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El punk no ha muerto… se ha hecho mayor

Durante un lustro, a principios de los 80, grupos de jóvenes con tantas ganas de hacer música como escasa habilidad para los instrumentos vieron en el punk una vía de escape mientras se consolidaba la Transición. Aunque parezca increíble, la mayoría de ellos vivió para contarlo... tres décadas después

26/11/2016 - 

VALENCIA.Cuando el punk se desató en Inglaterra, España andaba sumida en un cambio político crucial. Mientras Franco se moría, en Londres surgía una generación que se rebelaba ante un futuro incierto. Mientras Adolfo Suárez era nombrado presidente por un gabinete procedente del régimen franquista, los Sex Pistols escandalizaban a Inglaterra. En el verano de 1977, mientras Adolfo Suárez era reelegido presidente, ahora a través de las urnas, el jubileo de plata de Isabel II quedaba marcado

por docenas de grupos expresando su rabia entre escupitajos y cerveza. España no necesitaba el punk en 1977, bastante tenía con poder permitirse la canción protesta, por eso casos como los de La Banda Trapera del Río, Kaka De Luxe y Ramoncín no fueron más que el prólogo de un cambio que cristalizaría poco después, antes de que terminara la década de 1970. Llegado ese momento, el punk se instaló en España, a su manera, pero sin ambages. Siniestro Total popularizó el género en castellano y el rock radikal vasco lo adaptó a un discurso social y político concreto.

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En Valencia todo sucedió de otra manera. Las primeras bandas punk surgieron en 1981. Previamente, La Morgue había jugado con esa estética, pero su música era más pop. Entonces apareció Interterror, grupo compuesto por cuatro chavales que provenían del caldo de cultivo que acabó dando forma al punk en Valencia: las pandillas. O la basca, como dice su fundador, Xavi García Boix. «Ibas por Tascas [zona de ocio situada entre el viejo cauce y la Xeu] y veías a gente con pelos de punta y cazadoras de cuero y te dabas cuenta de que no estabas solo». Le llamaban el Enano Infiltrado por ser un crío que se codeaba con gente más mayor, pero montó Interterror, hoy recuperados por Discos Gnomo, con otros chicos de su edad.

El batería del cuarteto, Víctor Royo —alias Víctor Acnex—, pertenecía a ese batiburrillo de tribus urbanas. «En cada una de esas agrupaciones había gente que quería tocar en un grupo, todos eran malísimos pero estaba bien porque la descarga de adrenalina era una sensación indescriptible tanto para los músicos como para el público. Todo era muy anárquico». El Carmen, hasta entonces terreno abonado para todo lo que fuese alternativo en la ciudad, se quedó viejo para esta nueva hornada musical. Demasiados hippies, demasiada querencia por Pink Floyd.

(Lea el artículo completo en el número de julio de Plaza)

Por aquel entonces, José Manuel Casañ vivía en Benetússer. Trabajaba con su padre a la par que transformaba la desazón de la adolescencia en rebeldía. «Por la noche era panadero y por el día, punk», recuerda quien terminó convirtiéndose en el líder de Seguridad Social. «Si no hubiese sido por la libertad que inspiraba el punk, jamás me hubiese atrevido a montar un grupo. En mi familia no había antecedentes musicales, aunque de pequeño había cantado en un coro infantil y hecho de Judas en una versión del colegio de Jesucristo Superstar». Los primeros síntomas de aquello que acabó siendo llamado Movida empezaban a contagiar a otras ciudades. La Valencia en la que operaría Casañ no fue una excepción.

Sobre qué es la música punk se puede debatir largo y tendido, pero es innegable que sirvió para que miles de jóvenes frustrados se atrevieran a coger un instrumento sin saber tocarlo.  «El mensaje era el objetivo primordial», recalca Xavi García, autor de canciones de Interterror como Generación negativa, Inadaptado social o Suicídate. «El momento político y social que vivíamos era confuso —explica—, no se sabía muy bien hacia dónde íbamos. Nos estaban vendiendo una panacea que en realidad era una trampa. Las críticas iban en todas direcciones. Las canciones nos permitieron cagarnos en todo con total impunidad». Casañ también apuraba las posibilidades que le ofrecía componer y cantar en su grupo. Menos politizados y más lúdicos, pero igualmente contundentes, Seguridad Social no dejaban títere con cabeza. «Éramos francotiradores, nadie sabía muy bien qué pensar de nosotros porque en realidad éramos unos cabrones que querían incordiar y molestar. A todo el mundo».

Semejante actitud, coronada por una imagen que incluía pelos de punta, cuero, pinchos y botas Doc Martens no contribuía a que los jóvenes punks valencianos fueran populares entre sus vecinos. Casañ recuerda cómo, caminando un día con Víctor Acnex por Benetússer, la gente les echó monedas desde los balcones. Tampoco tenían fácil encontrar dónde ensayar. Un local en Campanar se convirtió en cuartel general de Interterror. Poco después pasarían por allí Seguridad Social y otros grupos que iban incrementando la escena punk local, como Generación 77, KK For You o, ya a mediados de los ochenta, Las Terribles. Los punks estaban enemistados con los mods y los rockers, pero lo que en otra ciudad se traducía en peleas violentas, aquí no pasó de alguna escaramuza porque, tal y como afirman Casañ, García y Royo, la escena musical de la ciudad era reducida y al final, todas sus tribus estaban condenadas a encontrarse en bares y salas de conciertos. «Simplemente, de tanto verte las caras surgían afinidades entre unos y otros», comenta Royo.

