socio de Uría Menéndez en València, exresponsable del bufete en Pekín

Fco. Martínez Boluda: "China se está preparando para invadirnos de productos de más calidad"

24/01/2018 - 

VALÈNCIA. Después de tres años y medio como director de la oficina de Uría Menéndez en Pekín, el abogado Francisco Martínez Boluda se ha reincorporado al despacho Uría Menéndez en València, donde ha sido nombrado responsable del Grupo de Práctica de Asia. Martínez Boluda entró en el bufete en 1996 y fue nombrado socio en 2007. Entre julio de 2003 y marzo de 2007 dirigió la oficina de esta firma en México, donde desarrolló su especialidad de operaciones relacionadas con Latinoamérica. 

En 2014 se instaló con su familia en Pekín para dirigir una oficina que ha canalizado numerosas inversiones chinas en España y Latinoamérica. Entre sus últimos éxitos están la primera opa de una compañía privada China en Europa, la de Aier Eye Hospital sobre Clínica Baviera, y la entrada del gigante chino Cosco en el grupo logístico portuario Noatum, con sede en València. Entre sus nuevas tareas está encauzar las inversiones chinas en España, donde el gigante asiático todavía tiene poca presencia y mucho potencial de crecimiento, como cuenta en esta entrevista. 

-¿Cómo ha encontrado València?

-La primera percepción es positiva. València ha sido una de las zonas cero de esta crisis económica, por el sistema productivo basado en el inmobiliario o el desmantelamiento de sus sistema financiero. El golpe fue muy grande. Llevo pocos días aquí operando y la apreciación es positiva. Creo que estamos en cierto 'momento València', hay más optimismo, más iniciativa, más gente que se está moviendo, más proyectos… y también más proyectos con cierta sensatez. Aquí hubo un momento de delirio, que un metro cuadrado en la calle Colón costara prácticamente lo mismo que en los Campos Elíseos era una mentira que nos creíamos todos pero que no podía durar. Mi percepción es positiva y espero que podamos capitalizar esa buena sensación.

-¿Le costó entender la cultura china?

-La cultura china todavía no la he entendido (risas). En China lo que hay que utilizar es el sentido común. Hay gente estupenda y hay gente que no es estupenda, como pasa aquí. Es cierto que hay unas diferencias culturales que son mucho más notables que las que podamos tener aquí con nuestros vecinos europeos o con los americanos. 

-Y en la forma de hacer negocios.

-Hay mucha diferencia. Hay que empezar a conocer un poco la claves de cómo funcionan allí, ver que hay cosas que no puedes hacer y acostumbrarte a los tiempos chinos, que muchas veces desconoces, sobre todo cuando estás negociando. Al principio desconcierta y provoca cierta frustración, pero al final más o menos llegas un poco a entenderlo. Probablemente sé mucho más que otra gente que está en España, pero, honestamente, China siempre es un reto, China siempre es aprender. La regla básica es nunca pensar que sabes y estar siempre alerta, porque muchas veces, cuando ya piensas que has entendido algo, si te confías y llegas a cierta complacencia, te vuelves a equivocar. Es la única forma de poder sobrevivir.

-¿Se puede hablar de un capitalismo chino?

Absolutamente. La acumulación de capital que ha habido en China es tremenda. China no se podría haber hecho si no es con el número de personas que había y con un plan, que consistió en compatibilizar una economía estatalizada con el capitalismo. Eso tiene un origen histórico, de ruptura, que es el maoísmo. En 1949 se constituye la República Popular China… Mao no era excesivamente comunista, Mao era un señor que vio que en un momento dado las ideas comunistas funcionaron. La Unión Soviética tuvo un proceso acelerado de industrialización que hizo que un país que era prácticamente medieval pasara a ser una potencia mundial después de la Revolución rusa. Y esas fórmulas podían funcionar. Después vimos que no funcionaron, colapsaron. Mao sobre todo era nacionalista, y hubo un momento iniciático que fue como de tábula rasa y romper todo lo anterior que también está escrito en la tradición china. Casi todos los emperadores, cuando cambiaba la dinastía, hacían un poco lo mismo, rompían y volvían a empezar. Mao hace esto, provocando un inmenso dolor a la población china que sufrió la época en la que, en tiempos de paz, ha sido probablemente cuando más gente ha muerto, por las hambrunas, por las decisiones equivocadas que se tomaron... La huida hacia delante fue una decisión delirante que provocó 30 millones de muertos. Fue una barbaridad lo que hizo Mao, pero en los estertores de su vida llegaron Nixon y Kissinger y dijeron: ¿qué hacemos con esto? Esto puede ser un polvorín mundial de desestabilización o podemos ponerlo a funcionar, y la única forma es que ustedes se conviertan en la fábrica del mundo.

-Y eligieron lo segundo.

