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El baile echa raíces en Dansa València

La Phármaco, Columpiant la Dansa, Fil d’Arena, Colectivo Lamajara, Sharon Fridman y Dunatacá exponen cómo marca el territorio sus creaciones

4/11/2020 - 

VALÈNCIA. Etimológicamente, la palabra territorio remite al lugar de pertenencia, pero en este mundo globalizado, donde la cultura de masas fagocita lo local e internet fomenta una inteligencia colectiva, ¿qué escala tiene ahora el territorio?¿Continúa remitiendo a un espacio físico o a un mundo interior? Y lo más importante, porque es lo que en este reportaje nos ocupa, ¿cómo se expresa en la creación?

El festival Dansa València reúne del 7 al 15 de noviembre una amplia selección de compañías nacionales que se enraízan o repiensan el territorio en sus propuestas. Seis de ellas han reflexionado para CulturPlaza sobre su impacto en los movimientos que plantean. 

Uno de los temas principales de Luz Arcas, directora de La Phármaco, es, precisamente, la relación entre el cuerpo y el territorio. A la creadora le preocupa el totalitarismo cultural impuesto por la globalización en la danza contemporánea actual. 

“Hay un estilo internacional que borra los rasgos, los uniformiza en una falsa igualdad. Siento que la escena se parece cada vez más a los aeropuertos, con su asepsia, impersonalidad y elitismo. Me interesa bailar para recuperar esa gestualidad dormida, que habla de lo que somos hoy, pero también de lo que fuimos, de nuestros muertos, de su historia. Me parece que eso permite, paradójicamente, mirar al futuro con libertad”, expone la coreógrafa, que el 10 de noviembre visita el Teatre Rialto con Bekristen / Cristianos. Capítulo I La Domesticación.

Su propuesta surge a partir de varios viajes por diferentes países poscoloniales, donde Arcas tuvo encuentros con artistas cuyos cuerpos “padecían esa violencia de la globalización y a la vez necesitaban mirar más adentro y  también más atrás, para enfrentarse al presente sin censuras o tabúes impuestos desde arriba, desde la autoridad invisible que determina nuestras vidas”. 

La artista malagueña forma parte de una generación que por viajada, ya sea por privilegio o como consecuencia de una huida, considera el territorio como móvil.

“Esta movilidad nos hace tener una visión del mundo más amplia, pero no sé si más realista, también nos da cierta libertad espiritual (parece que el mundo, al menos antes de la pandemia, estuviera ahí para recorrerlo), pero a la vez sentimos una profunda nostalgia, no sabemos bien de dónde venimos, y ese vacío o desarraigo impide que nos identifiquemos con un colectivo cultural, clave de todo inconformismo, de toda lucha y ambición colectiva”, lamenta. 

Las valencianas Fil d’Arena considera que la uniformidad impuesta por la globalización puede romperse apostando por las peculiaridades de cada territorio. Sus cuatro integrantes, Isabel Abril, Irene Ballester, Clara Crespo y Roseta Plasencia, proponen desde lo local para llegar a lo global: “De esa forma conseguimos enriquecer y enriquecernos de la multiculturalidad y la diversidad creativa”, consideran.

Las raíces culturales de la compañía siempre afloran en sus propuestas de danza y texto, ya que el valenciano es la lengua que las articula. 

El 7 de noviembre estrenan en la plaza de l'Almoina su nuevo espectáculo, Sénia, una llamada a hacer un alto en nuestra deriva sobre productiva que nació en pleno confinamiento.

“El objetivo es señalar el ritmo frenético que llevamos día a día, sin detenernos a respirar y a disfrutar del camino”, explican sobre una obra que toma como nombre el de la noria que abastecía de agua las huertas.

Foto: Sharon Fridman.

En contraste, el coreógrafo y bailarín Sharon Fridman no se siente conectado a una tierra como creador. Sus propuestas están más relacionadas con la humanidad en su conjunto, que con su origen israelí o su afincamiento en España. Sus vínculos son sentimentales, ni físicos ni geográficos.

