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ARQUEOLOGÍA MUSICAL VALENCIANA

El violín de Abel Mus: odiado por unos, evitado por otros y perseguido por los demás

Cuando se cumplen 35 años de su desaparición, recordamos la castigada figura del violinista de Borriana Abel Mus

29/11/2018 - 

VALÈNCIA. “En cuanto a mi situación actual, después delas tragedias de los últimos tiempos, es bastante soportable; a pesar de la dureza de los contrastes, ya que mi vida ha sido una interrumpida suite de contrastes. Glorias hoy, desgracias mañana y, de nuevo, alegrías y tristezas… Después de ser admirado y celebrado en mi región, ahora me encuentro odiado por unos, evitado por otros y perseguido por los demás”.

Así hablaba en sus memorias, escritas de su puño y letra, el violinista Abel Mus (Borriana, 1907); o Abelardo Mus, tal y como figuraba en sus documentos antes de que él mismo acortara su nombre por prosaicos motivos de supervivencia. El fragmento es un extracto de su autobiografía A Life, las memorias que empezó a escribir desde su celda en la prisión de Castellón, durante su penitencia carcelaria al finalizarla Guerra Civil española. El extracto corresponde a la inmediata posguerra, recién estrenada la década de los años 40 en València, donde se vio obligado a vivir por orden judicial. El violinista y musicólogo Daniel Gil Gimeno -doctor por la Universidad Autónoma de Barcelona- da buena cuenta del texto, inédito hasta la fecha, en su tesis doctoral dedicada al músico castellonense elaborada hace poco más de un año.

Las palabras de Mus en primera persona -cuando no las pone en boca de consejeros ajenos- son un valioso descubrimiento y una reproducción fiel de la tercera vía en un conflicto: los que pasaban por ahí. El papel del músico durante la Guerra Civil refleja de forma peligrosamente fiel a todo aquel que, hoy, asiste incrédulo al festival de banderas importadas desde China que marcan los balcones a modo de patriótica letra escarlata. La equidistancia es imposible; lo era hace ocho décadas, cuando estalló el conflicto por culpa de los golpistas, y lo es hoy, en mediode la escalada de los partidos -y los discursos- de extrema derecha.

“¡Cuántas veces he odiado a España!”

 “¡Cuántas veces he odiado a España en los últimos años de desgracias! No, realmente no, no soy ni un poco patriota, y no me avergüenza no parecerlo… Ser patriota como nos enseñan no es más que una estúpida ceguera que nos empuja a matar sin remordimientos”. No es extraño que Abel Mus escupa estas palabras sobre España en sus memorias sin ningún tipo de misericordia. Entonces, cuando las escribía -en inglés, para sentirse menos constreñido por la censura en los años 40-, Mus acababa de poner fin a un bienio de grotesco terror en el que, acusado unas veces de traidor y franquista, y otras de rojo y comunista, había sido detenido y privado de libertad hasta en tres ocasiones entre 1938 y 1940.

En un momento en el que todo es blanco o negro y los matices están reservados para los cobardes es complicado no sentir cierta conexión con el violinista. A pesar de que, en algún que otro episodio de sus memorias, demuestre cierta arrogancia. Como cuando en 1938, en su periodo en el Hospital de las Brigadas Internacionales de Benicàssim, fue requerido en Madrid -junto a su hermana, quien le había facilitado la entrada en el centro- para dar un concierto en el frente. Allí coincidió con alguien. “En uno de mis conciertos conocí al general Miaja (…) le gustaba mucho la música pero era, o parecía ser, tan estúpido que de verdad me preguntaba cómo un hombre así podría conducir aun ejército hasta la victoria”, escribía Mus. La realidad es que no lo hizo y,años más tarde, el propio Miaja apoyaría el conocido como 'Golpe de Casado': el golpe de estado dentro del golpe de estado que fulminaría al gobierno de Juan Negrín.

De París al Conservatorio de Castellón

No es excesivamente sorprendente que un hombre del calado cultural de Mus reaccionara así en un entorno que le obligaba a dar grandes pasos para sobrevivir. Con 14 años, el violinista y su familia se trasladaron a París, donde Mus continuaría su formación en el Conservatoire Nationalde Musique et Declamation (CNMD) de París tras conseguir, por méritos musicales, la única plaza para extranjeros convocada aquel curso.

A las primeras medallas de violín y solfeo en el CNMD de París en 1924 le siguió el primer premio en la Escuela Superior de Música i Declamación de París en 1926, y su plaza de profesor de violín en 1931. Aquella aversión de 1940 hacia un país que le trataba como un franquista primero, y como un comunista después, se empezó a fraguar cuando, tras regresar de Francia y mientras ocupaba la dirección del Conservatorio de Música de Castelló (1932-1937), se vio obligado a presentarse junto a sus propios alumnos -y su hermana- a las convocatorias de violín español para convalidar sus títulos franceses. “¡Qué situaciones tan ridículas se producen a veces para cumplir una necesidad legal! (…) En España todo es posible”, escribía en sus memorias.

