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El feminismo de las gallinas

9/12/2021 - 

Imaginemos un grupo de whatsapp llamado Amigotes. Si tiramos de clichés (que siempre tienen tan mala intención como parte de realidad) podemos imaginar que estará lleno de memes con chicas tetudas, alusiones a la “parienta”, a las ganas de follarse a la hermana de la “parienta”, vaciladas sobre el tamaño del pene propio y bromas agresivas de tanto en tanto sobre alguno de los miembros más débiles, en muchas ocasiones sobre la abertura de su culo. Entre muchos jajajaja, claro, que sirven de pegamento social del grupo. Y es que el mundo masculino tiene unas formas de relacionarse estandarizadas bastante cutres que tienen que ver con el interés por mostrar la “virilidad”, lo que consiste básicamente en conectar con los otros desde cierto machismo, homofobia e insensibilidad.

Recuerdo que hace unos meses pasé unos días de vacaciones con el amigo de un amigo. Era un chaval simpático y desde el primer momento se esforzó por acercarse a mí: ¡Mira qué culo!, me decía cuando pasaba una chica por la calle y me sonreía con tierna complicidad. ¡Otro mensaje de mi novia! Qué pesadas son las tías, ¿verdad?, me soltaba buscando mi asentimiento. Y lo peor es que en un momento de la conversación soltó un: ¡A ver si vas a ser maricón! 

Y comenzó a reír.

Sé que esa persona no es homófoba y probablemente le alegró el mensaje de su novia. Pero eso no importa. Este tipo de actitudes y bromas forman parte de los protocolos estándar para relacionarse entre hombres. Algo así como hablar del tiempo en el ascensor constituye el protocolo de relación entre vecinos... Yo notaba que el chico solo quería acercarse a mí, caerme bien, y les juro que valoraba su esfuerzo. Pero supongo que los tiempos han cambiado y me daba tanta pereza él como pensar que en su mundo esos comentarios eran habituales y sacaban sonrisas de aprobación y réplicas solidarias.

No conozco el mundo íntimo femenino, supongo que también tendrá sus ridiculeces (y no es a mí a quien corresponde denunciarlas), pero el mundo masculino tradicional es casposo. Pensemos en Bertín Osborne como ejemplo del macho simpático. En Rafa Mora, por buscar ejemplos más jóvenes. Y ahora pensemos en qué ocurriría si una mujer, una sola, fuera admitida en el grupo de whatsapp Amigotes. Instantáneamente las fotos de tetonas, las alusiones sexuales a mujeres, la bravuconería y los comentarios sobre el tamaño de los penes disminuirían drásticamente. Porque la mirada femenina cambia todas las inercias masculinas. 

Así que alabada sea la mirada femenina.

Recuerdo el sketch de un late night americano en el que varios invitados cenaban en una mesa redonda. Uno de ellos era Jon Snow, el protagonista de Juego de tronos. Mientras el resto hablaba normal, él se expresaba con la gravedad, la intensidad y el tono dramático que utilizaba en la serie. El contraste era hilarante. Nunca me había dado cuenta de que los protagonistas de la serie de HBO hablaban de una forma tan teatral. Durante los capítulos todo parecía normal pero solo tenías que verlo 10 segundos participando en una conversación “natural” para descubrir lo artificioso (y ridículo) de su forma de expresarse.

Pues algo similar ha ocurrido en las batallas de gallos, por poner un ejemplo de cómo la presencia femenina en ámbitos donde antes eran marginadas cambia las dinámicas masculinas al ponerlas en evidencia. 

Las batallas de gallos han sido tradicionalmente competiciones de raperos (hombres) que se comportaban tal cual lo hacen en los ambientes masculinos. Esto es: fanfarronería, faltadas y cierta violencia en el trato (no piensen que son débiles: “nenazas”), bromas homófobas o sexuales o machistas que de alguna forma sirven para reforzar los lazos solidarios del grupo, etc. 

