad.

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