VALÈNCIA. "Veo difícil que la computación fotónica cuaje en algo comercialmente competitivo". Así lo cree José F. Duato Marín, director de Arquitectura de Sistemas de Openchip & Software Technologies y académico numerario de la Real Academia de Ciencias de España, quien se muestra prudente sobre las posibilidades de los procesadores ópticos para competir con la tecnología actual en la confección de chips. El investigador, quien participó recientemente en los Diálogos Ivie - Fundació Ernest Lluch 2026, señala el ruido térmico como uno de los obstáculos para su desarrollo y advierte de la inversión necesaria para alcanzar las prestaciones de una industria que acumula décadas de avances. "Cualquier tecnología alternativa que se plantee necesitará inversiones astronómicas para igualar las prestaciones", sostiene.
Ingeniero industrial y doctor por la Universitat Politècnica de València (UPV), donde es catedrático de Arquitectura y Tecnología de Computadores, Duato cuenta con una trayectoria vinculada al desarrollo de tecnologías para supercomputación. Sus técnicas de encaminamiento se han utilizado en equipos como el Cray T3E y el IBM BlueGene/L, y ha colaborado con compañías como IBM, AMD o Sun Microsystems. Director o codirector de 25 tesis doctorales, ha recibido reconocimientos como el Premio Rey Jaime I de Nuevas Tecnologías y el Premio Nacional de Investigación Julio Rey Pastor.
En esta entrevista con Plaza, Duato aborda también las oportunidades y los costes de la inteligencia artificial, desde su consumo energético hasta los riesgos de otorgarle capacidad para actuar sin intervención humana. Asimismo, defiende la inversión pública en desarrollos propios para reducir la dependencia tecnológica de España y Europa, aunque sitúa el diseño de chips por delante de la fabricación desde el punto de vista de la seguridad. "Para mí es casi más importante el aspecto de seguridad y privacidad que el económico", afirma.

- ¿Cuáles son los beneficios y costes de la IA más allá de la economía?
- Los beneficios son muchos y muy variados. Es una herramienta impresionante, como pocas de las que ha tenido el ser humano a su disposición, y puede hacer casi todo en el mundo digital, desde un acceso sofisticado a la información hasta la elaboración de informes, análisis e incluso actividades de investigación, si se le orienta adecuadamente. Los beneficios son muchos, pero el coste también es elevado. No solamente económico y lo que cuestan las máquinas, la electricidad y la evacuación del calor.
También está la energía que necesita, que hay que producirla y que puede provocar un impacto medioambiental bastante grave. También está la refrigeración. Toda esa energía que se consume para mover datos se transforma en calor y hay que evacuarlo. Ese impacto medioambiental es el mayor peligro. Luego hay otra serie de consecuencias geopolíticas relacionadas con la obtención de recursos, que está provocando guerras o, por lo menos, es uno de los fuertes incentivos para provocarlas. Los diferentes países están posicionándose para conseguir recursos naturales, centros de fabricación, tecnologías, etcétera.
- Las grandes compañías están planteando escenarios apocalípticos sobre el desarrollo de la IA. ¿Con qué nos quedamos?
- Es un poco difícil de evaluar con precisión en estos momentos, porque no tengo información ni acceso directo a algunos de los experimentos más avanzados que se han realizado. Parece ser que hay entes dirigidos por IA que han adoptado actitudes que parecerían cercanas a las humanas, con todos los riesgos que conlleva. Pero sí puedo decir con certeza que hay diferentes formas de usar la IA. Una es como herramienta de consulta de información, como asesor. Le podemos pedir que busque una información, que elabore un informe, que nos recomiende algo, y nosotros le hacemos caso o no después.
Pero hay otra forma de usar la IA, que es introducirla en la automatización de procesos. Ahí la tecnología ya tiene acceso directo a controlar procesos y realizar actuaciones en el mundo físico. Hablo de procesos que pueden ir desde la automatización de un almacén, donde procesa peticiones, extrae pedidos y los mete en cajas, hasta, en el otro extremo, el control de armas, el lanzamiento de misiles o la selección de objetivos. En la medida en que la IA puede utilizarse para controlar el mundo real, en aquellos casos en los que se hace, da igual que sea inteligente o no. Tiene capacidad de procesar y tomar decisiones porque se la concedemos, y ahí es donde puede haber peligro, cuando le damos el control de procesos.

