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MINORÍA ABSOLUTA   / OPINIÓN

El poder de la seducción

27/01/2022 - 

Ya no basta con hacer las cosas bien, hay que gustar. La importancia de la apariencia se ha extendido a tantos ámbitos que ya define a nuestra sociedad. 

En este deseo de agradar no hay nada mejor que el arte de la seducción. La seducción está omnipresente. Está en la publicidad, en las redes sociales, en la economía y, por supuesto, en la política…un deseo histórico que, con la inmediatez de lo digital y la primacía de lo audiovisual, nos conduce a la dictadura de los likes. El nivel de halago y aceptación de los demás condiciona nuestro éxito. 

En este contexto, la seducción se ha instalado como la estrategia más eficaz para llegar al votante o al consumidor. El arte de embaucar ha sustituido al imperativo. Ya no se trata de ordenar o imponer sino de gustar. 

Gilles Lipovetsky lo califica de donjuanismo consumista. El filósofo y sociólogo francés habla del capitalismo de la seducción y la industrialización de la apariencia que nos han traído nuevas estrategias de captación para incitar al consumo o cambiar comportamientos a través de la seducción porque esto va de gustar y emocionar. 

Una necesidad de atraer a los demás que también ha cambiado las formas de mando. Es el llamado poder blando que usa la persuasión en vez de la obligación y lo hace a través de valores culturales o sociales para modificar la percepción de terceros. Es la nueva forma de ejercer el poder sin estridencias. El buenismo frente al liderazgo férreo. 

Y para ejercer este poder blando son indispensables los valores soft, trabajar los intangibles para proyectar imágenes más amables, que emocionen. Todo suma para seducir e intentar influir en el comportamiento de los otros, pero, sobre todo, para sentir la autocomplacencia de atraer

En este mundo de apariencias se enmarca la política de comunicación de la Moncloa que sigue alimentándonos con posados de papel cuché. Una tendencia a la sobreexposición para rentabilizar su físico que pervive más allá de Iván Redondo

Las imágenes de Pedro Sánchez al teléfono intentando proyectar un perfil de interlocutor internacional ante la crisis de Ucrania podría haber sido una buena estrategia de postureo sino fuera porque la propia realidad le estropeó el reportaje. Después del envío de estas fotos, Biden convocó una reunión con los aliados europeos para abordar la situación prebélica, pero dejó fuera a Sánchez de la videoconferencia con los principales mandatarios. 

Un desplante diplomático aderezado con la sorna de los memes y demás publicaciones de Sánchez al teléfono que han inundado las redes sociales y los medios ridiculizandole y, lo que es peor, alimentando en el ideario colectivo una

imagen de superficialidad y “guapura” más cercana a la vanidad que al liderazgo. 

Y es que son los intangibles los que te construyen o te destruyen la imagen pública. Valores inmateriales, percepciones que cimentan cómo te perciben, qué lugar ocupas en la mente de los ciudadanos. En marketing se trabajan los insights, propuestas de valor que consiguen que pensemos en la seguridad de Volvo, la felicidad de Coca-cola o la exclusividad de Apple. 

Además, cuando nos llama la atención un rasgo positivo de alguien solemos generalizarlo a toda la persona. Así, aunque no tenga sentido, tendemos a pensar que una persona atractiva es más inteligente y generosa que otro menos agraciado. 

Por eso a Sánchez le gusta jugarlo, aunque esta vez no haya conseguido su propósito. Pero no duden que tendrá más ocasiones. En un año y medio ostentará la presidencia de turno de la UE, una oportunidad para acaparar muchos más focos y proyectar su mejor perfil. Sánchez quiere acabar la legislatura por todo lo alto, apuntalando su imagen para conquistar a los electores, y es que a nadie nos gustan las despedidas. 

Hoy me toca a mí. Por razones profesionales haré un paréntesis temporal y quería despedirme agradeciendo la oportunidad de tener esta columna para expresar mis opiniones y, sobre todo, a todos los lectores que han dedicado su tiempo a leerlas. Hasta pronto!

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