el algoritmo es el mensaje / OPINIÓN

Un año después

15/03/2021 - 

Un año después del Estado de Alarma, Amazon, Netflix y Disney tienen una cantidad de información sobre nosotros que nunca, nadie en la KGB pudo soñar. Esta cesión de lo que somos a cambio de herramientas sociales o de entretenimiento es el fin de nuestra soberanía individual y colectiva. Un final feliz (por Un mundo feliz) que borra definitivamente la frontera entre nuestro yo físico y virtual. Un hecho que, por lo que se refiere a la cultura, pasa por encajar que la Covid-19 ha establecido una guerra desigual entre quienes nos llaman espectadores y quienes nos clasifican como usuarios. Desigual e irreversible.

Un año después, el 50% de los españoles tiene acceso a la cultura de plataformas. Antes, solo el 33,7%. La alta y la baja cultura, los ritos colectivos y los hábitos generales, todo ha sido absorbido por La era del capitalismo de vigilancia (Shoshana Zuboff. Paidós, 2020, precisamente). El negocio de las salas de cine se ha caído más de un 70% aquí. El de los teatros, más de un 60%. Pero el estrago económico, surfeando bajo las olas de contagiados y deuda el monocultivo turístico y hostelero, impide ver hasta qué cimientos se han carcomido las industrias culturales. Ninguna de sus teóricas, antropólogos, sociólogos o economistas se negarán a hablar de un Antiguo y Nuevo Régimen para la Cultura con el coronavirus como bisagra. De hecho, hay todo un estrato social ajeno a estos hechos: el del 30% de familias empobrecidas y en riesgo de exclusión (España). Pero claro, no cabe olvidar que todas esas formas de cultura, las industrias, a lo sumo les tenían en cuenta para blanquear el balance anual. La Cultura no iba de ellos y, dado que no habrá reacción pública que entienda a las plataformas como método de exclusión hasta dentro de mucho, su papel en todo esto se asemeja al de los viejos buenos tiempos. Nulo.

¿Qué nos ha pasado? Un año después, ante la hipótesis de cómo reaccionarían las distribuidoras de cine ante la restricción de aforo en las salas, tenemos una respuesta: abandonándolas. En 2020 el cine abandonó los cines para estupor de los últimos grandes nombres de ese Séptimo Arte tan propio del siglo XX. Disney abandonó las salas, pero también Paramount Pictures o Warner. No lo hicieron temporalmente, sino a la búsqueda del Nuevo Régimen. La carrera está desatada hacia la búsqueda de datos más fiables. Los perfiles que construimos generan certezas mucho mayores a la hora de publicitarse, que es de lo que va este rastreo global. Por eso, mejor el Big Data que la publicidad exterior con palomitas. Los 20 años de bancos, aerolíneas, petroleras y unicornios invirtiendo en Inteligencia Artificial nos alumbran al presente de una dominación cultural tecnológica y empírica. Dominante. 1984.

Un año después la cultura es cada vez menos colectiva y más individual. El podcast y el audiolibro son fenómenos sintomáticos de ello: al oído, no colectivo. Individual, ni siquiera en familia o en pareja. La cultura está sumida por el confinamiento, aunque entre sus nuevas escalas brotan tallos milagrosos, ¿puntuales?, como el resurgir de los juegos de mesa. Su venta se ha disparado un 30% y hasta el crítico cultural de The New York Times Jorge Carrión las clasifica como “experiencia lúdica de un aura memorable, emocional”, “ajena al pixel”, “de gran calidad”. Pero no nos engañemos. Quien convive con adolescentes sabe que la desconexión cultural en casa tiene visos de infranqueable. Es una cuestión de canales y estilos. En Twitch quien habla es un semejante, algo insuperable y poderoso. En un mundo que evidencia no haber legado prosperidad natural ni económica a hijos y nietos, los adolescentes actuales muestran profundas incompatibilidades a la hora de compartir relatos musicales. Ni punk, ni glam, ni indie, ni brit pop. La música, que pese a todo sigue siendo el vehículo más rápido para la contaminación de sensaciones y conocimientos, es difícilmente tolerable por unos y otras. Los videojuegos, por supuesto, son un hecho crucial en la cultura y desde el confinamiento uno de los más extensos campos de socialización, ¿pero en qué lugar está el yo físico y dónde se acaba mi identidad virtual?

Hemos saltado al vacío de un mercado –el físico– a otro –el digital– sin darnos cuenta. Somos parte de la venta en el mercado de datos, tenga eso que ver –que sí– con la cultura. El control de lo que nos nutre en este sentido depende de compañías californianas, pero también chinas (TikTok) o escandinavas (Storytel, Spotify, Podimo). Saben si estamos tristes, hemos hecho ejercicio, hemos vuelto a interactuar con nuestra ex o llevamos días sin hablar con papá. Saben si conducimos rápido o lento. Saben cuánto dinero tenemos. Saben si a las 20 horas del domingo llevamos todo el día tirados en el sofá, desde donde hemos pedido comida con el WhatsApp del trabajo bloqueado. Saben si estuvimos o no en casa cuando había que estar confinados. Si nos escapamos a casa de un amigo para pasar allí la noche, aunque no podíamos. Ante todo ello, ofrecen resultados y han logrado lo imposible: que haya quien esté encantado de que le espíen. Hay quien no cree que la vigilancia, rastreada y acumulada a lo largo de su vida, le afecte en lo personal. Hay quien no conecta lo que sucede en Instagram con sus itinerarios culturales, ahora, mayoritariamente digitales. Hay quien cree que será libre en sus decisiones cuando su perfil y el de los de sus semejantes en la etiqueta son tan avanzados como las sugerencias de escritura cuando buscamos en Google.

Hace un año nos parecía imposible que nuestros abuelos hicieran videollamadas, pero hoy las hacen. Hace un año la expansión de Zara seguía imparable, pero en España hemos comprado un 40% menos de ropa. Hemos abandonado el dinero físico, no ha habido fallas ni Semana Santa. Hace un año que nadie ha podido ir a Mestalla ni a Old Trafford. Toda expresión cultural, incluido el fin de la barra de bar, ha sido sustituida a grandes rasgos por cultura de plataformas. Tanto es así que la televisión, que venía contrayéndose, se ha estirado de las 3:41 horas de consumo diario a las actuales 4:19 horas. No es Sálvame todo lo que deslumbra.

“La mejor noticia es la que parece mentira”, titulaba ayer Iñigo Domínguez su columna en El País, robándole la frase –con cita– al escritor Gonzalo Suárez. ¿No les parece mentira que, un año después, nuestra forma de conectarnos a nosotros mismos, al resto y a lo desconocido haya cambiado tanto? ¿Es una buena noticia? La cultura de plataformas parece ocuparlo casi todo, incluidos libros electrónicos, podcast de pago (llegaron con la pandemia) y una suma de herramientas para nuestra clasificación. Es una segmentación ultracualitativa, porque ya no somos hombre, joven, soltero, estudios superiores. Nuestra ficha es tan apabullante que, sumidos en la agresión constante de estímulos de consumo, saben mucho más que nosotros de nosotros mismos (faltaría más). Y, por supuesto, más que quienes hasta ahora nos ofrecían ese escape de vida en teatros, salas de cine, de conciertos, videojuegos de pago (y no de recompensas) y libros impresos. El panóptico global nos determina y determina a la cultura un año después.

@eugeniovinas