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‘La Marca Amarilla', la maldición de Jacobs

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VALENCIA. Es de noche y llueve. Los Royal Fusliers hacen su ronda por la Torre de Londres. De repente un grito rompe la tranquilidad. Alguien ha robado las joyas de la Corona y ha dejado pintada una extraña ‘M' (pronúnciese Mu, es una letra griega) a modo de firma. Así comienza La Marca Amarilla, la obra maestra del belga Edgar P. Jacobs (1904 -1987) pionero del cómic para adultos en Europa. La tercera aventura de Blake y Mortimer vuelve a la actualidad gracias a una edición limitada para coleccionistas que, por primera vez, permite disfrutar de la historieta completa, con el tamaño y color originales, y sazonada con un completo dossier. Norma Editorial sólo ha publicado 1.000 ejemplares que están haciendo furor entre los aficionados.

Con esta, son ya tres las ediciones de esta joya. En España, su llegada tuvo algo de declaración de principios. En 1983, cuando los aficionados a los cómics se dividían entre partidarios de la Línea Chunga (El Vívora, Makoki...) y la Línea Clara, la revista Cairo se atrevió con ella. Toda una apuesta de su director, Joan Navarro, que sorprendió a propios y extraños al incluir en el Gotha de los posmodernos una aventura (en principio) para niños publicada originalmente en ¡1953!

¿Para niños? En todo caso, publicada en una publicación infantil (la revista Tintín) pero dibujada por un visionario que pensaba que los tebeos podían ser algo más. El tipo era Edgard Pierre Jacobs (se quitó la ‘d' de su nombre para parecer más inglés), un personaje que aún hoy sigue siendo un misterio pese a que se han publicado tanto sus memorias como varias autobiografías.

HERGÉ, SU MEJOR ENEMIGO

Jacobs ha pasado a la historia como uno de los colaboradores de George Remi ‘Hergé' (el padre de Tintín) que, un día, decidió volar por su cuenta con su propia serie, las aventuras de Blake y Mortimer. Sin embargo, la relación personal y profesional entre ambos da para mucho más. Para saber lo que el primero aportó al segundo basta comparar las versiones originales de La Oreja Rota o El Loto Azul con las de color.

El autor de la Marca Amarilla nació artista, pero su gran pasión no fueron los tebeos (a los que llegó por accidente) sino la ópera. Hasta los 36 años intentó sin éxito triunfar en los escenarios así que en 1940, durante la ocupación alemana, decidió reciclarse como ilustrador. Su primer trabajo fue hacer su propia versión de Flash Gordon cuando los nazis lo prohibieron que se importaran. Otro fracaso: los nazis también lo prohibieron. Así, decidió sacar su primer álbum: El Rayo U (1943).

Su vida se cruzó con la de Hergé cuando se encargó de los decorados de la obra teatral Tintín en la India (El misterio del diamante azul). El genio le pidió ayuda para rehacer algunas de las primeras aventuras de su personaje para la edición en color. Se hizo el remolón, pero al final aceptó.

LA AMISTAD SIGUIÓ PESE A TODO

Pronto Hergé se da cuenta de que aquel tipo es oro en paño y lo convierte en su colaborador para la saga El Secreto del Unicornio (1942) y más tarde como colorista en la Las 7 bolas de cristal (1943) Son como el agua y el aceite. El maestro es más de contar una historia con sus personajes, no le da apenas importancia a los fondos y pide claridad. Jacobs es minucioso hasta el último detalle (se labra una fama de entregar siempre tarde), le gusta jugar con las sombras y disfruta con tramas más complejas. Para él, el cómic es como la ópera pero en papel.

Sobre sus tres años de intensa relación se ha escrito mucho. Acabaron relativamente mal, pero nunca dejaron de ser amigos. Todo empezó a torcerse cuando Jacobs pidió más tiempo para sus proyectos personales (en 1946 empieza su primera aventura con Blake y Mortimer) y algo que Hergé no puede aceptar: que le reconozcan como coautor de las nuevas andanzas de Tintín.

La censura se encarga de marcar en qué terreno se mueve cada uno. Mientras el periodista del tupé es el favorito de los padres, Francia prohíbe la importación de la segunda parte de El Secreto del Espadón de Jacobs. Luego, la comisión para las publicaciones infantiles también pone problemas a El Enigma de la Atlántida (1955) y La Trampa Diabólica (1960) necesitó cinco años hasta que se autoriza en Francia (en contra  de la opinión de la Unión de Asociación de Familias). Al final, medio deprimido, dejará de dibujar durante más de tres años.

