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MEMORIAS DE ANTICUARIO 

Explosión de escultura en València

21/10/2018 - 

VALÈNCIA. No conecto con una parte de la obra reciente de Manolo Valdés pero estimo que el pueblo que votó, en este caso no se equivocó, seleccionando la escultura La pamela entre varias de gran formato expuestas frente al Museo Príncipe Felipe. La obra finalmente fue adquirida por la Fundación Hortensia Herrero, para su cesión a la ciudad. Su emplazamiento en la Marina de València, junto al agua también ha sido un acierto. No parece respirar de igual forma la excelente obra de Andreu Alfaro Donant-li voltesdonada por la firma Porcelanosa y que ha sido recientemente instalada, de una forma un tanto forzada, en la convergencia de las calles Colón y Jorge Juan. Se trata de una pieza de delicada transparencia, sugerente, que no se impone a cualquier espacio, y que requiere un cuidado en la ubicación. La próxima plaza de los Pinazo habría sido un enclave más adecuado. Además, el edificio de color gris que tiene como telón de fondo comparte una unidad cromática con el acero y le resta visibilidad. Y como no hay dos sin tres, esta misma semana ha saltado la noticia de que tras la exposición de esculturas monumentales del artista británico Tony Cragg en el entorno de la Ciudad de las Ciencias, la citada Fundación Hortensia Herrero ha adquirido una de sus piezas Points of view para su instalación pública en ese entorno. Hay que felicitarse por partida triple.

El Museo de Bellas Artes al rescate de tres escultores

La historia del arte es la de un relato, y este no puede permitirse lagunas. Los museos y centros de exposiciones a través de sus programas expositivos son guardianes de esta narración a través de su programa museístico permanente y, sobre todo, con las muestras temporales. Las etapas más oscuras han de ser investigadas e incluso las menos brillantes deben ser también reivindicadas. El arte no puede permitirse capítulos yermos de contenido. Por ello hay que aplaudir esta iniciativa del Museo de Bellas Artes de València en primer lugar, con el impulso del Consorci de Museos en colaboración con los otros dos museos de Bellas Artes de la Comunitat, el de Alicante y Castellón por, más que reivindicar, literalmente rescatar del olvido a tres escultores del siglo XX al castellonense Juan Bautista Adsuara (1891-1973), al valenciano Carmelo Vicent (1890-1957) y al alcoyano José Pérez Pérez "Peresejo" (1887-1978). en la exposición  “Tres escultores mediterráneos entre la tradición y la renovación". Comisariada por Jaume Penalba repasa la trayectoria de estos tres escultores a través de esculturas.  

Calificar de modernos a unos artistas que todavía beben del clasicismo de Mariano Benlliure, padre artístico de los tres sería excesivo, pero sí que son quienes arrancan el motor para independizarse artísticamente de éste, que, dada su luz cegadora, no es poca cosa. Una historia que se repite la de esos artistas que sin traicionar, sueltan amarras de forma tranquila, no abruptamente, pero sin vuelta atrás. Son artistas de transición a una ruptura definitiva que protagonizarán otros que no habían llegado todavía. Son más interesante de la exposición, parece obvio, las obras más desligadas de la tradición, que miran más hacia delante: relieves, figuras femeninas, dibujos. 

 

Alfaro: la línea pura que remite a la idea

Quiero agradecer en primer lugar a Boye Llorens, comisario de la exposición junto con su padre, Tomás Llorens su generosidad al brindarme la oportunidad de recorrer en su compañía la muestra, y disfrutando de cada una de las piezas que la componen.

En primer lugar, hay que señalar que nos encontramos ante una oportunidad extraordinaria de conocer la obra de un artista extraordinario, por lo que la visita es obligada. No hay que autocensurarse a la hora de considerar a Andreu Alfaro como una de las figuras más importantes de la escultura de la segunda mitad del siglo XX en España junto con nombres de la talla de Chillida, Oteiza o Chirino. Es difícil de entender como más allá de València (el IVAM le dedicó una retrospectiva en el año 1991, que de alguna forma lo reconcilió con el ámbito valenciano) todavía el Centro Reina Sofía no le haya dedicado una antológica a quien fuera Premio Nacional de Artes Plásticas en el año 1981. 

