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la opinión publicada / OPINIÓN

El más listo de la clase del coronavirus

17/10/2020 - 

Los más jóvenes del lugar tal vez no lo recuerden, pero hubo un periodo, anterior a 2008, en que el trayecto de la selección española de fútbol en una competición internacional era perfectamente previsible. La prensa jugaba con la "maldición" de los cuartos de final, porque España nunca lograba superar ese cruce; pero en realidad la "maldición" sólo tenía lugar en las ocasiones en las que la selección hacía un buen Mundial o Eurocopa y lograba llegar tan lejos, que no era ni mucho menos lo habitual.

Pese a los antecedentes, la prensa, ante cada nueva cita, siempre encontraba motivos para la ilusión. ¿Por qué no va a ser posible esta vez? ¡No somos inferiores a nadie! ¡Tenemos la mejor Liga del mundo! Siempre se puede soñar, y para dotar de credibilidad al sueño la selección siempre aportaba algún banderín de enganche, un jugador o conjunto de jugadores que encarnaban las aspiraciones de la selección, la utopía de ir más allá de los cuartos de final.

Pues bien: durante el período inmediatamente anterior a la edad de oro de la selección española (2008-2012), dicho banderín de enganche fue Raúl González Blanco, delantero del Real Madrid y titular indiscutible en la selección durante el periodo 1998-2006, con recordado éxito: primera fase en el Mundial 1998, cuartos de final en la Eurocopa 2000, cuartos de final en el Mundial 2002, primera fase en la Eurocopa 2004, octavos de final en el Mundial 2006. Tras dicho Mundial, el entrenador, Luis Aragonés, decidió dejar a Raúl fuera de la Eurocopa 2008, en una decisión entonces muy polémica, pues muchos periodistas auguraron que el míster, sin Raúl, se iba a estrellar (es difícil saber qué significa "estrellarse" cuando lo habitual es quedarte en primera fase, octavos o como mucho en cuartos de final, pero bueno...).

En ese recorrido de Raúl con la selección puede verse claramente que el mejor momento, el summum, fue el periodo 2000-2002 (¡dos veces seguidas en cuartos de final!), y sobre todo 2002, el Mundial de Corea y Japón. En dicho Mundial, la selección no sólo alcanzó la mítica barrera (en la que fue heroicamente eliminada por Corea del Sur en la tanda de penalties), sino que también fue la consagración de Raúl a ojos de los aficionados, por su capacidad de liderazgo y porque, en otra conjunción planetaria, 2002 fue la primera ocasión en que una televisión privada (Antena 3) se encargó de retransmitir en España los partidos de un Mundial. Y ello nos condujo a un nuevo escenario de forofismo patriotero que emanaba del discurso de los comentaristas, a años luz de la sobriedad (que muchos veían aburrida) de José Ángel de la Casa y TVE.  Para la historia quedó el mote que, en un momento de particular efervescencia, le puso el comentarista a Raúl: "el más listo de la clase" (en un momento en el que Raúl caracoleaba insustancialmente en el centro del campo). El que está por encima de los demás, el mejor; el mencionado banderín de enganche. Y luego, ya saben: como mucho, cuartos de final.

Pues bien: aquí llegamos, por fin, al sorprendente giro argumental de esta columna, en el que se compara a Raúl y sus dotes futbolísticas con el desempeño de España en la crisis del coronavirus. También en España hubo comentarios triunfalistas por doquier antes de la primera ola de la pandemia (la peor de Europa) y cuando la primera ola de la pandemia comenzó a remitir. También los hubo cuando comenzó la desescalada y cuando ésta dio lugar a la segunda ola de la pandemia (la peor de Europa, por ahora), en la que, según los expertos gubernamentales, estamos en el punto álgido. Eso constituiría, indudablemente, una buena noticia, porque es mejor llegar a la cima alguna vez, aunque luego el descenso sea lento y penoso. Pero está claro que no aprendemos.

Terrazas en València tras el desconfinamiento. Foto: KIKE TABERNER

Es increíble que la primera ola de la pandemia, que golpeó con enorme dureza a España, no diera paso a medidas mucho más prudentes que las que se han tomado después, tanto en la apresurada desescalada de "hay que abrir los bares y que venga el turismo" como en la surrealista convivencia de una segunda ola que no tiene visos de remitir, y que ya ha alcanzado cotas más que preocupantes, con el mismo énfasis en la restauración y los mismos discursos sobre "salvar la economía". Donde, cuando hablamos de "economía", siempre estamos hablando de bares, ocio nocturno y turismo, y nunca de otros sectores productivos a los que acabará afectando también el descontrol de la pandemia (véase, de nuevo, la peculiar dicotomía que se da en España entre cerrar bares o restaurantes y cerrar colegios o universidades). Increíble, pero consecuente con cómo se están llevando las cosas hasta la fecha, con cifras sensiblemente peores que países europeos donde se están adoptando medidas mucho más restrictivas para contener la pandemia que aquí y con la Comunidad de Madrid como núcleo irradiador de la irresponsabilidad y el discurso trumpista de hacer lo que les venga en gana, indignándose por cosas como el que Gobierno restrinja la movilidad para proteger a los ciudadanos del resto de España... ¡como si pintáramos algo!

Otros países que también se creían los más listos de la clase (Suecia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, y un largo etcétera) también se han dado de bruces con la realidad de un virus extremadamente contagioso y difícil de controlar, cuyas peores consecuencias, además, se dan semanas y a veces meses después de propagarse. Pero es difícil encontrar un país cuyo máximo dirigente no defienda el terraplanismo vírico (que el virus no existe o no es tan grave), estilo Trump y Bolsonaro, y que, así y todo, la situación se descontrole. Porque, al menos, los otros países citados decidieron no adoptar medidas o siguieron otra estrategia hasta que -en algunos casos, como Suecia y Gran Bretaña- no tuvieron otra alternativa que rectificar. Pero España es el único en el que el discurso oficial siempre ha reconocido la gravedad del virus, pero las medidas adoptadas para contenerlo no han ido en la misma línea (no en todas partes, por supuesto, y siempre teniendo en cuenta la visibilidad desmesurada del núcleo irradiador madrileño para aportarnos una visión de conjunto sesgada). Y esto ha ocurrido ya varias veces, además, sin que aprendamos de nuestros errores, o como mucho aprendamos tarde y mal. Todo ello, a las puertas del invierno. 

Desde luego, visto lo visto, yo firmaría cuartos de final.

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