- ¿Y cómo se equilibra esa voluntad de avanzar con los límites?
- Hay una forma muy clara y es restringir su acceso al mundo físico, de manera que se quede en el mundo digital, con una interfaz entre la persona y la máquina que puede ser una pantalla o el lenguaje hablado. Que la IA se quede como un asesor, como alguien que nos puede dar recomendaciones, pero las actuaciones las haremos nosotros. Si nos mantenemos ahí, no hay ningún peligro. Pero ya le estamos dando acceso a que controle cosas.
Por ejemplo, en el mundo de la banca y los seguros se puede dar acceso a una IA, organizada como agentes, para que gestione las peticiones de los clientes y las procese directamente, sin intervención humana. Si hay una reclamación, una petición de asesoramiento sobre inversiones o una solicitud de préstamo que requiere una valoración, se pueden diseñar sistemas de IA que cumplan la normativa, que tengan salvaguardas y que vigilen que todo es correcto. Bajo esas condiciones, damos acceso a la IA para que pueda hacer desde una transferencia hasta conceder un préstamo. Y, en caso de la mínima duda, trasladarlo a una persona. Ese es un buen ejemplo de cómo se puede dar acceso a la IA al mundo físico, pero manteniéndola más o menos bajo control.
Hay otros casos, como en medicina, en los que se puede usar como recomendador. Le damos acceso a toda la información radiológica, nos aseguramos de que no va a filtrar datos al exterior, aunque nunca será seguro al 100%, y le damos acceso al historial del paciente y a artículos científicos publicados. Con eso le pedimos un diagnóstico. Pero no hay que quedarse ahí y es necesario que señale el por qué ese es el diagnóstico, qué ha visto, que lo justifique y que sea un profesional médico el que tenga la última palabra sobre si eso es, por ejemplo, un cáncer. Además, permite detectar anomalías previas que indicaban que el paciente podía tener esa enfermedad, lo que permite detectar enfermedades de forma muy anticipada. Puede ser muy útil la IA, pero siempre bajo el control adecuado.
- Usted, que forma parte de Openchip, ¿cree que es necesario que el sector público haga grandes inversiones en compañías de inteligencia artificial?
- Yo creo que sí. Nosotros, como cualquier país ante una nueva tecnología, podemos adoptar la postura de que inventen ellos. Pero eso tiene dos implicaciones muy importantes. Una es el gasto que supone, porque no inviertes para desarrollar esa tecnología, pero pagas por ella a precios muy elevados, porque los países que la han desarrollado y la comercializan quieren sacarle un rendimiento económico. Entonces estás pagando un precio superior al que hubieras desembolsado si hubieras hecho una inversión previa. La otra es la dependencia tecnológica, que hace que, en un determinado momento, te puedan cortar el grifo. Por ejemplo, la crisis de los chips que afectó al sector del automóvil. En Alemania no podían fabricar coches porque no tenían chips para controlar los motores debido a una crisis en otra parte del planeta.
Pero, claro, una fábrica de chips cuesta más que un portaaviones. Una inversión se puede hacer a muchos niveles. No tenemos que decir: o todo o nada. Podemos empezar por desarrollar y entrenar nuestros propios modelos de IA en lugar de usar los de empresas de otros países. De esta forma, podemos entrenarlos y tener un coste que controlamos, además de elegir con qué datos los entrenamos para que no tengan sesgos que no nos interesen y cumplan determinada normativa. Ese sería un primer paso.
