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el cudolet / OPINIÓN

Ellos eran tan bellos (nuestros mayores) en la València de los años 50

28/03/2020 - 

Mi madre se fue un mes antes en el calendario de la propagación social y mediática del Coronavirus. Antes incluso de la inacción de las Autoridades en su contención,  esas que protegen y vigilan por Real Decreto nuestro bienestar. Valoren, los más escépticos, en estos días de confinamiento, presos de la libertad, reducida la movilidad, el alto coste en la pérdida temporal de los pilares básicos de la democracia. Los fascios fueron enterrados y los dictadores murieron. ¿No es para cuestionárselo? ¿No creen? Y dejar de flamear al vent fantasmas del pasado. Carmela, mi madre,  pudo ser arropada hasta el final de sus días, enterrada públicamente y despedida por los suyos con el mayor de los respetos. Por desgracia muchas familias no pueden obrar lo mismo en este tiempo de hacinamiento ocasionado por el distanciamiento social. Triste. Perverso. Malévolo e insano. Dada la situación del apartheid sufrido, fustigados a la reclusión total, sufrimos mayormente el no poder despedir con los honores que se merecen a nuestros seres más queridos, a la postre, nuestros mayores.  

Me remito a los hechos, tras un “rosario” de noticias de muertes en cadena en residencias y hospitales de personas de la tercera edad, motivadas por este virus acosador que no distingue ni diferencia de organismos vivos. Aborrezco los actos protocolarios, pero en esta situación de excepción, si sirve para algo, empatizo desde la distancia con el sufrimiento generado por el dolor de la pérdida. El mío sigue caliente, en el horno de la memoria, el pan nuestro de cada día. El obligado aislamiento da para mucho, sobretodo para establecer nuevos hábitos de conducta, y deja volar dependencias arraigadas. En una interactuación telefónica con Ata Gomis,  amiga, artista y escritora del Juego del cambio, analizábamos los pormenores del impacto social generado por la situación creada de alarma. Me preguntaba durante la conversación mantenida ¿que qué deberíamos hacer? ¿Denunciamos los posibles excesos del tratamiento fatalista de la información? le respondí que por responsabilidad y civismo, en un momento de estancamiento del progreso económico, debíamos ahondar y apuntalar en la sociedad el crecimiento moral.

La misma fórmula que defendía en sus escritos el filósofo y político indio Mahatma Gandhi. Llevando la teoría de Eduardo Galeano al abono diario, mucha gente en pequeños lugares, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo. Solo así nos resarciremos de la excesiva e innecesaria globalización. Incidí que ya habría tiempo después, en un congelado calendario del 2020, de exigir responsabilidades de manera colectiva a nuestros gobernantes. En mi caso, la lectura, escribir y el séptimo arte son tres de los entretenimientos más llevaderos durante el forzado aislamiento, complementados por la cuchara de palo, al estilo Vázquez Montalbán. A veces me pregunto si mantengo los mismos vicios que Pepe Carvalho. Esta semana, justamente, en uno de esos canales de la televisión que no paran de reproducir cintas VHS, en una  noche cerrada, me enganché, la verdad, a una no muy brillante película dirigida por el director Román Polanski, La Novena Puerta, guion extraído de las páginas de la novela la Tabla de Flandes del escritor y twitero Arturo Pérez Reverte. Me identifiqué al cubo con el personaje encarnado por Johnny Depp, Corso, un detective solitario en busca de incunables ocultos.

No puedo ocultar mi efervescencia cultural por las lecturas de crónicas e historias urbanas del Cap i Casal. A veces este calórico ejercicio es desmedido, hábito incorregible volteado en adicción. Días previos al confinamiento cayó en mis manos una novela de literatura de ciudad, de mi patria chica, València, con ciertos paralelismos a la Casa de Troya, acción narrada en las calles de Santiago de Compostela. Ellos eran tan bellos, editado por Spectrum Arts, es un libro amable y de rápida lectura. Minimalista. Cincuentón. De color sepia. Costumbrista. Animalista. Enamoradizo. Encontrado. De prosa ágil. Legible. Compasivo. El autor de la novela, Eloi Yagúe Jarque, reflexiona a través de las letras sobre la convivencia de dos modelos de vida antagónicos pero complementarios en una España cerrada a cal y canto. El amor los acaba uniendo. Una vez avanzan las bellas páginas de una exquisita edición, como si se tratara de una partida de ajedrez, la vanguardia francesa pone en jaque al buen propósito del nacional catolicismo.

La escena es narrada en un reflexivo paseo,  y como escenario tiene por bien las calles y plazas de la València de los años cincuenta, disfrutando de los rincones más emblemáticos de la ciudad y estableciendo una ruta en el desplegable, recorrida  por el bajo Ensanche, el centro periférico, Ruzafa, la Malvarrosa, el Cabanyal. Refrescado por locales de la época de cierta solera como Casa Barrachina o la pastelería Moraima, entre otros. La novela está disponible a un clic de distancia. Y, si alguien me vuelve a preguntar por la crisis, la respuesta es clara, me quedo cada mañana con las comparecencias públicas del General del ejército Miguel Ángel Villarroya, Jefe del Estado Mayor de Defensa -Simón es un disco rayado- pese a las resistencias del político catalán Rufián. Hechos, menos palabras, y nada de estadísticas, no somos números. ¡Saquemos músculo del sistema sanitario!

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