De hecho, el espectáculo que presenta el 15 de noviembre en el Teatre Principal, Dosis de paraíso, explora el amor y las relaciones. En la pieza, de hecho, plantea un diálogo con las nuevas tecnologías en búsqueda de espacios emocionales, gracias a la colaboración con artistas de España, Bélgica e Israel.

Más que territorio, ecosistema

En el Colectivo Lamajara tampoco concretan sus fuentes de inspiración en un territorio, sino en la naturaleza, desde donde parten para trazar paralelismos con la realidad social.

Los catalanes rehúyen la idea de un mundo uniforme y globalizado. Es por ello que en sus procesos creativos apuestan por la diversidad, tanto de lugares, como de paisajes y de formas: “Hacemos desde la observación y la contemplación del medio natural, aprendemos del funcionamiento del ecosistema para aprender acerca de los tiempos, las maneras, el respeto, la convivencia y la coexistencia”.

Foto: Labranza.

El 8 de noviembre se instalan con Labranza, en el Jardí de la Infància del Parc Central. Su proyecto pretende acercar la agricultura a las ciudades para así “llenarlas de los valores que ese territorio nos enseña”.

El movimiento de sus bailarines se inspira en la tradición campesina, de modo que el espectador puede intuir los cuerpos de los payeses y sus evoluciones sobre la tierra en la coreografía. 

“Mas allá del espacio geográfico, el territorio es también una práctica cultural, social, económica y política, donde se refleja la identidad de una comunidad, así que las coreógrafas y coreógrafos inevitablemente filtran el mundo que les rodea a través de su obra y construyen narrativas que tienen que ver con el desarrollo del territorio al que pertenecen en todos esos ámbitos”, plantea la coordinadora de Dansa València, Mar Jiménez.

Críticas al aquí y el ahora

En Columpiant la Dansa investigan y trabajan sobre problemas actuales de carácter social, inclusivo y de género. 

El 13 de noviembre suben al escenario de la Sala Matilde Salvador un extracto de su pieza I+G, donde inciden en la sobre estimulación visual “y como no dejamos de ser un escaparate al mundo juzgado por lo socialmente correcto y aceptado”.

Sus integrantes, la valenciana Marta García y el extremeño Manuel Caldito, se declaran muy porosos y permeables a su realidad más cercana. El día a día de sus vivencias, anécdotas y los espacios que recorren les nutren para sus diferentes creaciones. 

Las valencianas Dunatacá identifican sus territorios creativos con temas sociales que valoran como relevantes y hacia los que quieren llamar la atención del espectador. Desde el papel de la mujer en la sociedad a los refugiados, pasando por los efectos de las nuevas tecnologías. 

Su nueva pieza, Voces, pone el foco en uno de los colectivos más presentes hoy día en la conciencia colectiva, y sin embargo, más olvidados de la sociedad, la tercera edad. 

El 8 de noviembre en la plaza del Mercado de Ruzafa y el 12, en la plaza del Patriarca, la formación de danza-teatro traslada las inquietudes, opiniones y deseos de un grupo de personas mayores del barrio de Tendetes, donde se ubica Carme Teatre. El teatro de la calle Gregorio Gea concedió a la compañía una residencia de creación que les permitió no sólo desarrollar la pieza, sino también acercar la danza a un nuevo público, el de los ancianos. 

Efectos secundarios de una crisis sanitaria

Foto: Dunatacá.

La pandemia ha resignificado la propuesta de Dunatacá. Es uno de los muchos efectos secundarios de la crisis sanitaria que sufre el planeta. Entre los positivos, según Mar Jiménez, está la incidencia de la COVID 19 en la homogeneidad avasalladora: “En las actuales circunstancias, las restricciones de movilidad en todos los sentidos exigen reforzar los vínculos territoriales concretos y es de esta manera que la pandemia ha devuelto poder a los territorios y con ello está debilitando la influencia de las tendencias globalizadoras”.

El enraizamiento de los creadores con el territorio opera como un factor que contrarresta la tendencia globalizadora que pretende dar carácter uniforme a cualquier proceso. El tiempo dirá si el virus omnipresente refuerza esos vínculos.

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