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El pluralismo en juego (1): el insolidario centralismo del Botánico

12/04/2019 - 

No, el mal que debe preocuparnos nunca vino de Almansa. De Almansa venía, si acaso, la voluntad de racionalizar una administración estatal prácticamente inexistente hasta entonces. O la reaccionaria decisión de oponerse a ella, en defensa de un entramado de fueros que daban cobertura a múltiples oligarquías locales y bloqueaban cualquier asomo de administración eficaz. Un entramado condenado a venirse abajo con los vientos del progreso, los que trajeron consigo ciudadanos libres e iguales.

Este progreso, defenestrado el feudalismo, pasaba por los Estados-nación democráticos. O, por decirlo con Acemoglu y Robinson, por profundizar en las ‘instituciones inclusivas’: las que, por un lado, centralizan el poder, mediante un centro neurálgico desde el que tomar decisiones que rijan en un territorio dado. Por otro, allanan el pluralismo, es decir, la distribución equitativa de los derechos civiles, políticos y sociales, que son los que garantizan la competencia científica, política y económica. Esto es: el espíritu crítico, la deliberación y la rendición de cuentas democrática y, finalmente, la innovación y la productividad. De otro modo, los países están condenados a fracasar.

Nuestros clásicos advirtieron que la desunión de las élites políticas abría la puerta a la erosión del gobierno y a posibles guerras intestinas, al caos político. Por eso, quienes se preocuparon por la paz social y la seguridad jurídica, teorizaron sobre la detentación incontestada, en monopolio, del poder ejecutivo o violencia legítima. No cabe entender los Decretos de Nueva Planta fuera de esta lógica de centralización y racionalización política que comenzó mucho antes de 1707, con la Monarquía mercantilista, y que siguió durante el XIX, con aranceles protegiendo sectores internos (como el textil catalán) de las importaciones (de Inglaterra) para impulsar la productividad nacional a costa de hacernos comprar más caro. El Estado ampliaba sus funciones, requería una burocracia, necesitaba tributos que debía recaudar, debía ejecutar las leyes, etc.

Más complicada fue, por norma general, la apertura pluralista. Ésta suponía un proceso de equidistribución de derechos y libertades que no pusiera en riesgo las labores del ejecutivo central. Tras el absolutismo llegó la monarquía constitucional y, finalmente, la constitucionalización democrática del poder político, obligado hoy a acatar (y ejecutar) la ley emergida del parlamento. La Pepa de 1812 podría valernos como referencia. Aunque más en el recuerdo queda 1978: nuestra Constitución puso bridas al poder arbitrario y restauró, tras 40 años de dictadura (centralización sin pluralismo), la democracia más profunda que hemos tenido.

¿Qué duda cabe de que el franquismo fue principalmente un repliegue, una reacción de élites que veían amenazado su poder ante el avance del pluralismo democrático? Y, salvando las distancias, hay quien hoy concibe a Vox como reacción de una clase media que no se adapta a la “tensión de la civilización”; pero, sobre todo, como reacción de unas élites perdedoras en una sociedad cada vez más abierta, más globalizada, y por tanto, ay, también más competitiva: empresarios, consumidos por la competencia exterior, que piden recuperar soberanía frente a Europa y bajadas de impuestos; cazadores y trabajadores de una España que se concentra en ciudades globales y se vacía en su interior; e incluso los sospechosos habituales, como sectores del ejército o de la propia Iglesia católica, poderosos sectores menguantes.

De acuerdo. Pero lo que sorprende de muchos de los críticos de Vox es el silencio que han guardado durante décadas, y que siguen manteniendo, ante el atrincheramiento de nuestros nacionalismos periféricos por salvaguardar sus prebendas frente a la común ciudadanía española, definida por nuestra igualdad ante la ley. Una postura cerril que dura décadas y que, en buena medida, precede y explica el fenómeno VOX como reacción.

Esto se debe a la nefasta conceptualización de ‘pluralismo’ y de ‘centralización’ que hemos manejado, sobre todo desde la izquierda. Para muchos el pluralismo y el centralismo son términos antagónicos: no entienden que, si el poder de ejecutar la ley estuviera distribuido entre todos, entonces regiría de facto la ley del más fuerte y no habría pluralismo posible. ¿A qué se debe la confusión?

En primer lugar, fue absurdo asociar al franquismo (el mal) con el centralismo (una de sus características, la que simplemente lo definía como poder efectivo e incontestado), en lugar de con la falta de pluralismo, es decir, con las restricciones arbitrarias a las iguales oportunidades de acceso a los recursos. Primer tanto que marcaron los nacionalistas.

