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LA MÚSICA Y LOS LÍMITES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Cuando el pop y el rock se citan con la mordaza

Los casos de vetos para que algunos músicos no actúen en directo en determinados entornos han ido multiplicándose en los últimos años, en una espiral sin freno. ¿Vivimos abocados a la dictadura de lo políticamente correcto?

19/09/2015 - 

VALENCIA. No se puede decir precisamente que a los festivales o -más generalmente- a los promotores de música en vivo en nuestro país les crezcan los enanos. Pero sí puede afirmarse que la complejidad de los tiempos que nos tocan vivir les están obligando a hilar muy fino. De un tiempo a esta parte, prácticamente no pasan dos semanas sin que los medios difundan un nuevo episodio de censura, veto o prohibición, para impedir que alguien actúe sobre algún escenario. Cuando sobre los rescoldos del verano ya dejaba de humear el affaire Matishayu a raíz de su controvertida presencia en el pasado Rototom de Benicàssim, son ahora Berri Txarrak quienes denuncian la maniobra del Partido Popular de Aragón para evitar que actúen en un concierto el próximo 25 de septiembre en Zaragoza, por un supuesto delito (decimos “supuesto”, porque ni siquiera media demanda al respecto) de enaltecimiento del terrorismo. El objetivo político colateral era evidente: erosionar al consistorio regentado por Pedro Santisteve (Zaragoza en Común).

Una clase de polémica a cuya tipología no son ni mucho menos ajenas otras bandas como los vitorianos Soziedad Alkohólica, quienes vieron cancelado el que iba a ser uno de sus últimos conciertos en Madrid el pasado mes de marzo, por propia decisión municipal. Y aún siguen sufriendo tentativas similares.O como Fermín Muguruza, cuyo historial de cancelaciones en plazas en las que teóricamente va a ser recibido con cierta desafección (debido a la presión de algunas asociaciones de víctimas del terrorismo, en connivencia con el PP) es de dominio más que público. El caso es que el fenómeno no da tregua, y la presencia de conflictos en torno a los límites de la libertad de expresión (y sus diferentes encajes) incrementa vertiginosamente su porcentaje de protagonismo en la batería de titulares de los principales medios. Tanto especializados como (especialmente) generalistas. En estos tiempos de omnisciencia mediática y viralidad informativa, en los que prácticamente nada queda fuera del escrutinio del público y de la acalorada controversia en cualquier foro, los propios programadores se están viendo con frecuencia abocados a no dar puntada sin hilo, casi por necesidad. Y la tendencia no tiene, ni mucho menos, visos de ralentizarse. ¿Estamos abocados a una era de escrupuloso cumplimiento de lo políticamente correcto?

Espiral sin freno

Hace también unas semanas, eran El Noi del Sucre (banda punk de Utrera, Sevilla) quienes se hacían eco de una agria polémica con la organización del Marearock (celebrado en Ibi, Alicante), a cuenta de unas palabras proferidas sobre el escenario por su cantante, Lorenzo Morales, en las que aludía a las condiciones bajo las que desarrollan su trabajo los responsables de los stands montados en el festival. El mes de mayo pasado, era el DJ y músico electrónico lituano Marijus Adomaitis (más conocido como Ten Walls) quien se quedaba fuera del cartel del Sónar, en Barcelona, por decisión propia del festival, tras unas desafortunadas declaraciones previas en su perfil de facebook, que supuraban homofobia. El veto se extendió también a otros festivales como Creamfields (Inglaterra) o Urban Arts Forms (Austria).

El sarampión no es exclusivamente hispano, desde luego: en paralelo, el rapero norteamericano Tyler The Creator se hacía eco hace tan solo unos días de la reciente prohibición del gobierno británico para dejarle entrar en el Reino Unido por un periodo de tres a cinco años, debido al contenido teóricamente homófobo y misógino de unas letras que escribió hace más de cuatro temporadas (las de los álbumes Goblin y Bastard, de 2009 y 2011, respectivamente). Poco importó que llevara años enteros actuando en aquel país sin ninguna clase de problemas. Un contratiempo similar al que tuvo que afrontar la norteamericana Michelle Shocked, de inminente gira por nuestro país, quien vio cómo muchas de las fechas de su gira americana de 2013 eran canceladas a causa de una desafortunada broma, que tenía a la comunidad gay en el punto de mira. De poco le sirvieron las disculpas.

Cuestiones sin resolver

Cada caso tiene, obviamente, su propia problemática. Aunque sobre la mayoría de ellos revoloteen siempre las mismas cuestiones: el derecho a la libertad de expresión y sus límites. La presencia (acreditada o infundada) de la homofobia, la misoginia, el racismo, el respeto a las minorías étnicas o nacionales y la salvaguarda del honor de colectivos desfavorecidos, como pueda ser el caso de las víctimas del terrorismo. La creación musical se encuentra ahí, en el centro del debate, pero no suele ser más que un pretexto. Una convidada de piedra en medio de un conflicto de intereses, siempre con daños colaterales.

El diccionario de la RAE define la censura como “dictamen o juicio que se hace acerca de una obra o escrito”, pero también como el “examen y aprobación que anticipadamente hace el censor gubernativo de ciertos escritos antes de darse a la imprenta”. Lo que, en términos musicales, podríamos traducir -quizá aventurándonos en exceso- , como la verificación previa de que un artista está habilitado para actuar sobre un escenario sin contravenir los elementales principios (éticos, de convivencia) que inspiran la actividad del evento, achacables a quienes lo gestionan. Más o menos podría ser algo así, vaya.

