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un contraste generacional sobre la muerte

'Faltar o morir' o cómo debemos entender el final de la vida

La exposición presentada por el Museu d'Etnologia plantea un contraste entre la manera tradicional de entender la muerte, desde la colectividad y la empatía; y la actual, desde el miedo y la sensación de fracaso

29/10/2020 - 

VALÈNCIA. La concepción tradicional de la muerte rompe de lleno con la que impregna a las generaciones actuales. En el pasado, de la muerte se hacía un acto social y colectivo que integraba el dolor de manera compartida. La pérdida se lamentaba y se aceptaba. Se apoyaba en ritos religiosos de todo tipo con el fin de que tuviera un sentido. Se buscaba percibir el control ante la amenaza y, todo ello, ayudaba a suplir la falta. 

Hoy en día, la percepción que las sociedades occidentales tienen de la muerte es muy distinta. Ese control, esa integración, esa colectividad, desaparecen. La muerte se reduce a la soledad, el dolor se aísla y se considera como un fracaso. Cunde la pretensión de olvidar, de ocultar en busca de la estabilidad interna. Se elimina el relato existencial. Quizás por la lejanía de la muerte por la prolongación de la vida, quizás por la banalidad, quizás por la pérdida de las tradiciones.  

Son dos formas de analizar la muerte muy distintas la una de la otra, ambas consecuencia de su tiempo. La exposición Faltar o morir. Un recorregut per l’absència habla de esto. O mejor dicho, lo hace tangible. Durante la mañana del miércoles, el Museu Valencià d’Etnologia presentó esta muestra diseñada por Eusebio López y comisariada por Raquel Ferrero y José María Candela

Todo empieza con un proyecto conjunto de Raquel Ferrero (responsable del Archivo de la Memoria Oral de los Valencianos) y la antropóloga Clara Colomina. Estudiando el concepto de la muerte y cómo ha cambiado con los tiempos, llevaron a cabo una serie de entrevistas a ancianos. “Al principio pensábamos que no accederían -explica Ferrero-, pero luego nos quedamos sorprendidas por su serenidad y su integración para hablar del tema”. De todo aquello, nació la exposición que abre hoy sus puertas. “No obstante, faltaba la museografía, la capacidad de plasmar cosas inmateriales como el frío, la ausencia, la soledad, el dolor... en algo corpóreo”. Y es ahí donde entran las figuras de Eusebio López y José María Candela, así como la participación especial del artista Noé Bermejo 

Faltar o morir. Un recorregut per l’absència plantea un viaje a través de esas dos formas de entender el final de la vida, y lo hace a partir de un hilo dominante: No es lo mismo faltar que morir. Raquel Ferrero apunta que, aunque en los diccionarios aparezcan ambos conceptos, “equipararlos en el análisis social es un reduccionismo”. Por su parte, el comisario José María Candela señala que la exposición se ha basado en testimonios del territorio valenciano, pero que “los procesos de cambio que giran en torno a la muerte aquí” son perfectamente extrapolables “a todo Occidente”.  

El ‘deber moral’ de evitar la tristeza 

La exposición presentada por el Museu d’Etnologia trata de, en palabras de Raquel Ferrero, “recuperar la conciencia de nuestra condición humana para reconciliarnos con la muerte”. Porque según explica, esa reconciliación es totalmente necesaria. “Parece que morir signifique desaparecer. No es nada progresista sumirse en la negación total de la muerte desde el imperio de la (supuesta) felicidad". La voluntad de la muestra, desde esta óptica, es preservar la muerte entendida como “certezas para los que vendrán”. 

Tanto Ferrero como Candela han explicado que es incoherente entender la muerte como un fracaso si partimos de que es un proceso lógico y natural de la existencia humana. “Creemos que el prolongamiento de la vida en base a avances tecnológicos, sanitarios, etcétera, hace que nuestra percepción de la muerte sea muy lejana”, señala Caldera. Según él, la muerte se sugiere ante nosotros como implanteable, lo cual pone en evidencia “una necesidad de ser felices y casi un deber moral de evitar la tristeza” que, en resumidas cuentas, son errores teniendo en cuenta la realidad. 

De esta manera, Faltar o morir. Un recorregut per l’absència se alza para reivindicar el derecho a sufrir una muerte, pues ello forma parte de la vida y construye la conciencia de cada uno. Y lo hace por medio de una serie de piezas que muestran ese contraste entre las dos maneras de ver la muerte.  

