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el tintero / OPINIÓN

Entre pactos y pachangas

Foto: KIKE TABERNER

Llevamos unas semanas de reuniones y reuniones para que nuestros representantes se pongan de acuerdo y elijan quienes nos van a gobernar. Entre la pre-campaña, las elecciones y las semanas hasta la formación de gobiernos, vemos que el trabajo de los políticos, a veces, parece como esas pachangas de amigos al salir del trabajo, que como sabrán también son trabajo

12/06/2019 - 

Hace unas semanas entró en vigor la nueva normativa que obliga a fichar a los trabajadores en el sector privado, porque en el público ya era una práctica habitual. El sector que genera más riqueza, más empleo, paga más impuestos y dinamiza la economía, o sea el privado, anda preocupado por las repercusiones que esta decisión pueda tener, especialmente en las pymes, las pequeñas y medianas empresas, pues esta nueva obligación genera una rigidez, protocolos y gastos que son muy poco útiles en una empresa con pequeña infraestructura.

En cualquier caso, no pretendo analizar esta normativa, una más que en lugar de facilitar las cosas, las complica un poco más y pone trabas a los verdaderos artífices de que este país avance cada día un poco. Entre tanta zancadilla o palo en la rueda, a veces, hay noticias que alegran los corazones. Además de la caña y el pincho de tortilla, ¿hay algo más castizo que la pachanga de fútbol entre los compañeros de trabajo? ¿Se imaginan que ese rato de deporte y asueto se computara como horas de trabajo?

El Tribunal Supremo acaba de dictar una sentencia en esta línea, tras un recurso de CCOO, UGT y CSIF ante un fallo de la Audiencia Provincial, el asunto tiene como protagonistas a empleados de Altadis y a estanqueros, y considera que esos partidos eran acciones comerciales y se pueden considerar tiempo de trabajo. Trazando un paralelismo propio de una columna de opinión, con el rigor que impone el inicio del calor y el buen tiempo, ¿debemos considerar horas de trabajo las eternas reuniones para alcanzar algún pacto? Sea de la Nau, del Grau, del Botànic o como quieran bautizarlos.

Las crónicas en los medios y el exceso de cambalaches, nos demuestra que es un tiempo de cuitas y tensiones internas, de repartos de poder, de cuotas por partidos y coaliciones de partidos, de ver como alimentar cuantas más bocas mejor, es decir, como colocar al máximo número de afines de cada formación política. En la formación del futuro Consell se barajan hasta 15 consellerias, los tres partidos que van a pactar, integran realmente seis formaciones: PSPV, Compromís (Bloc, Iniciativa, Verds-EQUO) y Unidas Podemos (Podem y Esquerra Unida). Esto significa que, a la hora de repartir cargos y más cargos, cada grupo o grupúsculo reclaman con cierta lógica su cartera, su secretaria autonómica o dirección general, donde a su vez poder colocar a unos cuantos más.

Las quinielas que estos días están realizando los periodistas de información política, tienen, casualmente, un tinte futbolístico que nos lleva de nuevo a pensar en esas pachangas que ahora si se organizan bien serán consideradas trabajo, e incluso horas extra. Porque para repartir consellerias entre los partidos del futuro Botànic II se mencionan como las alineaciones de los equipos: 6-4-2 ó 7-5-2, no sabemos si hay más defensas o más delanteros, pero todos quieren meter gol, todos. La condición humana es la que es, y para prueba tenemos al amigo Iglesias que como hace cuatro años, volvió a pedirle a Sánchez varios ministerios y ahora parece que rebaja intenciones y pretenden formar un gobierno de cooperación.

No quiero, no puedo y usted no se merece que me extienda más hablando de los pactos a nivel nacional, pero cuando escuché todos los adjetivos que pretende llevar el nuevo ejecutivo, casi me da algo y me recordó a un texto que leí hace unos días que enumeraba esas palabras o palabros que nos imponen los políticos que se autodefinen progresistas: participativo, inclusivo (ahora dicen incluyente), sostenible, diverso, plural, solidario, empoderamiento, visibilizar y así hasta llegar al surrealismo porque la mayoría son palabras huecas, muchas hasta mal sonantes, pero no solucionan los problemas. Etiquetar a los ministerios o consellerias con muchos adjetivos progres, no reduce el paro o la pobreza, ni mejora las condiciones de vida. Déjense de pachangas, y gobierno con cabeza y algo de sentido común. 

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