En todo caso, haciéndonos eco de la posible singularidad de cada affaire en particular y asumiendo que no hay soluciones sencillas a problemáticas complejas, flotan en el ambiente un buen rosario de interrogantes. Acentuados si cabe aún más ante algunas de las controversias de los últimos meses, que han transparentado las contradicciones flagrantes de algunos discursos cuya contundencia se vuelve granítica cuando el afectado pertenece al mismo ámbito ideológico, pero se torna muy laxa cuando no lo es. ¿Es igual de grave la prohibición en los escenarios de titularidad o gestión privada que en los de titularidad o gestión -o subvención- pública? ¿Hay algún margen de interpretación para calibrar el contenido lesivo de algunas letras y declaraciones? Es más, ya que diferenciamos entre ambas: ¿debe el músico asumir las consecuencias de sus declaraciones públicas en la misma medida que el contenido de sus canciones? ¿Debe rendir cuentas no solo de su obra, sino también de su persona?

¿Debe el músico conocer con anterioridad cuáles son el carácter y la filosofía que inspiran una determinada cita, o es responsabilidad de esta última el hacérselo saber? ¿Hay que diferenciar entre una broma desafortunada y una declaración de intenciones completamente seria? ¿Estamos seguros de que se aplica el mismo rasero a todos los músicos, con independencia de su mayor o menor poder de convocatoria? ¿Debe un músico esgrimir un timeline impoluto en cada una de sus manifestaciones a través de las redes sociales, como si se tratara de Guillermo Zapata (el dimisionario edil de Podemos en Madrid)?

Demasiadas preguntas sin respuesta. Obviamente, en manos de quienes gestionan las distintas programaciones de cada cita es donde debe residir la solución. A ellos les compete. Pero también las diferentes formas de dar salida a esos problemas indican mucho acerca de quienes los resuelven.

La madre de todas las polémicas

Ya fue suficientemente abordado en este mismo medio, y de forma ejemplar, por nuestro compañero Javier Cavanilles: el caso de la actuación de Matisyahu en la pasada edición del Rototom Sunsplash, con sus dimes y diretes, sus idas y venidas, sus contradicciones y sus retractos, supuso toda una escenificación en toda regla del cruce de intereses contrapuestos que pueden citarse en estas situaciones. A saber: un festival timorato, una ramificación local y particularmente combativa de una campaña de boicot internacional, la caja de resonancia de los medios pro israelíes, la repercusión del pronunciamiento de la clase política (especialmente impostado por parte de un gobierno sin reparos en aplicar un doble rasero, según convenga) y la necesidad de los medios por dotarse de contenidos durante la segunda quincena de agosto, un periodo siempre propenso a generar culebrones informativos de verano. No debió quedar nadie en este país que no supiera de la existencia de ese joven músico norteamericano y hebreo llamado Matisyahu, de quien prácticamente nadie había oído hablar hasta entonces.

¿Su concierto? Bien, gracias. Aunque poco importaba. Porque no faltaba ya ningún ingrediente en el cóctel. Y la música (no digamos ya el contenido de sus letras, difícilmente lesivo para nadie) no era precisamente uno de ellos. El problema nuclear de todo este asunto eran unas declaraciones del cantante, publicadas cinco años antes, en las que justificaba la intervención israelí ante la Flotilla de La Libertad, que trataba de prestar ayuda humanitaria en Gaza, y que se saldó con diez muertos. Varios artistas y participantes en la actividades paralelas del festival, que también formaban parte de su cartel, declinaron su participación en el mismo ante la negativa de Matisyahu a pronunciarse sobre una problemática que no había alimentado, y a la que el festival (en un gesto inédito y obviamente discriminatorio) le había conminado a significarse, de forma individual.

El propio concierto de Matisyahu explicitó el sinsentido de la situación: decenas de fotógrafos de espaldas al escenario y de cara al público, tratando de captar una instantánea del centenar corto de activistas que portaban banderas palestinas en señal de protesta, mientras los cerca de 20.000 (por valernos de la capacidad del recinto del escenario grande) espectadores restantes simplemente seguían a lo suyo: disfrutando de un concierto de reggae, pop y dancehall de sesgo comercial, licuados al gusto de casi todos los públicos en una combinación escasamente imaginativa, pero agradecida en el contexto de un festival que, orientado mayoritariamente al reggae de la vieja escuela, se beneficia de la capacidad de arrastre de esta clase de propuestas. Al final, imperó la normalidad de un simple concierto de música pop.

Por el camino había quedado en entredicho la coherencia de quienes denuncian los vetos políticos pero acaban pagando con la misma moneda, así como la de quienes los ponen en práctica pero no tienen el menor reparo en denunciarlos cuando políticamente les conviene. Y la falta de determinación de un festival que se vio atenazado entre la espada y la pared, y cuyo tembloroso pulso no parece que vaya a reportarle un gran perjuicio: cualquier presencia mediática que amplíe sus límites acabará repercutiendo en positivo, y el renuncio en el que incurrió no es de los que pasan demasiada factura a ojos del gran público.

De momento, solo nos queda contar los días hasta que una nueva controversia, con veto o prohibición de por medio, irrumpa en el atropellado e inclemente curso de la actualidad. ¿Tardará mucho en aparecer? Hagan sus apuestas.

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