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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Esto no es una canción de amor

Una canción, un estribillo, un riff, pueden llevarte a descubrir otros mundos mucho más apetecibles que los que impone la realidad. Una canción puede, en definitiva, enseñarte que el amor, como la vida, no es más que un prisma esperando una mirada que contemple lo que ocurre cuando la luz se filtra a través de él

14/02/2016 - 

VALENCIA. Lo dijo Lou Reed en una canción de Velvet Underground, hay clases de amor como una novela inmoral francesa que combinan lo absurdo con lo vulgar. Sin dejar de citar la letra de Some kinda love, añadiría que también hay clases de amor donde las posibilidades son infinitas. El concepto de amor romántico que se nos vende desde el principio de los tiempos es un modelo, una especie de traje que se supone que nos sienta bien a todos sea cual sea nuestra talla o el calzado con el que vamos a combinarlo. Existen tantas clases de amor como de personas pululando por este ingrato mundo, y me temo que la mayoría se empeñan en perseguir ese concepto de amor, el que han difundido las novelas primero, las películas, la radio y la televisión después, y, por supuesto, la música pop. Qué habría sido de Sinatra, de Elvis, de los Beatles sin ese amor en forma de corazón rojo al que cantarle Ella te ama. Tú la amas a ella. Ella la ama a ella. Él le ama a él y a media docena más. Vosotros os amáis. Ellos os aman a vosotros. Amor a punta pala. El amor es un campo de batalla. El amor está en el aire. El amor está aquí para quedarse. Y yo estoy aquí para agradecerles a todos los creadores de obras en las que el amor triunfa sin contemplaciones. Yo prefiero que me lo cuenten, verlo pero de lejos porque a mí personalmente ese estereotipo universal de amor me sienta como un tiro. 

El Saler versus Twin Peaks

El lugar en el que vivo tiene toda una reputación por ser una especie de terreno abonado para el ejercicio del amor en todas sus acepciones. Uno de los hostales por horas más célebres de la región se encuentra en El Saler, aunque los amantes escasos de fondos acuden desde hace décadas a sus explanadas y sus pinadas. En invierno, el paisaje me recuerda mucho a Twin Peaks. En vez de abetos Douglas tenemos pinos mediterráneos y los patos sustituyen a esas lechuzas que en la serie de David Lynch nunca eran lo que parecían. Cuando oscurece, y más en los días en los que el viento sopla sin dar tregua, el lugar se llena de misterio y gran parte proviene del amor o algo que forma parte de él de una manera muy poco tangencial. 

La venus de las pieles

Hace tan solo unos días, Marta Sanz escribía en Babelia a propósito de La pasión de Mademoiselle S. que el vicio es el sustento del amor. La escritora se refiere a esa acepción del Diccionario de la Real Academia, según la cual el vicio es “el gusto especial o demasiado apetito de algo que incita a usarlo frecuentemente y con exceso”. Esa pared de carga del amor que tan bien describe Sanz es uno de los primeros recuerdos importantes asociados a la música de mi etapa adolescente. Con 14 años y, después de mucho insistirle a un compañero del colegio más mayor que yo – el cual hoy el mundo conoce como el músico de jazz Perico Sambeat-, conseguí que me grabara una casete con el primer álbum de The Velvet Underground, inédito por aquel entonces en España por cuestiones de censura. El trayecto del autobús escolar que me llevaba desde Campo Olivar hasta a la Avenida del Cid se me hizo interminable aquella tarde. No veía el momento de llegar a casa, colocar la casete BASF 60 color rojo en el radiocasete y escuchar el disco del cual había leído tanto. Digo tanto no por la cantidad de artículos, sino por la cantidad de veces que me había leído el artículo –de Diego Manrique, en Vibraciones-, uno de los pocos que podían leerse entonces sobre el grupo.

Solo en casa

No había nadie cuando llegué, así que con toda la casa para mí, cogí el radiocasete y lo enchufe en la cocina.  Me senté en la mesa de railite, coloqué la Nocilla, el pan, el cuchillo, y apreté el play dispuesto a descubrir The Velvet & Underground & Nico mientras merendaba. Todo lo que fui escuchando me produjo un placer enorme; era tal como lo imaginaba y a la vez era sorprendente. Entonces sonó Venus in furs, una historia de amor sadomasoquista, inspirada en La venus de las pieles de Leopold von Sacher-Masoch y la gran epifanía tuvo lugar. En mi infinita inocencia, aquella letra que hablaba de un hombre esclavizado y humillado por la mujer amada,  me pareció fascinante (Manrique advertía en el citado artículo que los versos de Reed eran mucho más morbosos que la novela, y poco después, cuando la compré en la librería París-Valencia, comprobé que no exageraba) pero sobre todo, me atraía la música, chirriante, malévola, perversa, completamente distinta a cualquier otra canción que pudiera escucharse en la radio. 

Todo lo que flota en la oscuridad

Muchos años después, entrevistando a Alaska, coetánea mía, me contó que a los 13 años ella y Bernardo Bonezzi también escuchaban fascinados aquella canción que hablaba de cosas que para un adolescente disfuncional resultaban  hipnóticas. Venus in furs llevó a Alaska a componer La tentación, que grabó con Kaka de Luxe. A mí me hizo descubrir mi predisposición a observar y explorar aquello que tiene lugar bajo la superficie de las cosas. El sadomasoquismo era lo de menos –en realidad no se me ocurre una forma de relación más agotadora-, lo atractivo era percibir cómo se abría la puerta a otra dimensión. Claro que eso no puede saberlo un crío que come pan con Nocilla bajo un tubo fluorescente en la cocina. 

En Some kinda love Lou Reed decía también que ninguna clase de amor es mejor que otra. De canciones sobre ese amor está el mundo lleno, y yo prefiero  las que nos revelan lo que no esperábamos, lo que no está exclusivamente escrito con la tinta de la felicidad. Love de John Lennon, Under your wing de Marc Almond, Pale blue eyes de Velvet Underground, todas ellas consagradas a la grandeza y la incertidumbre de lo que amamos. Ese amor que, por ejemplo, cruza de principio a fin Twin Peaks, y que es como un hechizo que nos hace, como canta Julee Cruise, flotar en medio de la oscuridad. Ese misterio que evoca el peregrinar de coches, personas y anhelos, que cada día veo desfilar sigilosamente desde mi ventana.

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