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GRUPO PLAZA

LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERaR

El día que los Pixies estuvieron en Valencia

Cuando todavía no eran el grupo que llegaron a ser, Pixies actuó en Garaje y dejó para el recuerdo una noche memorable

27/09/2015 - 

VALENCIA. El 2 de junio de 1989, los Pixies actuaron por primera vez en Valencia, ciudad que había acogido sus discos con un entusiasmo excepcional. Por alguno de esos motivos que carecen de explicación aparente, el cuarteto de Boston estaba calando hondo aquí, en un momento en el que la brecha que dividía la ciudad entre el bakalao y el rock era cada vez más notoria.

La escena independiente, escasa pero diversa, se nutría de bandas como Vamps o Cómplices –los que llevaba Manolo Rock, no los de Cardalda-; mientras, los nuevos grupos anglosajones sonaban sin tregua en locales como Barracabar y Brillante, y Jorge Albi los programaba en masa en el añorado programa radiofónico La conjura de las danzas. Supongo que esto último facilitó que una banda tan nueva y en absoluto domesticada como Pixies se convirtiera en una de las favoritas de la ciudad. Prueba de ello fue que Valencia no quedó excluida en su primera gira española.


Probando sonido

La de Pixies fue una de esas visitas inusuales pero necesarias. Me explico. Durante aquellos años, por  Arena Auditorium y su sala anexa, Garage, pasaron docenas de artistas imprescindibles. Muchos de ellos llegaron estando ya consagrados. Pixies, en cambio, vinieron cuando su reputación se aproximaba a su punto álgido, y todo hacía presagiar que lo suyo no iba a ser algo pasajero. Una fracción de ese proceso de culminación tuvo lugar en una sala de la calle Emilio Baró.

A mí me apasionaban desde que escuché C’mon pilgrim dejándome llevar por las reseñas del New Musical Express. Fue uno de esos casos de flechazo inmediato que pasó a ser un amor eterno con la edición de Surfer Rosa en la Semana Santa de 1988. En cuanto supe que venían a Valencia solicité una entrevista a Dro, la independiente que publicaba sus discos en España. Venían a presentar su tercer disco, Doolittle, el que les convirtió definitivamente en la mezcla de rock ruidoso y pop que inspiraría, entre otros, a Kurt Cobain.

Llegó el día P y se me convocó en Garage para hablar con ellos. Esperé en la sala mientras cumplían con la prueba de sonido; Joey Santiago –guitarra- estaba tumbado sobre varias sillas, mirando al techo, como hipnotizado, mientras sus compañeros probaban sus instrumentos. Black Francis, el jefe del grupo gritaba shit, shit para asegurarse de que el micrófono estaba bien ecualizado. Formaba parte de la puesta en escena de un personaje que, ahora estoy convencido, entonces ya era consciente de estar haciendo historia en la cultura pop. Kim Deal –bajista- se comportaba con esa mezcla entre asombro, inocencia y pasotismo que la ha caracterizado siempre; David Lovering –batería- tenía aspecto de no pertenecer a aquella pandilla de weirdos excepto cuando se sentaba a tocar.

El vello de punta y la carne de gallina

La entrevista  -tonto de mí si esperaba otra cosa- fue solo con Francis. Fuera del escenario era un tipo correcto y amable, el opuesto del jovenzuelo que en escena se desgañitaba, extasiado cantando letras de sexo y violencia emparentadas con en el Viejo Testamento y el mundo tenebrosamente onírico de David Lynch. Francis se esforzaba por poner distancia entre él y todos los lugares comunes que la prensa internacional había ido fomentando sobre el grupo.

Hablaba en una graciosa mezcla de inglés y español aprendido durante una estancia en Puerto Rico. Tenía aspecto de niño empollón que ha decidido echar a perder un brillante futuro dedicándose a hacer lo incorrecto. Un chico regordete y travieso que, a la mínima, se lanzaba a hablar español con un acento recordaba a los doblajes de los dibujos animados de los años sesenta.

En un spanglish que podría haber pasado por una charla entre Don Gato y el oficial Matute, quiso saber más sobre la expresión “carne de gallina” y disfrutó al descubrir que la frase tenía un equivalente: “poner el vello de punta”. No dudó en incluirla en su discurso, mientras contestaba a la pregunta de qué le parecía estar en uno de los grupos más adorados del planeta.

“Como es mi primera experiencia en esto, doy por sentado que es normal que las revistas le den cinco estrella a tu disco”, declaraba no sin cierta ironía. “Pero cuando estoy grabando cono Joey, Kim y David nunca pensamos en ese tipo de asuntos. Solo volvemos a cuando teníamos 10 u 11 años, a cuando éramos naivettes escuchando canciones con los amigos y haciendo yeah yeah yeah, sacudiendo la cabeza, sin analizar nada, solo sintiendo la música. Cuando Pixies hacemos música solo queremos eso, poner el vello de punta”.


"Lo que hacemos es pop"

Durante la charla hizo hincapié en que, por encima de cualquier otra cosa, hacían pop. De acuerdo, tenían un sonido salvaje, pero también estribillos y melodías bien construidas. Negaba constantemente cualquier intención intelectual en su música, porque lo único que querían era que la gente pasara un buen rato con canciones concisas y directas. Sonaban peligrosos pero en eso el líder también disentía. “El rock ya no es subversivo. Hasta el fútbol es más subversivo que el rock. Esto consiste en que un grupo da un concierto y una serie de personas paga para verles. Eso es todo. No hay ningún peligro en eso”.

Después de la entrevista, el grupo al completo subió al ático de Arena y se dejó fotografiar por el entrevistador. Accedieron a hacerlo encantados e incluso extrañados por el interés que generaba su presencia. En apariencia el grupo se llevaba bien, pero las grietas en la relación entre Francis y la bajista Kim Deal, eran ya un hecho. Eso no impidió que esa noche dieran un concierto memorable, histórico, que dejó las paredes de Garage empañadas de vaho. No sé cuántas personas los verían aquella noche –soy un desastre para los cálculos de cualquier tipo- pero el aforo estaba completo.

Los que estábamos allí saltamos con tanto entusiasmo que creo recordar que hubo un momento en el que alguien temió que el suelo la sala Garage –que ocupaba un primer piso- pudiera hundirse. Volverían a Valencia 15 meses después, actuando ya en Arena, convertidos en un grupo estelar cuyo declive comenzaba. Pero la noche del 2 de junio de 1989, Valencia conectó durante unas horas con un grupo, salvaje y lleno de adrenalina como podía serlo a veces las noches de la propia ciudad, que en esos mismos instantes estaba cambiando la música pop.

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