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En busca de expertos que solucionen problemas

16/01/2022 - 

VALÈNCIA. Últimamente me acuerdo mucho, muchísimo, de una canción de Laurie Anderson. Me pareció brillante cuando salió hace 12 años y ahora me deslumbra. Aunque la letra de “Only an expert” se circunscribe a la realidad sociopolítica de entonces en los Estados Unidos -que se va mucho respecto a la actual-, el texto es fácilmente adaptable a varias facetas de la realidad. A nuestra realidad. Sólo un experto puede resolver un problema, recita Anderson, “porque la mitad del problema consiste en ver el problema, pero si no hay un experto que se haga cargo del problema, entonces el problema se duplica”. La letra es de 2010 y está escrita e interpretada en el contexto del bum de la crisis económica que estalló un par de años antes.

El otro día, dando un paseo, volví a acordarme de “Only an expert”. Uno de los puntos más concurridos de València es el mirador de la Gola de Pujol, situado en la carretera de El Saler. Desde los amarres del embarcadero donde acuden las barcas a recoger turistas, el lago casi parece un mar que solamente termina con la aparición de las montañas en el horizonte. Admirar los atardeceres desde ahí se ha convertido en una tradición. Como este punto turístico está situado en un parque natural, recientemente se han mejorado las instalaciones para que el acceso a la zona resulte más fácil y civilizado. Es decir, se han puesto soluciones a condiciones problemáticas para potenciar el disfrute que ofrece este punto a quienes lo visitan. Pues bien, ahora los días festivos el embarcadero y sus alrededores se convierten en una especie de zona de guerra. Esto es debido a que muchos de los visitantes infringen las normas de convivencia que en ese momento les estorban. Hay coches estacionados de cualquier manera, bloqueando incluso la parada del autobús. También se ve algún auto que detiene la circulación -que en esos días ya suele ser densa de por sí- para poder maniobrar a su gusto, aunque sea saltándose prohibiciones. A menos de un kilómetro y medio hay espacio de sobra para que los coches aparquen, pero eso implica circular un poco más, rodear una rotonda y, por supuesto, tener que realizar la insoportable distancia de unos 500 o 600 metros andando hasta llegar al mirador. El último día del año, aquello parecía el desembarco de Normandía. Peregrinos de lo ecológico llegando por doquier, todos contemplando la puesta de sol bien pegaditos unos a otros, como si la ómicron aún no existiera.

¿Qué se le puede reprochar a toda esta buena gente si en el fondo están acudiendo a una comunión con la belleza? En la respuesta radica el problema. Para que podamos tener nuestra experiencia espiritual, casi mística, nuestro momento de purificación anímica, organizamos un pifostio que se convierte en la antítesis de lo que buscamos. Para tener nuestros quince minutos de belleza interior convertimos el edén en un mercadillo. Hasta que encontremos un experto que ponga solución a esto, yo me quedo con la siguiente conclusión, una vez vista la película de moda de estas navidades: No miréis arriba. No miréis hacia ninguna parte. No nos hace falta ningún cometa. Seguro que en algún rincón del mundo existe algún experto capacitado para solucionar este problema que nos negamos a asumir como tal. Porque, ¿cuál es exactamente el problema? ¿Que el ser humano es profundamente estúpido y ahora que tenemos Twitter y Facebook ya no podemos ocultarlo? Pero en caso de que haya algún experto que pueda remediar esto, ¿le haríamos caso? ¿Asfixiaremos su discurso con una tormenta de emoticonos, likes, comentarios a favor, en contra o sobre vaya usted a saber qué? Hemos sido capaces de cultivar ciencia que nos proteja y no salve de las amenazas naturales que nos acechan, pero somos incapaces de ponernos de acuerdo para salvarnos de nosotros mismos.

En “Only an expert”, Anderson también se refiere a cómo los medios de comunicación -que a veces sólo quieren ser como las redes sociales- inventan problemas que no tenemos para mantenernos enganchados esperando una solución a algo que no existe, conflictos que nacen y mueren en el universo virtual. El cambio climático también está presente en la canción, aunque ahora estrofas como esta también serían extrapolables al negacionismo: “Y a veces, realmente hace mucho calor / Y es julio en enero / Y ya no hay nieve y enormes olas están arrasando ciudades / Y los huracanes están por todas partes / Y todos saben que esto es un problema / Pero si algunos de los expertos dicen que no hay problema / Y otros expertos afirman que no hay problema / O explican por qué no hay problema / Entonces esto simplemente no es un problema / Pero cuando un experto dice que es un problema / Y hace una película y gana un Oscar debido al problema / Entonces, todos los demás expertos deben estar de acuerdo en que lo más probable es que se trate de un problema / Porque solo un experto puede resolver el problema”.

Solamente los expertos pueden advertirnos de los problemas reales. Pero ahora hay avalancha de expertos que saben de todo y opinan de todo, se enfadan por todo, nos ilustran a todos. Cuelgan fotos del libro que ha ganado el Nobel, imágenes de su película favorita, lloran al artista que acaba de morir, tuitean posicionándose a favor de Rociíto o de Antonio David. Y luego se suben al coche y le dicen a su pareja: “vamos a relajarnos”. Entonces conducen hasta un sitio fuera de la ciudad, un sitio bonito, donde huela a plantas, a playa. Un sitio como el mirador de l’Albufera, un remanso de paz que se convierte en un problema porque todos queremos estar allí, tots a una veu, como sea, porque somos libres y tenemos derecho a aparcar mal, a estacionar donde nos dé la gana, a increparnos unos a otros, a tirar desperdicios en medio del campo, a poner música por los altavoces del móvil para acompañar la puesta de sol, que yo creo que a esas alturas del día ya está rojo de pura vergüenza ajena. Entonces, en el momento culminante del atardecer, un mar de brazos se eleva para atrapar el momento con la cámara del smartphone. La naturaleza no es más que atrezo para el selfi de hoy. La vida no es más que el escenario de un sinfín de selfis en los que nuestra cabeza va cogiendo forma de meteorito.

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