VALÈNCIA. Una obra propia, una que le ha marcado y otra que le gustaría haber hecho para dar forma a un reto: autodefinirse en tan solo tres piezas. Desde Culturplaza proponemos a diferentes agentes culturales valencianos jugar a los autodefinidos para conocer mejor su trabajo, gustos e inquietudes, y todo ello a través de las piezas (propias y de otros) que mejor captan su esencia.
En esta peculiar biografía los artistas se ponen frente al espejo para describirse a través del arte que les rodea.
Hoy juega a los ‘Autodefinidos’ el diseñador Javier Valiente.
Una obra propia
- ¿Qué trabajo encapsula mejor tu esencia?
-El pes de la tradició (Falla Blanquerias, 2025)
Si tuviera que elegir una obra que me define como diseñador gráfico, sería El pes de la tradició. Era una montaña de cabezas de mujeres falleras apiladas, construidas en cartón piedra y materiales sostenibles. Me interesaba hablar del peso simbólico que soportan las tradiciones —especialmente sobre el cuerpo femenino— pero hacerlo desde la forma, no desde el panfleto.
Yo no llego a las Fallas desde la escultura, sino desde el diseño. Desde la repetición, el módulo, la acumulación como sistema visual. Esta pieza nace como una idea gráfica muy clara: un elemento que, al repetirse, genera significado. Podría haber sido un cartel. Decidí convertirlo en volumen.
Utilizo las fallas como campo de estudio: comprobar si una idea gráfica sigue funcionando cuando ocupa espacio, cuando pesa, cuando se rodea, cuando se quema. Para diseñar una falla hay que entender el proceso, la construcción, la escala y el oficio. No basta con tener una buena imagen; tiene que sostenerse física y conceptualmente. Esa tensión entre diseño y materia es donde me siento cómodo.

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Una obra prestada
- ¿Qué Falla de otro creador te ha marcado?
-2001: Pinotxada universal o una odissea de tres parells de nassos. Diseñada por Sigfrido Martín Begué – Falla Na Jordana (2001)
Para mí fue un antes y un después. Aquella falla era arriesgada, diferente, canalla y absolutamente inesperada. No respondía al canon estético dominante, y precisamente por eso marcó un punto de inflexión.
Cuando un buen diseñador está detrás de la construcción de una falla… se nota. Se nota en la estructura conceptual, en la ironía, en la coherencia formal. No era solo una suma de ninots; era una pieza con autoría. Tenía mirada.
Como diseñador gráfico, aquello me confirmó algo importante: la falla puede ser un proyecto de diseño integral. No solo decoración, no solo artesanía —que también—, sino pensamiento visual aplicado a escala urbana. Me enseñó que tradición y riesgo no son incompatibles, si hay criterio.

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Una obra soñada
- ¿Qué obra de otro creador te habría gustado hacer?
-Cartel oficial de Fallas 1987, de Manuel Boix
El cartel oficial de Fallas de 1987 de Manuel Boix me parece un gesto de valentía institucional difícil de imaginar hoy. No buscaba agradar ni ilustrar lo evidente. Era conceptual, contundente y radicalmente distinto a lo que se esperaba de un cartel fallero.
Boix entendió algo fundamental: un cartel no tiene que describir la fiesta, tiene que interpretarla. Y cuando el diseño interpreta, genera debate. Estoy convencido de que si hoy se presentara una propuesta así, habría controversia inmediata. Y eso, para mí, sería una buena señal.
Como diseñador gráfico, me interesa ese punto de tensión donde la imagen no es complaciente, sino inteligente. Donde el diseño no repite clichés, sino que propone lectura.
Soy diseñador gráfico. Y utilizo las Fallas como un territorio donde comprobar que las ideas no solo deben funcionar en plano, sino también en espacio, en escala y en proceso. Si una idea gráfica no resiste convertirse en volumen, quizá no era tan buena. Para mí, diseñar una falla es diseñar pensamiento visual que, además, arde.

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