En la Valencia de primeros de los ochenta, el rock no era la opción más popular. Fueron grupos con sintetizadores como Glamour, Vídeo y Betty Troupe los que acabaron llevándose el gato al agua. Eso, de cara al resto del país, le confirió a la ciudad una exagerada reputación como terreno exclusivo del tecnopop. De poco sirvió que los directos de Seguridad Social fuesen arrolladores, con un Casañ que era pura nitroglicerina escénica; o que Interterror elaborasen un repertorio de choque, adelantándose al rock radikal vasco y superando en poderío y solemne rabia a otras bandas del país.



Valencia era una fiesta multicolor, sí, pero era una fiesta que podía terminar de muchas maneras. Lo demostró Seguridad Social en 1985, cuando quedaron finalistas en el Festival de Benidorm, certamen que entonces intentaba despojar a la marca de un cierto sabor a rancio. El grupo arrasó con la habitación del hotel donde se alojaba, la organización le retiró el premio y las multinacionales que lo rondaban huyeron despavoridas.

En esa misma época, Gasolinera, una sala de conciertos del barrio de La Saïdia, ya había tomado el relevo del NCC, local de L’Eixample que entre 1982 y 1983 programó actuaciones de Parálisis Permanente, Siniestro Total, Derribos Arias y Alaska y los Pegamoides, además de dar cabida a los punks de la ciudad. Allí tuvieron lugar conciertos impactantes. «Había sillas plegables y un día que actuábamos allí bajé del escenario y me lié a patadas con ellas y ya no las volvieron a poner más», recuerda Casañ. Gasolinera se consolidó rápidamente como el templo del rock local, dando cabida a actuaciones de todo tipo de bandas.

Isa Blázquez, una adolescente que vivía junto a la sala, descubrió su máquina de marcianitos y se obsesionó con ella. Volvería habitualmente, acompañada de su hermana Mari y un día, viendo a La Resistencia, el grupo que había formado Xavi García tras abandonar Interterror, ambas compartieron una revelación.  «Ese concierto hizo que me crujiera la cabeza y dije: esto es lo que quiero para mí», recuerda Isa acerca del momento en el que decidió montar un grupo con su hermana. Se bautizaron como Las Terribles, que era el mote que les había sacado García, por lo traviesas que eran y porque, en sus primeros momentos, «eran terriblemente malas».

Fue así cómo la presencia femenina en el rock valenciano adquirió otro nivel de visibilidad. Vídeo o Betty Troupe contaban con mujeres en su formación, pero nadie había hecho lo que hicieron Las Terribles. Arropadas por un cambiante elenco de músicos procedentes de bandas como la Resistencia, KK For You o Generación 77, se dieron a  conocer como Las Terribles y la Banda Fantasma. Sus canciones tenían títulos como Tírate por el balcón, Cómeme, Nacidas para gobernar, Tengo ganas de matarte cuando no quieres follarme y la canción con la que contestaban a cualquiera que osara echarles en cara su falta de pericia musical, Terribles ¿por qué? Cuando PiL, el grupo del ex Sex Pistols

John Lydon, actuó en Valencia en octubre de 1986, las Terribles fueron elegidas para actuar en privado para él. «Quería un grupo punk de chicas para después de su concierto y, por eliminación, nos llamaron a nosotras» —recuerda Mari— «Estaba allí sentado, vestido completamente de blanco. No llegamos a conocerle pero tampoco te creas que nos impresionó mucho. Nuestros padres sí que nos felicitaron, pero también nos pidieron que cantásemos cosas más suaves y con algo más de ropa».

En 1986, el punk valenciano empezaba ya a ser historia. Las Terribles tuvieron una oferta discográfica que no aceptaron porque querían imponerles músicos de estudio; a principios de los noventa derivaron hacia un sonido más pop y después dejaron de existir como grupo. La Resistencia grabó El odio y las lágrimas en 1985 para un sello madrileño; se separaron en 1987. Volverían en 2012, para un reunión propiciada por el periodista Eduardo Guillot, que les pidió una canción suya para un documental en el que trabajaba entonces; dos años más tarde el grupo desparecía de nuevo. En 1986, KK For You se convirtió en Cómplices y grabó un álbum. El single Adiós, Lili Marlene de Interterror, publicado originalmente en 1983, fue recientemente reeditado con honores de clásico en formato 7’ picture disc por Gnomo Records, una joya sólo para coleccionistas.

En cuanto a Seguridad Social, en 1991 alcanzó el éxito con un rock de sabor mestizo popularizado por la canción Chiquilla. Actualmente, el punk es un género más que se diluye con otros en el caldero de estilos que conforma el pop actual. No obstante, apuntar a modo de coda que, de manera completamente espontánea, todos los entrevistados coinciden en que la irreverencia y el vitriolo que caracterizaba su música hace tres décadas sería inviable hoy, en estos tiempos de corrección política.

(Este artículo se publicó originalmente en el número de julio de la revista Plaza)

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