Si bien podemos hablar de una carrera artística llena de éxitos, todavía permanece su figura en un ámbito intelectual y su popularidad es relativa, tal como he comprobado en más de una ocasión. No hay duda que el tiempo lo pondrá en el lugar que merece. Resulta milagroso observar como de una obra tan formalmente variada desde aquellos lejanos años 60 hasta los albores del siglo XXI sin embargo irradie y se vislumbre tras ella una sola mente creadora. Boye Llorens me habla de una simplificación a través de la depuración propia del platonismo: “la línea pura que remite a la idea”, me dice. Asombra también comprobar como en la obra De Alfaro, un artista autodidacta, no se vislumbra una etapa de aprendizaje, inmadura, sino que la producción de los albores de años sesenta, e incluso la de finales de los cincuenta, es ya una sucesión de piezas perfectas en su intencionalidad y ejecución como su obras maestras, Homenaje a Miguel Hernandez, (1960), Homenaje a Joan Fuster (1961) o La veu d´un poble.  

Alfaro es un continuo “ir hacia adelante” lo hace a través de etapas absolutamente independientes formalmente, es decir, que no parten de la anterior: las planchas (una época de compromiso político y social), las pletinas, los volúmenes, las populares generatrices (etapas artísticas cultivadas en los 60 y principios de los 70). Los elegantes trabajos con el color y el metacrilato en la segunda mitad de los 70, la época “barroca” y su relación intelectual con el universo de Goethe (años 80), la interpretación del mundo del Jazz y los ángeles en los 90, finalmente, el llamado “contraminimalismo” como cierre finisecular.

Desde el punto de vista del mero deleite por las irresistibles formas, el arte De Alfaro no es solo lo propiamente matérico sino también el espacio que genera a su alrededor y en su interior, que y que paradójicamente hace convivir la ligereza con la monumentalidad en una misma obra haciéndonos olvidar las dimensiones reales de una pieza que en la cabeza del creador tenía vocación de poder convertirse en un logro, en la escala que le es propia, instalado en un espacio público, tal como sucedió en muchas ocasiones, felizmente. La exposición y por extensión el arte de Alfaro es doblemente disfrutable a través de lo que Vicente Jarque denomina en el texto del catálogo “registro polisémico”, ya que sus obras tienen una dimensión reflexiva, humanista e incluso reivindicativa, y por otro desprende una sensualidad, intuición que hasta en ocasiones lo lúdico que lo hacen irresistible. Una exposición imprescindible.

Miquel Navarro y el paisaje

Sin salir del Centro Cultural Bancaja y hasta el día 11 de noviembre, más escultura de nuestro tiempo. Miquel Navarro. Fluidos, puede ser tratada también de antología tras cuatro décadas ininterrumpidas de trabajo. La magnífica y compleja, en cuanto a montaje, exposición comisariada por Lola Durán Úcar que deja la impresión, una vez se deja reposar la experiencia, de que la mirada reflexiva, metafísica de Navarro la ha llevado a cabo a través de un vehículo principal: el paisaje. Paisaje urbano (ciudades), factoría, marjal, arquitectura rural. Siempre tengo la impresión de la escultura de Navarro se observa desde un espacio real, no abstracto. Nos hallamos en un lugar determinado, aunque quizás no sabemos cuándo exactamente. Poética y sin embargo espectacular su, inédita hasta esta exposición, Marjal: una evocación a vista de pájaro (como muchas de sus obras que descansan en el suelo y por tanto la perspectiva de visión del espectador es un contrapicado), a modo de gran maqueta idealizada de la imagen mental de un entorno que conoce a la perfección, más que una referencia concreta a un lugar determinado. Me interesan menos sus fotografías y la obra relacionada con el cuerpo humano.

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