-Sí, decidieron deslocalizar, hacer determinadas actividades sobre todo con mano de obra muy intensiva, en industria… todos ganamos y ustedes con las migajas van acumulando capital. Y eso es lo que han hecho y lo que ha permitido que en 30 años China haya pasado de ser una economía que estaba incluso por debajo de Corea del Norte en los años setenta a ser prácticamente primera economía del mundo.

-Y ahora está dejando de ser la fábrica del mundo.

-Estamos en un cambio del modelo económico chino. Esto ha funcionado y, de hecho, los dos últimos presidentes, Jian Zeming y Hu Jintao, seguían un poco la estela de Deng Xiaoping, que es a quien Mao había llamado antes de morir y el autor de esa famosa frase que dice: No importa que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones. En esa línea, dice que no importa el modelo económico, que lo que tenemos que hacer es crear prosperidad. Ese modelo se ha agotado y han pagado un precio, un precio sobre todo medioambiental brutal, la contaminación que hay en China es escalofriante. 

-¿Y qué han hecho?

-Pues llega un momento en que el Gobierno chino tiene una obsesión por la estabilidad y sabe que probablemente los ciudadanos chinos, por lo menos ahora, no van a criticar determinadas cosas porque no tengan derechos políticos, porque no haya derecho de manifestación o libertad de prensa. Eso no es algo que les preocupe cuando han estado muriéndose de hambre hace 20 años. Ya veremos qué pasa con las nuevas generaciones, porque también son un poco distintas. Así que ahora el Partido Comunista se ha convertido en el partido protector de la clase media, de la burguesía. Es paradójico pero el Partido Comunista es el partido más burgués que ha existido porque está protegiendo a esa clase media que han generado. Y una cosa que la clase media no va a tolerar es vivir en un cenicero, con todo contaminado. Por eso están tomando medidas, y eso implica cambiar el modelo económico, haciendo un tránsito de un modelo económico basado en manufactura, la fábrica del mundo, y en la inversión pública a lo bestia a una economía basada en los servicios y de alta tecnología. Es hacer un poco el tránsito que hicieron en su día Corea del Sur o Japón. ¿Qué pasa? Que uno no puede cambiar de un día para otro de modelo económico sin despeinarse, y el Gobierno chino el control social lo quiere tener absolutamente asegurado. Entonces, se están manteniendo algunos sectores tradicionales, porque de la noche a la mañana no se puede cerrar el acero o la construcción, pero ¿qué se les ha ocurrido? Pues lo que existe justo entre China y Europa, que es esa especie de agujero negro, con bastante riesgo también para tener proyectos pero donde no hay nada, son países que necesitan infraestructuras y toda esa sobrecapacidad que tiene China y que está vinculada a la vieja economía. Y ahí es donde ha salido el famoso programa One belt, one world, que ahora llaman ‘La franja y la ruta’, que es un concepto mutante, que va cambiando en función de lo que decide Xi Jinping, el presidente. En principio fue una especie de conquista del oeste de China, que era una zona menos desarrollada que necesitaba infraestructuras, pero luego entramos en todo lo que son las repúblicas euroasiáticas, donde está todo por hacer.

-¿Y qué consigue China con eso?

-Pues por un lado ese excedente lo canaliza, y por otro, gana influencia política, evidentemente. 

-¿También en África?

-Por el momento el concepto One belt, one road llega hasta la Cosco Shipping Company en el Puerto de Valencia. Ahora ha estado Macron en China y quiere incorporar a Francia al One belt, one world. África también se está catalogando para llegar hasta allí. Es todo un ecosistema, en principio con muchas infraestructuras, y después, cuando ya tienes el camino, tienes el poder, porque ya tienes los canales de distribución. China se está preparando para invadirnos de productos, que es lo que siempre ha hecho, no es ninguna novedad. Cuando China vendía a Filipinas, que era un hub, y lo pasaba hacia México y España fue la primera globalización realmente que hicieron chinos y españoles, era lo mismo. China producía cerámica, mantones de Manila, que se llamaban ‘de Manila’ pero no era de allí, eran mantones de seda china que se distribuían desde Manila, que era territorio español, en el 'Galeón de Manila’; o la ‘Nao de China’, o el ‘Pabellón de Acapulco’, que luego llevaban las mercancías por todo el territorio mexicano hasta Veracruz y de ahí llegaban a España y Europa. A los chinos les encanta contar esta historia porque a los anglosajones les dicen: qué me cuentas de globalización, si yo lo hice antes.

-Se está preparando para invadirnos de productos, pero ya no son tan baratos.

-Claro, la marca china ya no tendrá la connotación de barato pero malo, sino que dará el salto que dieron Japón y Corea del Sur, productos ya de calidad muy competitivos en precio. La tercera fase del One belt, one road será tener las autopistas para que te lleguen las cosas, para que te llegue toda mi tecnología.

-Y todo eso, con el sistema controlado totalmente por el Gobierno.

-Absolutamente. Es un capitalismo de Estado. Hay empresa privada, que está permitida, pero rascas un poco y ves que la empresa privada tiene vínculos o el chairman ha sido miembro destacado del Partido Comunista… Es un país donde cuenta tanto la amistad como en España.