De ahí se deriva, en segundo lugar, una connotación negativa de la centralización del poder. Ignoran que Francia (centralista) no es menos democrática que Alemania (federal). Pero sobre todo ignoran que la lógica federal requiere lealtad a la federación y que siempre es centrípeta: los EEUU formaron un país desde las 13 colonias de origen (“de pluribus unum”); y Europa avanza “hacia una Unión cada vez más estrecha” a base de ceder competencias nacionales “hacia arriba” (y ojalá cedieran competencias fiscales y financieras, para impedir que Irlanda o Luxemburgo sirvan internacionalmente al blanqueo o a la elusión fiscal). Por el contrario, lo que impone una dinámica centrífuga que puede hacer implosionar a un Estado es la lógica inversa, la confederal, donde entes territoriales con desiguales competencias, que apenas comparten una dirección política común, compiten por los recursos y el liderazgo de la confederación. Hacia aquí camina España. De ahí propuestas como la doble capitalidad Madrid-Barcelona: una bicefalia, difícilmente funcional, por donde sangrarían más heridas.

Pero todo esto nunca habría ocurrido si no hubieran logrado que el pluralismo, un concepto referido a las libertades individuales, hoy aluda obscenamente a unas supuestas identidades nacionales (plurales entre ellas, homogéneas en su interior) a las cuales se les debería (¿en compensación a quién y por qué?) una suerte de libertad colectiva. El colectivo aplastando al individuo. Este mal llamado ‘pluralismo’, lejos de empastar con la ‘centralización’ del poder, se opone a ella en tanto sirve a las élites políticas nacionalistas para exigir una parcela propia de la soberanía originaria (por anterior, nunca por esencial). Es decir, en nombre del pluralismo, amenazan un poder democrático legítimo (pluralista) para hacerse con su propio poder centralizado e intentar dirigir sin restricciones el destino de unos ciudadanos a los que no quieren libres y diversos sino idénticos, gregarios, componentes intercambiables del conjunto social orgánico, de una nación que ellos representan y para la cual lograrán –prometen- el derecho a ser un Estado. Su pluralismo es una nueva -más férrea, iliberal e insolidaria- centralización.

Pero han ido imponiendo en el foro público su marco mental absolutamente desquiciado, que invierte las categorías de izquierda y derecha. Un marco que aquí abandera el pacto del Botánico: “És moment d’una política de poble i no de partit, que faça bandera del diàleg, la pluralitat, la participació i la visió de llarg termini”. Su discurso reaccionario antepone la identidad que nos diferencia a la igualdad; rehúye la lógica centrípeta de la integración política española y europea (lo que exigiría coordinar políticas nacionales –como la de trasplantes, nuestro mayor éxito-, armonizar derechos, impuestos y estándares de todo tipo entre ciudadanos europeos) para, en su lugar, emprender un “avance en el autogobierno, gestionando el reparto competencial desde una perspectiva valenciana”. Caminan hacia una construcción nacional catalanista para vendernos, dado el miedo en época convulsa, la falsa seguridad de un pancatalanismo proteccionista, cerrado, atravesado por ideas tan poco solidarias como la “Europa de los pueblos”, hoy liderada por VOX y sus socios de ultraderecha. Unidos todos en rancia insolidaridad nacionalista.

El artículo 3 de los estatutos del Bloc, partido mayoritario de Compromís, destaca entre sus objetivos: “a) L'assoliment de la plena sobirania nacional del poble valencià i la seua plasmació legal mitjançant una Constitució valenciana que contemple la possibilitat d'una associació política amb els països amb els quals compartim una mateixa llengua, cultura i història. i) La defensa dels interessos del poble valencià. j) L'assoliment de la plena normalitat del valencià en tots els àmbits de la vida de les persones. l) La participació en una Europa dels pobles, unida, federal, democràtica i plural.” En 2014, bajo el epígrafe de la Europa dels Pobles, Compromís prometía impulsar el compromiso con el reconocimiento de nuevos Estados miembros que resulten de procesos democráticos y de autodeterminación en los Estados miembros actuales, con garantía de ciudadanía europea para las personas afectadas”.

Con lengua de trapo y pleno desprecio por los conceptos, pretenden hacernos comulgar con una incompatibilidad manifiesta: la soberanía del pueblo valenciano y una Europa unida. Esta contradicción, legado de la alianza antinatura del nacionalismo con la izquierda, insulta nuestra inteligencia. ¿A qué se limitaría la solidaridad (la transferencia de rentas) en unos Països Catalans independientes? Al 1% de su PIB, que es lo que transfiere cada Estado miembro para componer el Presupuesto Europeo. Comprendido esto calibraremos mejor el objetivo de propuestas como las de Compromís en las elecciones autonómicas de 2015, cuando afirmaba “la idea del País Valenciano como espacio vivencial dotado de una entidad plena”. ¡Espacio vivencial! ¿Les suena? Pretendían fortalecer el imaginario valenciano mediante la “Creación del Memorial Democrático Valenciano”; y quedó claro que venían a avivar el resentimiento contra “Madrid” (así se refieren al Gobierno central y a España), aludiendo a una lista clásica de agravios del catalanismo: desde la reivindicación de los “papeles de Salamanca” hasta la reclamación de una “deuda histórica” del Estado con nuestra Comunidad, pasando por la denominación de “sucursalistas” al PSPV, al PP o a Ciudadanos. Así comienza la patrimonialización nacionalista de lo público: ellos son los auténticos representantes valencianos; los demás están de prestado. ¿Pluralismo?

Mikel Arteta es doctor en Filosofía Política. 

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