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Bitácora de un mundo reinventado   / OPINIÓN

Control de existencias  

Foto: KIKE TABERNER
7/01/2022 - 

“Saber lo que tenemos, coma, saber lo que necesitamos, coma, saber de qué podemos prescindir, dos puntos: eso es control de existencias”. Así se expresa Leonardo Di Caprio en Revolutionary Road, la prodigiosa cinta de en la que se disecciona la entrada de un hombre en la insustancialidad. El empleado de una empresa que aborrece su trabajo le dicta comandos a su grabadora, la cámara se pega a él mientras éste, en la soledad de su oficina, sopesa el ascenso que acaba de aceptar. Supone seguir los pasos de su padre, a quien no quería seguir. Con ello cerrará la última ventana abierta a descubrir quién es. Qué talento tiene. Qué puede dar de sí. 

La cámara lo muestra a solas en su oficina y parece entregado a una tarea de rutina, la de un comercial cualquiera, pero cuando habla de existencias no está pensando en las máquinas que vende. Por la tensión en su cara sabemos que habla de otra cosa; acaba de levantar acta sobre el fin de la pureza. Ha cumplido treinta. Ha engañado a su mujer y ha hecho el fanfarrón con sus amigos. Acaba de matar sus sueños. 

No deberíamos esperar al uno de enero para hacer control de existencias. Saber lo que tenemos, lo que necesitamos y de qué podemos prescindir debería ser un inventario que hiciéramos cada mañana para evitar sorpresas, ¿a qué destino pertenezco? Parece un hábito sólo para valientes, por eso admiro tanto a quienes lo practican bien.

Una mujer y su hijo en el encendido de la iluminación navideña de la plaza del Ayuntamiento. Foto: JORGE GIL/EP

Otra película que me toca muy hondo estos días de sofá y manta es El cielo sobre Berlín. Me he propuesto volver al cine lento, el que suspende la avidez de experiencias y novedades, el que consumíamos antes de que nos fuera inoculado este daño cerebral. Relatos graves, morosos, indefinidos como una niebla. Bruno Ganz está soberbio cuando se reclina en el coche junto a su compañero y enumera las cosas que anhela para sí porque está cansado de ser incorpóreo. Detesta ser un ángel inasequible a la corrupción de la muerte. Su inventario de sueños incluye tener fiebre, ensuciarse los dedos con el periódico, emocionarse por una comida o por la forma de un cuello y mentir. Sin parar. Sentir “el peso de mis huesos al caminar. Adivinar algo en vez de saberlo todo... estar solo. Indefenso. Estar serio”. 

En los años ochenta esta nostalgia podía tomarse como una licencia poética, en el siglo XXI reivindica la vuelta al mundo de las cosas. Nos hemos afantasmado. No somos espíritus pero sí un poco más incorpóreos, más lejos de la palabra y de las texturas. De los cinco sentidos. Quizá nuestro inventario de existencias debería incluir este plan: volver a las cosas. El protagonista alado que deambula por la trastienda de Berlín quiere moverse dentro de un cuerpo finito porque se ha enamorado, nosotros sólo repasamos deseos porque ha entrado el Año Nuevo. Miramos los errores y aciertos del año que acaba, intentamos corregir rumbo. Ha entrado enero y sigo vivo, nos decimos, ¿para qué ha servido? 

Los dos ángeles de Wim Wenders tienen dotes de psiquiatra combinados con los de un animador social, un poeta y un sacerdote. No me siento ni cerca de sus virtudes, pero confieso que me gustaría estarlo. Son habilidades que cultivo a trancas y barrancas, cuando la banalidad que atenaza a Di Caprio, y mí misma, me da un respiro. 

Foto: KIKE TABERNER

Esta semana, cuando vuelva al trabajo, volveré a la tarea de leer a las personas, de intentar traspasarlas. Volveré a ser la cronista involuntaria de un espacio, de un tiempo. Recorreré las aceras y comercios de mis pacientes contaminada por sus relatos y mis ojos serán más antiguos que antes de escucharlos. Para añadir empaque a lo que hago, debería pasar visita con un abrigo hasta los pies y una coleta baja engominada (el abrigo puesto hace tiempo que es moda en las consultas médicas). Desplegar sus gestos de ángel invisible, su caída de comisura, el ángulo de sus cejas. Me miro la peli a solas para pegarme a la pantalla y aprenderlos. Rebobino. Oscilo entre el audio original y el doblado. Anoto las frases que llenan sus libretas, “una mujer ha cerrado su paraguas a pesar de que seguía lloviendo… una invidente se ha tocado el reloj para sentir su presencia”. 

Pienso en Bruno Ganz mientras escribo esto en la biblioteca del barrio y le permito poner su mano en mi hombro para que siga adelante. Le parece bien que diga lo que digo. Cree en la capacidad de las personas, en los relatos que arman, en cómo tocan el mundo con ellos. Se está haciendo un habitual del barrio, me lo acabo de topar en la frutería, mirando cómo examinaba los tomates raf, luego en La Aguja de Oro, el pequeño local de arreglos donde me he decidido a reparar mis vaqueros favoritos porque se resistían a caer en el container. 

Cuando paso a recoger el pedido a Andrea, que acaba de abrir Una Rica Pasta, Ganz está colocado entre el mostrador y la caja, se pone contento al escucharme decir que he recomendado sus tagliatelle a una vecina. Su tiramisú es irresistible, se me escapa, y él sonríe. Los espíritus como él quieren que nos fijamos en las cosas que están fuera de su alcance: averiguar la pequeña historia de Andrea en vez de saberla de antemano, conocer que viene de Venezuela aunque su acento mezcla el argentino de su novio, quien hace la pasta artesana. 

Foto: EDUARDO BRIONES/EP

El ángel no puede establecer una relación con las cosas que le rodean, nosotros sí, por ejemplo con ese tiramisú que debo meter en la nevera nada más llegar a casa porque le falta una hora de frío. Sabré quién lo ha hecho. Sabré qué voz y qué manos tiene, incluso imaginaré dónde estaba su cabeza mientras armaba las capas de bizcocho, nata y canela. Cuando Andrea lo ha apilado con delicadeza en mi bolsa me ha recordado que cuide de no volcarlo en el camino a casa. Me sabrá distinto al que podría obtener con un click y disponer en unas horas a manos de un rider exhausto. 

Ya nadie sabe descifrar este mundo ni el rumbo que ha cogido porque las herramientas que nos servían miden otros mundos diferentes a este. Pero no estamos condenados al blanco y negro. Volver la vista a las cosas y las personas, crear una relación y un diálogo, demorarse en ellas hasta captar su alma, podría ser el principio de algo que coloree el año. Detener la circulación enloquecida de lo que nos ronda provoca un pequeño placer, el modesto dominio que tanto nos hace falta. El inventario de existencias podría ser la tímida brújula que nos descubra algo nuevo entre tanta cosa vieja. 

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