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VOL 2. UNA RADIOGRAFÍA AL COMERCIO MÁS TRADICIONAL

Cullera: el comercio de siempre resiste al coronavirus

Recorremos diez municipios de la provincia de Valencia para que sus comerciantes nos cuenten cómo han enfrentado la crisis del coronavirus. Cada miércoles y sábado un nuevo episodio

2/07/2020 - 

VALÈNCIA. El bullicio habitual del centro de Cullera, donde se encuentran sus comercios más tradicionales, se había convertido en un recuerdo del pasado. Y las expectativas turísticas de la primavera se habían esfumado por la emergencia sanitaria del coronavirus. Restaurantes y comercios, con años y años de historia, cerraban temporalmente con la incertidumbre de saber si volverían a abrir. La crisis sanitaria parecía ser una borrasca que impregnaba de nubarrones los establecimientos con más solera. Pero con el temporal amainando, las persianas han vuelto a subir. Y los comerciantes más icónicos han resistido.

Casa Borrasca: imbatible tras 106 años de historia

Hace ahora 106 años, en 1914, Pascual y Josefa, los abuelos de Rosa, compraron una casa en la zona del Faro de Cullera. A los pies de la montaña de Cullera, y a dos pasos de la playa, decidieron abrir una taberna. “Entonces era un lugar de pescadores y venía gente de paso”, recuerda Rosa. 106 años después, donde no había nada, ahora los apartamentos y los hoteles inundan el paisaje. Pero Casa Borrasca sigue en pie, en el mismo sitio y con la misma familia. "Es el bar más antiguo de Cullera, yo ya soy la tercera generación, pero no sabemos todavía si habrá una cuarta, es un trabajo muy duro y sacrificado", lamenta Rosa.

Justo enfrente de Casa Borrasca se encuentra la Cueva-Museo del Pirata Dragut, que recoge la leyenda de un pirata que, en 1550, saqueó la ciudad. Pero ahí no siempre estuvo ese museo."Cuando mis abuelos abrieron el bar, todavía no había nada, pero unos años después abrieron una sala de fiestas", explica Rosa, "era una cría, pero me acuerdo de los artistas de la época: Manolo Escobar, Nino Bravo, Camilo Sesto… que iban a actuar enfrente de nuestro bar". Aquellos años dorados en los que la gente adinerada frecuentaba la zona, dieron vida y reconocimiento al local.

Sin embargo, la crisis sanitaria de la Covid-19 ha logrado lo que parecía imposible: cerrar este bar centenario que durante toda su historia nunca había dejado de funcionar. Hasta ahora. "Han sido meses muy duros y extraños, porque nunca antes nos habíamos visto en esta situación", asegura. Aun así, confían en que durante la temporada de verano, la más importante para los comercios y locales de Cullera, pueda relanzar el local. "Los clientes de la zona ya han vuelto, ahora esperamos a los de otras Comunidades Autónomas y del extranjero, que vienen cada verano", comenta esperanzada Rosa. 

"Aquí han habido muchas alegrías y alguna penas, pero lo hemos sobrellevado y hemos tirado para adelante", cuenta Rosa. Pese a las adversidades, uno de los símbolos de Casa Borrasca, sus tradicionales paellas cocinadas a leña, todavía sobrevive. Con el paso de los años, y especialmente durante los últimos meses, el negocio se ha ido adaptando, pero manteniendo siempre su esencia. Y es que, a pesar de haber pasado más de un siglo, y una pandemia recientemente, en aquella mítica taberna que abrieron Pascual y Josefa, se sigue respirando cocina tradicional.

Casa Salvador: la Catedral del Arroz que resiste

Otro de los restaurantes tradicionales más conocidos de Cullera es Casa Salvador. Con unas vistas privilegiadas, a la orilla del Estany de Cullera, y con 70 años a sus espaldas, es uno de los referentes de la cocina valenciana, conocido por sus paellas. "Hemos pasado nuestro aniversario cerrados por la pandemia del coronavirus",comenta entristecida Anabel Gascón, una de las nietas de Salvador y Concha, sus fundadores. "Cuando mis abuelos compraron esta casa, era una casa de campo con un corral para los animales y un trozo de tierra. No había nada, solo cañas y barro", explica Anabel. "Recuerdo que a mi abuela le decían: Aquí te morirás de hambre, no hay nada".