El siguiente sería disponer de una infraestructura en España comprada a empresas extranjeras, desarrollada con empresas extranjeras, pero sobre la que tengamos más control: cuánto consume, si la alimentamos con renovables o no, cómo la refrigeramos y cómo damos servicio a nuestros ciudadanos. El paso siguiente es diseñar nosotros los dispositivos que se van a utilizar, aunque los chips se fabriquen en Taiwán. ¿Quién nos asegura que los chips de una compañía extranjera no tienen una puerta trasera con la que estén sacando una copia de la información que les interese? Solo podremos tener una garantía absoluta si los diseñamos nosotros. Y, llegando al extremo, nos interesaría hacer la mayor inversión de todas, que es montar nuestras fábricas de chips, fabricar nosotros y tener autonomía. Aún nos quedarían los recursos naturales que se utilizan para la fabricación de chips, y eso ya dependería de si hay yacimientos o no. No podemos decidir dónde están.

- ¿Qué busca conseguir Openchip y por qué es tan clave para la industria nacional?
- Está en la misma línea: si queremos tener soberanía tecnológica en España y Europa y no depender de empresas de otros países, necesitamos hacer desarrollos propios. Y los diseños propios no solamente permiten disponer de una tecnología que, si bien requiere una inversión elevada al principio, a largo plazo nos va a abaratar los costes significativamente. También permiten cumplir determinadas normativas y requisitos.
Si queremos ofrecer a un cliente una IA segura y garantizarle que, si pone un modelo propio, nadie va a acceder a sus parámetros, ¿podemos ofrecer esas garantías? ¿O que sus datos no van a ser retenidos o vendidos? Eso pasa por tener un desarrollo propio. Para mí es casi más importante el aspecto de seguridad y privacidad que el económico, que también es muy importante.
Pero también está la dependencia tecnológica, como se ve en la batalla entre EEUU y China. En un momento determinado, China desarrolla un supercomputador y se coloca en el número uno de la lista de los 500 más rápidos del mundo, y a EEUU le sienta mal. Cuando ya colocan el segundo, EEUU le dice a Intel que no venda chips a China. Pero estos desarrollaron su propio procesador. Si tienes dependencia tecnológica y un país extranjero te corta el grifo, estás vendido.
Europa es un continente que está demostrando que es más racional, más solidario y más sensible a las necesidades humanas que otros continentes. Por tanto, nos merecemos tener tecnología propia y que, cuando estamos haciendo las cosas bien y otro país con malas intenciones nos cierra el grifo de la tecnología, podamos decirle que no lo necesitamos. Aunque nuestra tecnología no sea tan potente, puede cubrir nuestras necesidades.
- ¿Llega Europa tarde con sus estrategias de la Ley de Chips?
- Desde luego, hemos llegado tarde a la carrera por tener el chip más potente, pero no creo que esto sea primordial o esencial ni que determine si vamos a poder seguir avanzando. A lo que no llegamos tarde es a la regulación, con la que estamos avanzando más rápido que otros continentes, ni a la soberanía tecnológica: a disponer de tecnología propia para cubrir nuestras necesidades. Aunque eso nos dificulte exportarla a otros continentes, es más que suficiente.
Por supuesto, vamos a aspirar a ser competitivos y a poder vender fuera de Europa, pero el primer paso es tener y garantizar esa soberanía tecnológica. Y a eso no llegamos tarde. Es verdad que hacen falta alianzas, y yo en estos momentos veo una posible alianza con Japón, cuyo Gobierno está invirtiendo en desarrollar una fábrica de chips de última generación. Si no queremos depender de Taiwán, que está bastante condicionado por EEUU, podemos llegar a un acuerdo con ellos.

- ¿Cómo de importante sería fabricar en Europa?
- Es menos clave. Es mucho más caro montar una fábrica que diseñar un chip, pero es menos importante porque los fabricantes son empresas a las que tú les das un diseño cerrado y te fabrican lo que les das. Cuando hablamos de diseño, es posible controlar que no haya puertas traseras y tener una serie de garantías de privacidad, seguridad y cumplimiento de la normativa.
La fabricación también es importante desde el punto de vista económico y de la dependencia tecnológica, pero no tanto desde el de la seguridad. Por lo tanto, es mucho más relevante el diseño que la fabricación. Evidentemente, si en algún momento se pudiera construir una fábrica en Europa, no en España, sería deseable, porque en su momento había fábricas de chips.
- ¿Y por qué descartar España?