Las conspiranoias y la primera detención: por franquista

 Entonces, Mus ya había demostrado su capacidad concertista con recitales en València, Barcelona, París o Liverpool, y había compuesto sus primeras obras. A pesar de todo, las dificultades en Castellón y las conspiraciones que veía en los profesores que se habían quedado fuera del Conservatorio le hacían pensar en volver a salir: “más de una vez pensé en irme de Castellón para siempre si eso no hubiera implicado reconocer mi fracaso y separarme de Eva” -Eva Grande, su mujer-. Por si fuera poco, el periodo de la Guerra Civil redujo su número de conciertos a poco más de diez entres años, según recoge Daniel Gil Gimeno en su tesis doctoral. 

Al estallar el conflicto, su militancia en Esquerra Valenciana le situó de forma rotunda en un bando -a pesar de que el Frente Popular no reconocería el partido como antifascista hasta abril del 37-. O eso parecía. Tras renunciar a su afiliación porque el partido no le ayudaba en su plan de ser admitido por la UGT y poder trasladarse así a Madrid o Barcelona para ganarse la vida como músico, Mus fue enviado al Hospital de Moncofa, donde se le informó de su detención y de su condena a muerte por parte del Servicio de Información Militar. La intercesión del doctor Madinaveitia postergó esa sentencia y el violinista acabó en la Quinta Compañía del XIII Batallón Disciplinario del comandante alemán Max Salomon. 

Pasaron cinco meses hasta que el músico vio resuelto el expediente a su favor. Había sido acusado de ser espía franquista, de pertenecer a la Quinta Columna y de acoger a dos nazis en su casa, entre otras cosas. Él, que había compuesto -obligado- el republicano Himno del Batallón Mateotti años atrás. Según el propio Mus, había sido acusado por el presidente de la sección de músicos de la UGT y director del Liceo Beethoven, centro que rivalizaba con el Conservatorio de Castellón y se había opuesto a su creación.

“Ser perseguido por rojos y fascistas te hace maldecir a tu país”

Tras trabajar durante meses haciendo trincheras, Mus vio la luz al final del túnel cuando fue nombrado miembro del cuerpo sanitario y, más tarde, mecanógrafo del Batallón. Su buena relación con el nuevo comandante propició su permiso para tocar junto a la Orquesta Sinfónica de València en el Teatro Principal durante noviembre del 38. Aparentemente, su ejecución -la suya con el violín- y una especie de epifanía lumínica -propiciada por la cristalera del teatro- favorecieron que, tras el concierto, un alto cargo republicano le ofreciera abandonar su confinamiento disciplinario para dirigir la orquesta de la Radio de València.

Sin embargo, la calma le duraría unos meses. En marzo de 1939 era detenido durante el Golpe de Casado, en tanto en cuanto dirigía uno de los instrumentos del Partido Comunista. Era liberado tras 16 días retenido. “En junio de 1938 me detuvieron por fascista… En marzo de 1939 me volvieron a detener por comunista. ¿Qué era yo en realidad?”, escribía en la inédita A Life. Para los franquistas, un rojo. Así, al final de la guerra volvió a ser detenido, esta vez por el bando sublevado: tras mes y medio en un campo de concentración de Castellón fue trasladado a la prisión, donde empezó a escribir sus memorias. Gracias a la intervención de Eva Grande y su familia, Mus recibió la libertad condicional un par de meses después: los siguientes dos años los pasaría en València de forma forzosa, ya que tenía que presentarse en los juzgados cada semana.

Finalmente, y tras ser declarado no culpable en un proceso que se alargó 24 meses, Mus se vio obligado a empezar de cero como músico de cafés en un entorno que no le era favorable. “Sufrir por unos ideales que uno siente y defiende debe consolar de alguna manera, especialmente si cree que, en caso de vencer, estos sufrimientos se convertirán en méritos y recompensas; pero ser perseguido por “rojos” y “fascistas” es algo que te hace maldecir a tu país y a tus compatriotas”, confiesa en sus memorias. A pesar de todo, Mus consiguió regenerar su prestigio poco a poco en la València de los años 40, hasta culminar con una gira por América del Sur. Lo que queda, más adelante, incluye hitos no menos dignos de documentar, verbigracia: la dirección de la Orquesta Sinfónica del Cairo y de la del Gran Teatro del Liceo de Barcelona en su última época, o las grabaciones para Odeón.

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