Un contraste en blanco y negro

La muestra se extiende por diversas salas a través de las cuales transcurre el viaje entre esos dos imaginarios. Nada más entrar, a modo de prólogo, un ciprés arrancado de la tierra se levanta por encima del suelo. “Este árbol simboliza un acto de violencia, se le ha arrancado de la tierra”, dejando sus raíces al aire, desposeyéndolo de su verdadera naturaleza.  A continuación, un pasillo oscuro desemboca en otra sala, también oscura, donde distintas partes de la muestra están cubiertas por telas negras (a modo de velos funerarios). Se plantea en dicho punto el significado tradicional de la muerte. Alrededor hay todo tipo de objetos que evocan la agonía de la pérdida. Una cómoda llena de velas encendidas, un catafalco y, al fondo, un zorro y un búho disecados, cuyo significado es “la anunciación de una muerte inminente”. 

Siguiendo por la estancia, un círculo de sillas recuerda al velatorio. “Se prestaba mucho el sentimiento”, arguye Raquel Ferrero haciendo referencia a una frase que le dijo una de las ancianas que entrevistó. “El dolor en la muerte tradicional es integrador. Yo te presto mi dolor y tu eres partícipe de él. Te acompaño, porque tú ya me lo devolverás”.  

Aparece de pronto un ataúd. Tras él, una multitud de lápidas descansan colgadas de la pared. “Son lápidas originales, y el ataúd también es real”. Y al otro lado, un montón de relojes con las manecillas paradas. “Cuando alguien moría, los relojes se paraban y las casas se vaciaban”, explica la comisaria aludiendo a la cantidad de ritos que las generaciones de antes llevaban a cabo con el fin de aplacar su fuero interno. A continuación, una vitrina con joyas antiguas que cuelgan sobre agua y que gotea desde arriba. “Pura poesía -indica Ferrero-, las joyas representan el duelo. Las gotas de agua el llanto”. Así, esa primera parte de la exposición narra la muerte desde un sentido común, público, de solidaridad vecinal. “Se moría uno, se morían todos”, reza un mensaje legible desde la oscuridad. 

Después, unas escaleras conducen al piso superior. De pronto, todo cambia. El negro se convierte en blanco, el calor en frío y la compañía en aislamiento. La nueva estancia es mucho más impersonal y distante, mucho más apática. Las blancas paredes relucen alrededor de cinco pequeñas secciones. “Eludint la mort”, se puede leer en la pared, en letras grises. “Esta sala evoca la muerte como negocio, la muerte burocratizada”, explica Ferrero. En cada sección hay objetos que definen la realidad de ese nuevo fin de la vida. En una se puede ver material de tanatopraxia, en ese afán por embellecer y prolongar la apariencia física tras el fallecimiento; en la siguiente hay un puñado de libros de autoayuda sobre varios estantes, como muestra de esa ocultación de la desdicha, de ese ‘deber moral’ de evitar la infelicidad; en otra hay herramientas para perpetuar la juventud, como jeringuillas de botox; y en otra imágenes de la cultura distópica que circunda a la sociedad actual: cómics apocalípticos, imágenes de esqueletos, etcétera.  

“El primer tanatorio en España fue construido en 1968 –señala la comisaria-, en Barcelona. Y en solo doce años a partir de ahí, se construyeron miles”. Eso es, según ella, el negocio de la muerte, “un cambio en la manera de percibir el final de la vida totalmente programado 

Escultura de Noé Bermejo 

La muestra termina devolviendo al espectador a la oscuridad. Lo hace a través de un pasillo con las paredes y el suelo mullidos, simbolizando la inestabilidad que supone concebir la muerte como un fracaso. Al atravesarlo, una escultura reposa en el centro de una sala, también oscura. Se trata de una estructura plagada de cristales y marcos rotos que el artista Noé Bermejo ha ido recopilando a lo largo de diez años de rastros y mercadillos. Todos esos recuerdos que la tradición utilizaba para ‘superar’ una muerte, ahora apilados como si fueran basura, relegados a la nada 

“El valor de la vida entendido como se hacía antes, desaparece”, explica Bermejo. “Esta obra habla de la importancia de la memoria y el recuerdo. La memoria entendida no como capacidad física, sino como dispositivo psíquico”. Los cristales, despojados ahora de sentido, “solo albergan polvo”. Y en el centro, un reloj que va girando. El artista concluye con un sencillo mensaje: “Recordad, recordad y recordad”.  

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