-En 2017 usted trabajó en dos importantes inversiones chinas en España, Clínica Baviera y Noatum. ¿Prevé un aumento de la inversión de este país?

-No quiero confundir las ganas con un análisis objetivo. Para eso hay que tener en cuenta dos cosas: Una, que España no ha sido un destino prioritario en la inversión china porque hasta ahora las inversiones han sido muy visibles, muy mediáticas, Wanda, etc., pero si ves los números, el máximo fue en 2015 o 2016 con la operación de Urbaser y cuatro o cinco más, que sumaron 1.500 millones de euros, que no es mucho. En 2017 habremos estado en 600 o 700 millones. Eso significa que, sin ser destino preferente, hay mucho margen de mejora. Lo que nos puede hacer pensar que ese margen finalmente se consolidará, y esa es la segunda parte, es que muchas cosas que tiene España pueden ser consistentes con ese cambio de la economía china hacia una economía de consumo, de servicios y tecnológica. Porque tenemos, por ejemplo en consumo, cosas de sanidad, como Clinica Baviera; tenemos agro-business que puede interesar a una clase media china que antes no era tan exigente, ni tan sofisticada ni pedía vino. Ahí puede haber una parte que se puede desarrollar, siempre que sea consistente con lo que el Gobierno chino está marcando. A eso le sumamos que hay una preocupación europea, que ya han manifestado Alemania y Francia, por el hecho de que los chinos estén comprando empresas estratégicas tecnológicas, sobre todo en el norte de Europa. No es tanto que sean chino o no, es un tema de reciprocidad, usted compra aquí esto pero yo no puedo hacer lo mismo allí, no puedo comprar nada estratégico…

-Alemania vetó la compra de una empresa.

-Efectivamente. Y hubo una que no pudo vetar, que fue la compra de Kuka, que intentaron frenar por todos los medios, a ver si encontraban otra empresa que la comprara, y al final no lo consiguieron porque los chinos iban con mucho capital [pagaron 4.600 millones de euros]. Esa exigencia de reciprocidad es clara, pero no es la misma circunstancia la de Alemania y Francia que la de los países del sur de Europa. Los del sur de Europa lo que quieren es atraer inversiones y que entre capital en algunas empresas que han pasado problemas financieros serios. Será difícil que a nivel europeo se consiga una norma muy homogénea. Eso puede beneficiar también a España, si Europa limita inversiones como hace Estados Unidos con el Committee on Foreign Investment in the United States (CFIUS), que limita cualquier inversión que entienden que puede afectar a la seguridad nacional y han tumbado varias de los chinos. Ahí el presidente de los Estados Unidos tiene un poder de veto muy potente, por razones estratégicas. En Europa será más difícil que se consiga esa uniformidad vía directiva, y lo importante es que los países del sur, sin tener la tecnología alemana, tenemos una tecnología media que puede ser interesante para los chinos.

-¿Les interesa el ‘ladrillo’?

-Lo que pasa es que ahora mismo hay una limitación regulatoria en cuanto a inversiones inmobiliarias, porque el Gobierno chino ha visto que la inversión inmobiliaria puede ser una inversión financiera. Lo que quiere es que las empresas chinas inviertan en empresas estratégicas que sean de alguna forma compatibles con la actividad core que haga la empresa. Una empresa que fabrica tuercas, que compre una empresa de tuercas, pero que no compre una cadena de pizzerías...

-O un equipo de fútbol.

-O un equipo de fútbol. Yo estuve con una compañía que estuvimos a punto de comprar un equipo de fútbol español, estuvimos muy avanzados, pero al final no salió y no puedo mencionar cuál era, pero había un plan de hacer una especie de Operación Triunfo, una plataforma publicitaria de productos chinos que sería el equipo… Esto tiene sentido, porque el fútbol está ahí pero lo que genera alrededor son todas las sinergias, igual que los cines y las palomitas. Pero la inversión inmobiliaria es algo que está vetado o muy restringido. Por ejemplo una empresa que para diversificar riesgo quiera comprar un hotel en España, eso el Gobierno chino lo está vetando, lo que provoca que el sector inmobiliario en España no se beneficie de las inversiones chinas.

-¿Recomienda a los empresarios valencianos invertir allí?

-Lo recomiendo porque es un gran mercado, pero ya no es para ir a producir, ahora es para llegar al mercado chino. Pero es complicado. Yo creo que tienes que tener un amigo chino, que eso ayuda mucho, que tengas algo que el chino no tenga y que sea algo que el chino no te pueda copiar. Es lo que te puede permitir, salvo que tengas un soporte financiero colosal, que no se suele tener, tener la posibilidad de poder defenderte exitosamente en un mercado tan grande como puede ser el mercado chino. El turismo chino también es una oportunidad. Hasta ahora no ha habido mucho porque desde España solo había dos vuelos directos a China. 

 

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