DIMES, DIRETES, LA BATALLA VA MÁS ALLÁ

Pero la batalla entre los genios va más allá. Cuando decide marcharse, Hergé se da cuenta de que no puede continuar sin colaboradores que se ocupen de los detalles que él no sabe hacer (más tarde creará los Studios Hergé). Es cierto que le abrió las puertas como miembro fundador del Journal de Tintín, pero también se encarga de que Casterman no publique sus álbumes. Tampoco permitirá que su colaborador Bob de Moor le ayude a acabar Las tres fórmulas del Profesor Sato (1971). Lo hará, sí, pero en 1990.

Hergé envidió tanto como admiró a Jacobs. A él le debe que el Capitán Haddock no se quede únicamente en un personaje de El Cangrejo de las Pinzas de Oro (1941), como estaba previsto inicialmente. Incluso intenta copiar su apuesta por la ciencia ficción en la saga Objetivo: La Luna (1953) o El asunto Tornasol (1956) . En esta y otras obras Jacobs aparece dibujado en segundo plano a modo de homenaje.

La relación personal también está llena de altibajos. Jacobs defendió a su amigo cuando, tras la II Guerra Mundial, fue acusado de colaboracionista y volvió a su lado cuando se le detectó el cáncer que acabó con su vida. En cambio, Hergé no le secundó cuando fue acusado de excesivamente violento y racista en los 70. Se olvidó que cuando tuvo su primera depresión a finales de los 40 Jacobs fue su saco de lágrimas.

Pero no es justo atribuirle todos sus males a Hergé. Jacobs fue tan celoso de su trabajo que racionaba su relación con sus colaboradores, hasta el punto de que con sus amigos Jacques Van Melkebeke o Jacques Lardy (en quienes se ha inspirado para Mortimer y Blake respectivamente) apenas trabaja una vez. Su divorcio aumenta su misantropía y no contribuye en nada a su imagen que se dé a la fuga tras provocar un accidente de coche a principios de los 80. Los últimos años son de una soledad "casi paranoica". Según sus biógrafos Benoît Mouchart y François Rivière (La Damnation de Edgar P. Jacobs, 2006) todo eso hizo que viviera su condición de dibujante casi como una maldición.

LA MARCA AMARILLA

De todos sus trabajos, La Marca Amarilla es sin duda su obra maestra. Para algunos es tan superior a lo que hizo antes y después que es la única que cuenta. Comenzó a publicarse en 1953 y, a razón de una página por semana, los lectores tuvieron que esperar 14 meses para conocer el desenlace. Cuenta la leyenda que en Bélgica se agotaban los rotuladores amarillos y pocas paredes se libraron de amanecer con una ‘M' pintada.

Para esta historia, Jacobs dio lo mejor de sí mismo. Las citas cinéfilas se suceden desde el guiño a Nosferatu (F.W. Murnau, 1922) en la portada que finalmente no pudo publicar (y que recupera Norma en esta edición) hasta la máquina de hipnotizar prestada de El caso de los dedos cortados (Roy W. Neil, 1945) o el accidente de tren inspirado en El hombre invisible (James Whale, 1933). Pero sobre todo, un inolvidable guiño a M, el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1933).

Con tanto homenaje al séptimo arte no es extraño que haya habido hasta tres intentos de llevar el cómic a la gran pantalla, y todos se saldaron en fracaso. El más conocido es el de Alex de la Iglesia, que pensaba contar con Hugh Laurie y Kiefer Sutherland como dúo protagonista. Tampoco prosperaron los proyectos de los franceses Charles Gassot o Michel Marin.

Pero lo que la hace única es una trama, adaptación libre de El cerebro de Donovan (1942) de Curt Siodmak, y una apuesta por el realismo que llevó a Jacobs a incluir al mismo Winston Churchill en una de las reuniones para tratar de atrapar al misterioso ladrón de joyas y secuestrador de científicos que firma su fechoría con una ‘M' amarilla. Una obra publicada en una revista infantil, sí, pero no para niños. Con Jacobs los cómics empezaron a superar la adolescencia.

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