Cultura y Sociedad

EL CABECÍCUBO

Con el Alatriste mamporrero de Telecinco llegó el escándalo

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MADRID. Mira que se estrenan bobadas y cutreríos en televisión cada semana y el escándalo ha llegado cuando a España le han tocado su Alatriste, el personaje de la saga de novelas de Arturo Pérez Reverte con las que muchos han aprendido, o creído aprender, la Historia de nuestro país; un personaje que, tal y como apareció retratado en la película de Agustín Díaz Yanes y en esta serie, más que acercar la Historia al espectador, lo que acerca es al tipo de héroe que suele interpretar Clint Eastwood a nuestras coordenadas culturales e históricas. Pero bueno. El caso es que no ha gustado la adaptación a la pequeña pantalla.

Los aficionados a la saga se han quejado abrumadoramente del vestuario de la serie. Limpio, impoluto, nada realista para lo que debió ser aquella época, explican. Les molesta la asepsia de la televisión. Entran ganas de exclamar ¡no me digas, cómo es posible! Y contestarles en clave tradicional, ya que les gusta tanto, un ¡con la Iglesia hemos topado! 

Los escenarios tampoco han gustado nada. Por un lado, porque, otra vez, están limpios. No parecen aquella España que no tenía alcantarillas. En el diario El País han ido duro y a la encía y los han descrito sin contemplaciones: "no pasan del cartón piedra adquirido en el saldo de los chinos".

Y los actores tampoco transmiten. En esta columna hemos denunciado insistentemente que los actores españoles jóvenes a veces parecen robots de los años 60, ahora son las masas las que han despertado, lo perciben y agitan antorchas. Otra vez El País, que en esta algarada en lugar de antorcha sostiene una cruz en llamas, ha sentenciado: "Los pobres niños no pasan de parecer elegidos por enchufe en la función de final de curso". 

Y en esas estábamos en las redes sociales hasta que hizo su aparición el padre del personaje, Pérez Reverte. El escritor y académico -gracias a su labor ya podemos escribir grafiti-,  se ha quejado de que la serie tiene demasiados "colorines", cuando la España que el retrata era oscura y de mucho mal rollo. Eso ha servido para que intuyamos cómo ha sido la gestación de Alatriste entre bastidores, cuando ha revelado que llegó a haber una discusión sobre si debía ser sombría o luminosa, como al final ha sido. La gente cambia de canal por esos detalles, Arturo.

También, que los actores "resistieron presiones" porque algún supervillano capitalista quería que la serie se pareciera a Águila Roja. Más interesante. O que no se contrató un asesor histórico para ciertos detalles, como el vestuario, como Reverte pidió. Y la frase del millón: "En la HBO, Alatriste sería distinto. Pero esto es España". Momento en el que saltaron las alarmas. Pero antes, hagamos una pequeña reflexión.

¿No hay público en España para una serie de calidad como las que hacía antaño HBO? Lo cierto es que en Estados Unidos tampoco abunda. Deadwood, una serie del salvaje oeste, que es lo que parece el Alatriste de Telecinco, un spaghetti western, fue cancelada por HBO en la tercera temporada por falta de audiencia. Lo mismo que Carnivale, con un vestuario y una ambientación increíbles, sólo duró dos. La famosa Roma también acabó siendo demasiado cara para el rendimiento que daba. Algo pasa en este mundo que la calidad se le resiste a las masas, a las audiencias masivas. Aquí y en el mismísimo Sunset Boulevard.

En España, por ejemplo, los resultados de Los Soprano en abierto por La Sexta, tras anunciarse a bombo y platillo que la nueva cadena ‘de calidad' llegaba con una serie ‘de calidad', tuvo resultados discretos. En la reposición de ese verano, 2006, ningún capítulo llegó al 2%. Pero público español, verla, la han visto unos cuantos por lo civil o lo militar -descargada-. Si no pregunten.

De modo que si en algo se diferencian España y Estados Unidos no es que en allí sean aficionados a la calidad audiovisual y haya un aluvión de espectadores con boina ladeada y gafas con los cristales rosas que fuman con boquilla larga. En un país de 300 millones de habitantes, HBO cuenta con 30 millones de suscriptores. Tíos que pagan por ver calidad. Mejor obviar las comparaciones con nuestro país. Es una cuestión de proporciones y público potencial para cada inversión.

Por eso han resultado extrañas las palabras de Jaime Olivares, guionista de Isabel, indignado con los tuits de Reverte poniendo en su sitio a la ficción española: "Que se justifique el fracaso de una serie con que 'las series españolas son todas así' me toca los cojones". Mucho más interesante ha sido la respuesta del también escritor y también guionista Nacho Faerrna: "Qué manía de repetir que aquí no hay HBO para justificar la calidad de las series españolas. BBC, ITV, Channel4, France2 son generalistas... Cadenas que emiten en abierto y producen magníficas series para un público amplio. Ese debería de ser el espejo en el que mirarnos". 

Por lo pronto, lo que tenemos aquí es una serie de acción al uso. Alatriste es un mercenario que presta servicios de todo tipo a la Corona. En las primeras escenas, que se quejan los lectores de que no aparecen en la saga, escolta a su majestad cuando quiere irse de putas. Ejerce, básicamente, de mamporrero, al lograr que la señorita a la que el rey, como es costumbre en los monarcas, señala diciendo "esa" termine en su cama aunque en ese momento se halle con otro emprendedor. 

Es gracioso cuando vemos que Felipe IV gusta de escribirle a la prostituta versos de Quevedo en el culo, pero ahí se acaba la originalidad. Después llegan tipos duros, caras largas, peleitas y saltitos. Acción sin mucha chicha detrás. Tampoco cuando Alatriste sigue prestando servicios reservados a la Corona sube el interés. Esta vez es guerra sucia, impedir que el príncipe de Gales, que viene a España también a mojar, lo haga con la infanta María Ana de Austria, lo cual sería una herejía (entonces España combatía el terrorismo en Inglaterra, Países Bajos y Alemania). Digamos que ejerce de precursor de los GAL.

Por lo demás, emoción hay poca. El guión no da sorpresas tremebundas ni giros espectaculares. Pero vamos, el fenómeno es más norma que excepción en este país. Lo que más dentera da es cuando Alatriste recuerda hazañas bélicas con otro veterano y hablan del típico "salir de la trinchera a un ataque en campo abierto" ordenado por un general sin escrúpulos. "Aquello fue una carnicería", dice el soldado. "Eran órdenes, Sebastián", replica el protagonista. En la película también hablaban así de Flandes, "aquello es un infierno", decían entre dientes con el ceño muy fruncido. Igualito que marines recordando las junglas de Vietnam. 

Tal vez la vida de los tercios y su forma de hablar en nada se diferenciara de la de John Wayne, el casposo de Clint Eastwood y los soldados veteranos que salen en las películas estadounidenses, pero si esta es la forma que tenemos de sumergirnos en la Historia de nuestro país, mejor apostar por la comedia romántica. Dónde va parar.

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