Personalmente creo que la entrada de raperas a las batallas de gallos está siendo todo un acontecimiento sociológicamente revolucionario. Un freestyler podía insultar a otro diciendo que le gustaba que le dieran por culo, clásico cliché entre hombretones. Y algunos raperos homosexuales o bisexuales como Arkano podían afearles el comentario (valga el famoso beso de Arkano a su rival tras insultarlo de forma homófoba) pero a la hora de la verdad todo quedaba entre hombres y el trato no cambiaba mucho. Pero, ¿qué ocurre cuando se cuelan en el corral algunas raperas como Erika2Santos, Sara Socas, o Marithea? Ocurre que todo el lenguaje masculino se vuelve frágil y risible con su sola presencia. Que ellas, para humillarlos, no tienen más que repetir sus bravuconadas parodiando el tono. Si un rapero le dice a su contrincante femenina que se lo va a explicar en la cama, ella solo tiene que responder ¿que me lo vas a explicar en la cama? para que la vacilada pierda efecto, porque por suerte ya no estamos en los años del destape. Si un rapero hace alusión a los defectos físicos de una rapera, el insulto deja instantáneamente de ser gracioso porque entre hombres es habitual insultarse pero no lo es meterse con los defectos físicos de las mujeres en su cara. En realidad, las raperas solo deben dejar que ellos digan sus tonterías de uso entre machos: vaciladas sobre el pene, sobre sus culos incorruptos, sobre felaciones... para que ellos mismos se marquen el gol en propia puerta. Como en el taekwoondo, utilizan la fuerza de su enemigo para tumbarlo. Los dejan hablar y ellos ponen en evidencia lo rancios y teatrales (el teatro de la virilidad y la testosterona) que son los mundos muy masculinizados. 

Y todo esto es importantísimo.

Manifestación feminista en Madrid. Foto: Isabel Infantes (EP)

Valga este ejemplo que últimamente me llama mucho la atención, pero hay mil. Otro muy interesante podría ser cómo la entrada masiva de las escritoras está cambiando el panorama literario. Tanto en la temática como en los detalles, vistos desde la mirada de las mujeres. Decía Marta Barrio en la presentación de su novela Leña menuda (premio Tusquets 2021), una novela sobre el embarazo y el aborto, que está harta de que algunos temas se consideren femeninos y apenas se hable de ellos. Llevo toda la vida leyendo sobre la crisis de mediana edad de muchos escritores hombres y no ha pasado nada, dijo. 

Recordé el comentario de un conocido, unos días antes, diciendo que los hombres no leen a las escritoras porque ellas solo hablan de cosas de chicas que no nos interesan.

¿En serio a los hombres no nos incumben el embarazo o el aborto? ¿Pero sí nos incumbe una guerra en Vietnam o lo que le pasara a los vaqueros americanos del siglo XIX?

Sinceramente, ese conocido es un verdadero gilipollas. Supongo que pasa sus veranos persiguiendo suecas junto a Fernando Esteso

Las cosas están cambiando. Poco a poco, porque los cambios verdaderos ocurren poco a poco. Pero gracias a todas las Sara Socas, los hombres empiezan a entender que su forma de relacionarse es cutre y anacrónica. Estamos en el siglo XXI aunque los Abascales de turno intenten que no se note. 

Me gustaría acabar con una anécdota muy elocuente que explica los grandes cambios que produce la entrada de las mujeres en ciertos ámbitos, en este caso el empresarial. Me lo contó una amiga hace algunos años. Un compañero de su empresa se puso enfermo la misma tarde en que debía recibir a un grupo de clientes japoneses y nadie podía sustituirlo, así que fue ella la encargada de recibirlos y llevarlos a cenar. Durante la cena notó que algo extraño pasaba porque la miraban y cuchicheaban entre ellos. Al final uno de los japoneses se acercó. ¿No va a venir ningún compañero de trabajo hombre? Ella dijo que no. El portavoz se giró al resto, que lo miraban expectantes. Tras unos segundos de duda preguntó a mi amiga: ¿Entonces nos vas a llevar tú al puticlub?

Esta historia es real y de nuevo muestra la mecánica de ciertos ambientes que explican por qué las mujeres no suelen ascender en el mundo empresarial. No tiene que ver con la valía sino con las dinámicas masculinas con las que debemos romper para alcanzar la igualdad real. Dinámicas como cerrar tratos rodeados de prostitutas. Como alardear de que te follas a la becaria. Como tantas ridiculeces que, por suerte, se están acabando desde que las gallinas han entrado en el corral de los gallos que, seamos sinceros, ya olía a naftalina y caspa. 

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