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memorias de anticuario 

Cuando Sorolla pintaba en la arena de la Malvarrosa

26/07/2020 - 

VALÈNCIA. Isabel vive en Madrid y le extraña de los valencianos que no vayamos más a menudo a la playa, que tenemos tan cerca de casa, aunque sea a darnos un baño cuando el calor aprieta. Debe ser eso de que hay que vivir lejos del mar para plantearse esas cosas tan prosaicas para nosotros. No sabéis lo que tenéis, viene a decir. No sabemos lo que tenemos nos repetimos en ocasiones, como una frase hecha. No me había dado cuenta del significado de esa expresión, que tiene implícita cierta forma de menosprecio por aquello que tenemos a mano, pero de lo que nos olvidamos con frecuencia. Algo parecido ocurre con la huerta. Este jueves pasado tenía en mente una idea que me avergüenzo no haber puesto en práctica con anterioridad: cuando acabara la calurosa jornada laboral, iba a pillar la bicicleta y pensaba pegarme un baño en la Malvarrosa. Así “pensat i fet”, como quien dice, “me bajo a tomar un baño”, solo que a veinte minutos de casa. Eso hice y, oiga, ¡qué baño!. Y es que, vamos a recordar hoy lo que era la Malvarrosa a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX. De popular barrio de pescadores a convertirse, sin abandonar su idiosincrasia, en el lugar de veraneo de parte de la burguesía adinerada e intelectual de la ciudad de València que compartía baños con la chiquillería cabanyalera.

Playa de la Malvarrosa. Tomás Murillo Rams.

De aquello queda un ingente material gráfico y algunos vestigios arquitectónicos, como las amplias casas unifamiliares del final de la Malvarrosa, ya tocando el término de Alboraya. Ejemplos concretos a un extremo y otro de la amplia fachada marítima son la vivienda diseñada en 1909 por Demetrio Ribes (Estación del Norte), en la calle Eugenia Viñes nº95, frente al actual hotel Las Arenas, con esa peculiar marquesina de entrada en avanzado voladizo donde no cuesta imaginar a sus propietarios sentados en mecedoras estilo “Thonet”, elegantemente vestidos, disfrutando de la brisa de sudeste que hace su presencia de forma puntual a partir de mediodía. Igual sucede con el reconstruido chalet de Blasco Ibañez erigido en 1902, importante casa de verano que da buena muestra de la relevancia económica de su propietario, y que hoy posee más un valor más sentimental que arquitectónico al ser una reconstrucción fiel, con esa terraza galería con pilares de estilo jónico y cariátides, algo que estaba de moda por aquel entonces. El deplorable estado del inmueble de Ribes y la ruina en el que hallaba el de Blasco hasta su reconstrucción son ejemplos vivos del abandono en que se sumió por largo tiempo el entorno, una vez pasó ese periodo de belle époque del que hablo.

Recurriendo una vez más al arte como privilegiada ventana a aquella realidad de tonos malvas y azules, aprovecho para aconsejar con fervor visitar, si no lo han hecho ya, la amplia, quizás demasiado, exposición dedicada a Sorolla en Bancaja, titulada con acierto Cazando impresiones que estará colgada hasta el 12 de octubre. ¿Más Sorolla?. Eso exactamente me viene a la cabeza cuando se anuncia otra muestra dedicada a nuestro insigne artista, sin embargo, no hacen falta más de un puñado de pequeñas tablillas para caer rendido a su magisterio. Imposible elegir no una ¡veinte!. Pero no sólo Sorolla; también el elegante costumbrismo de José Mongrell, el magistral dibujo de Pinazo (otro cazador de impresiones), la modernidad del color de Tomás Murillo Rams, discípulo de Sorolla, un artista al que le tengo en especial estima, y, cómo no, Cecilio Pla y sus nerviosos apuntes de playa. Tampoco podemos olvidar las magistrales escenas de playa de José Navarro Llorens, un artista que debería estar más valorado en unos años en los que su nombre y apreciación ha retrocedido algo.

A pesar de todo aquello, de esa explosión artística, hay que decirlo sin avergonzarse ni un ápice: Valencia, históricamente, vive de espaldas al mar, es cierto. Es más yo debo añadir: ¡menos mal!. Precisamente eso es lo que buscaba aquellas familias burguesas de entonces, cuando cerraban por unos meses sus casas del centro de la ciudad y enfilaban la, por entonces arbolada, avenida del Puerto en carruaje o más tarde en los primeros vehículos a motor; buscaban salir de la tórrida ciudad aunque fuera tres o cuatro quilómetros. Vivir juntas, pero no mezcladas, con la gran ciudad es el privilegio que tienen nuestras playas urbanas y sus barrios. Acuérdense: con el tiempo iremos valorando esta circunstancia hasta convertirla en un privilegio. Me parece que lo que se critica es su mayor aliciente: salir de la vorágine urbana e ir a la playa en poco más de un cuarto de hora.

Playa de Valéncia de José Navarro Llorens.

Imaginen por un instante lo que sería del Cabanyal si la Valencia moderna se hubiera expandido hasta la misma arena de la playa. Piensen por un instante en la fachada marítima y la altura de cornisa de los edificios. Piensen que habría sido de muchas de la numerosas casas modernistas, todavía en pie, dels Poblats Maritims, y sus populares revestimientos cerámicos, si hubiesen sido pasto de la especulación. Aunque sea paradójico, el menosprecio de décadas pasadas ha sido el milagro que ha preservado buena parte de los barrios del Grao, del  Cabanyal y el Canyamelar.

Permítanme que acabe con una mención especial a un gran espacio de la ciudad también menospreciado. No seré yo quien critique a quien no esté en sus planes visitar el Museo de Bellas Artes de la ciudad, aunque sea una vez cada dos o tres años (como ven no pido mucho). Pero me reconocerán que nuestro querido museo no es de los espacios más visitados por los propios valencianos. Sus poco concurridas salas son el lugar perfecto para disfrutar del mejor arte si a uno, además, no le apetece encontrarse con nadie conocido. Como ya todos sabrán esta misma semana ha dimitido su director, Carlos Reyero, por razones de salud, adelantando, parece ser, su jubilación. Le deseo lo mejor a un hombre muy preparado, excelente persona y que conocí algo. De igual forma toda la suerte del mundo para Pablo González Tornel profesor de Historia del Arte de la Universidad Jaume I de Castellón y que no es baladí mencionar, quedó en segundo lugar en el concurso para la plaza de dirección del museo, por lo que, a priori tiene todas las garantías para el difícil reto que tiene ante sí.

Ocaso en la Malvarrosa y Cabanyal.

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