Pero nada más lejos de la realidad. Poco a poco, sus abuelos fundaron una casa de comidas, como se conocía en aquel momento a estos establecimientos, y cocinaban para la gente que estaba de paso o para los pescadores que trabajaban en la zona. Incluso tenían su propio huerto del que, durante cuarenta años, abastecieron su cocina. "Mis abuelos sacaron adelante el local con mucho esfuerzo y trabajando sin descanso. Y la siguiente generación, mi padre y mi tía, fueron quienes promocionaron el lugar y se empeñaron en poner en valor la cocina tradicional valenciana, la paella", asegura Anabel. Sin duda, la conocida como Catedral del Arroz, tiene por delante un largo camino. Mientras, la cuarta generación ya empieza a trabajar en el negocio familiar.

"Nosotros solo cerramos tres noches al año: Nochebuena, Navidad y Año Nuevo. Es la primera vez que estamos cerrados tanto tiempo", comenta Anabel, quien desprende tristeza al recordar el aniversario, el pasado 10 de abril, cerrados al público y sin el gentío habitual. Ni durante la pantanà de Tous de 1982, que destrozó gran parte dela terraza y del comedor, ni el pasado mes de enero cuando el temporal Gloria cortó los accesos al restaurante, tuvieron que cerrar más de un día. Aquello ya nos pareció grave, pero no podíamos imaginar lo que vendría solo unos meses después", señala.

Pese a las dificultades y las pérdidas que han ocasionado estos meses de encierro, Anabel reconoce el esfuerzo y lealtad de los clientes de toda la vida. "La gente de aquí, de la Ribera, ha respondido muy bien, tenían ganas de volver. Durante el confinamiento nos llamaban para preguntar cuando íbamos a abrir y reservar mesa”, comenta orgullosa, y asegura que se han recuperado muy bien, llegando a situarse en el mismo nivel de trabajo que el año anterior. Sin embargo, la llegada de turistas extranjeros será la prueba de fuego: "son una parte muy importante de nuestra clientela. No será fácil, y menos con el futuro incierto que tenemos por delante, pero mantenemos la esperanza.

Moda y Hogar Carbonell: ni las pandemias ni las guerras han bajado su persiana

Ni la gripe española, ni la Guerra Civil, ni la boda de los propios dueños, lograron que Moda y Hogar Carbonell bajara la persiana. Este comercio de toda la vida lleva en pie 107 años en el centro de Cullera, desde que el abuelo de Juan, quien actualmente regenta la tienda, y su cuñado lo abrieran en 1913. "La tienda ha cambiado mucho, antes solo se vendían telas, porque la gente se confeccionaba la ropa en sus casas. Cuando empecé a trabajar en el negocio familiar el 70% de nuestro producto todavía eran telas. Pero nos hemos ido transformando y ahora vendemos ropa y objetos para el hogar", explica Juan.

Pero, lo que no lograron aquellos acontecimientos históricos, lo ha conseguido el coronavirus. "Es la primera vez que cerramos en toda nuestra historia porque no hemos tenido más remedio. Y lo hemos notado mucho, sobre todo en los gastos", lamenta. Todavía se puede ver por la tienda gran parte de la ropa de la temporada de primavera, agolpada dentro de las cajas de cartón en las que llegaron, a la espera de que, durante la temporada de otoño, puedan comercializarse para amortiguar el golpe económico.

"En el primer libro de registro de ventas de la tienda, durante la pandemia de la gripe española, mi abuelo anotaba los fallecidos registrados en Cullera cada día y, junto a ellos, los datos de ventas de ese día", explica sorprendido Juan. "¡No cerraron ni el día de su boda! Tampoco cuando nacieron sus hijos y sobrinos, lo anotaban también en el libro, junto a las ventas".

La receta para sobrevivir al paso de los años, la tiene clara: "Nos adaptamos a nuestros clientes, tenemos un trato mucho más cercano que en cualquier gran superficie". Muestra orgulloso su libreta de anotaciones, donde apunta la ropa que presta a sus clientes para que se la prueben en casa, o los luego paso a pagarte, tan habituales en las tiendas de toda la vida. Sin embargo, el negocio familiar no encuentra relevo generacional: "no habrá cuarta generación, esta será la última", explica Juan. "Un comercio como este ya no tiene la rentabilidad que tenía antes. Ahora existe la venta online, los centros comerciales… contra eso no podemos competir”. Pese a ello, quedará para la historia la vida de un comercio que solo se vio interrumpida por la reciente crisis sanitaria.

Ferretería Calabuig: de la adversidad, una oportunidad

Frente a las historias tristes que deja este coronavirus, la Ferretería Calabuig, fundada en 1962 en pleno centro de la ciudad de Cullera, pone la nota de esperanza. "Desde que mis padres abrieron por primera vez, hace ahora 58 años, hemos pasado por muchas fases y hemos crecido a base de mucho trabajo y paciencia", cuenta Javier ,quien desde hace décadas se encarga del negocio familiar. Actualmente, la ferretería ubicada en el centro de Cullera sigue siendo su tienda principal, donde atienden a sus clientes de toda la vida. Pero hace unos años, ampliaron su negocio con otro local a las afueras de la localidad, donde venden tanto a particulares, como a otras empresas.

La crisis económica de 2008 la recuerdan como una de las épocas más duras, pero se marcaron el objetivo de resistir como fuese. "Decidimos buscar alternativas y fue cuando empezamos a ofrecer nuestros productos a otros profesionales y empresas", recuerda Javier. La apuesta les salió bien y les permitió aguantar aquellos años difíciles. Ahora, con el coronavirus, lo han vuelto hacer. "Hace poco más de un año, empezamos a explorar la venta por Internet. De momento nos ha ido muy bien, sobre todo durante el confinamiento, porque la venta online se ha disparado",asegura.

Sin embargo, como todos los comercios tradicionales, han notado el fuerte golpe económico que ha supuesto tantos días cerrados al público. "La tienda principal, la del centro, la tuvimos que cerrar. Lo hemos pasado mal, pero hemos podido sobrevivir, gracias a la venta a otras empresas y a la venta online", admite Javier. De la adversidad, han creado una oportunidad.

Como el resto de comercio, tienen sus esperanzas puestas en la temporada de verano, con la llegada de turistas extranjeros y visitantes de otras Comunidades Autónomas a sus segundas residencias "Ahora ya notamos que nos empezamos a recuperar. Por las características de Cullera, la temporada fuerte para los comercios empieza ahora, durante los meses de julio y agosto". Sin embargo, temen al futuro ante un horizonte todavía incierto. "Sospechamos que después del verano bajará mucho el trabajo", lamenta Javier. "Desde que hemos vuelto a abrir, hemos sobrevivido por los trabajos que muchas empresas dejaron a medias antes del confinamiento, pero tememos que vendrán tiempos peores en unos meses".

Horno Signes: la tradición golpeada por la pandemia

La jornada de Juan, como la de cualquier persona que trabaja en un horno, empieza bien temprano: a las seis dela mañana el Horno Signes ya está en marcha y el olor a pan recién hecho inunda todo el local. "La existencia del horno data del siglo XVIII, pero no tenemos registros que demuestren que ya era de nuestra familia", cuenta Juan. El último registro que han encontrado es de 1969, cuando el horno estaba en el barrio antiguo de Cullera, el barrio del Raval, y el local en el que se encuentran actualmente solo era donde se despachaba el pan.

En 1992, Juan decidió trasladar el horno tradicional de la familia a su ubicación actual. "Hemos cambiado de local, pero seguimos siendo los mismos", recuerda. Esta ya la segunda generación de panaderos en la familia. Sin embargo, mientras hablamos, un joven no deja de ir de un lado para otro, amasando y transportando ingredientes. Se trata de Joan, su hijo, quien seguramente tome el relevo del negocio familiar y se convierta en la tercera generación.

Por su condición de establecimiento de primera necesidad, no ha cerrado sus puertas durante el estado de alarma. Pero, pese a ello, las ventas se han visto resentidas. "Hemos reducido las jornadas, y solo abríamos por las mañanas. Aun así, lo hemos notado muchísimo, las ventas han bajado un 40% respecto del mismo mes del año anterior”, lamenta Juan. Y es que, para negocios como el del horno Signes, se han perdido dos temporadas muy importantes: las Fallas y las Pascuas. "Son dos fechas muy importantes, pueden suponer el 30% del volumen total de venta anual para nuestro negocio". 

A ello se le suma un futuro incierto ante la duda de posibles rebrotes que nos hagan vivir situaciones como las que hemos pasado. "Al principio lo notamos más, porque la gente solo salía a comprar el pan y poco más. Ahora se está animando un poco y esperamos con ganas la llegada de turistas para poder remontar la temporada", explica Juan.

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