- Por el nivel de inversión. En España tenemos una sensibilidad por las cuestiones sociales, por el Estado del bienestar, y queremos disponer de recursos públicos para la enseñanza y todo lo relacionado con la salud. Eso cuesta mucho dinero y todavía no estamos cubriendo todas las necesidades. Entonces, me parecería absurdo destinar fondos que todavía son insuficientes para esto a tener una fábrica propia. Hay otras prioridades.
Dicho esto, si en algún momento pudiéramos, sería deseable tener una fábrica. Ahora bien, dado el enorme coste que tiene, lo más lógico y sensato, no ahora, sino en el futuro, es llegar a un acuerdo entre los países que forman la UE para financiarla conjuntamente. A partir de ahí, da igual dónde se instale. La cuestión es que no tiene que ser una inversión estrictamente española, sino europea, porque lo veo como una cuestión estratégica para Europa, pero no como una cuestión crítica de ciberseguridad. Al margen de la fábrica, la cadena completa incluiría el software y el hardware.

- ¿En qué punto ve a la Comunitat Valenciana en el sector?
- Hay varios niveles. Si empezamos por el más sencillo, a nivel de investigación hay un área tecnológica, la arquitectura y tecnología de computadores, en la que puedo decirte que tenemos excelentes investigadores en España. Y, por número de habitantes, somos uno de los mejores países del mundo. Esto nos permite diseñar el conjunto, la funcionalidad de los componentes… Si seguimos bajando y vamos al diseño, tenemos varias empresas en España que diseñan chips. Esto ha venido propiciado, en parte, porque hay diseños abiertos, como RISC-V, que permiten partir de esa base. En esos frentes estamos bien.
¿Somos competitivos? El tiempo nos lo dirá, porque, aunque tenemos varias empresas de diseño en España, están surgiendo como setas. Estaba leyendo estos días una noticia sobre cómo Zúrich, por ejemplo, está convirtiéndose en la alternativa europea a Silicon Valley. Primero ha atraído las inversiones de grandes empresas como Google, Meta u OpenAI. Todas tienen sede allí, pero, además, hay un número elevado de startups que han abierto sus puertas para diseñar aceleradores de IA. Son empresas que serán competidoras de Openchip. Esto se está dando rápidamente y lo tenemos cerca. Han sabido montar un entorno atractivo para que vayan allí.
- Con iniciativas como Valencia Silicon Cluster y la investigación en fotónica, ¿qué puede hacer la Comunitat Valenciana?
- Esto que voy a decir me sabe mal, porque puede ir en contra de algunos compañeros que están trabajando muy duramente en determinados frentes, pero hay tecnologías que veo muy difíciles, con las que va a ser muy difícil llegar al mercado. Por ejemplo, la computación cuántica. Aunque se ha avanzado mucho y se tiene que seguir investigando para que algún día se convierta en una realidad, todavía está muy lejos de serlo. Hay muchos motivos, pero uno muy importante es el ruido. Es una computación altamente inestable e incluso un solo fotón puede perturbar un cúbit, hacer que cambie su estado y que el resultado de la computación sea inválido.
En computación fotónica, como la de iPronics, hace años que José Capmany está trabajando en desarrollar un procesador óptico, pero, de nuevo, es analógico y sensible al ruido. Nosotros ya descartamos los computadores electrónicos analógicos hace más de medio siglo en favor de los digitales por el ruido electromagnético. En el caso de los ópticos, no es ruido electromagnético, sino térmico. El calentamiento lo hace muy inestable y es difícil que lleguen a ser tecnologías comerciales competitivas con la tecnología actual.
Sí, hay muchos intentos, pero veo difícil que cuajen en algo comercialmente competitivo y comparable a las tecnologías que tenemos en estos momentos. De hecho, la tecnología actual lleva tantas décadas en el mercado y se ha invertido tantísimo en fábricas e investigación que, en estos momentos, cualquier tecnología alternativa que se plantee necesitará inversiones astronómicas para igualar las prestaciones.

- Pero llama la atención la ronda de 108 millones de euros de iPronics.
- Eso es peccata minuta para los inversores, comparado con los billones de euros que habría que invertir para poder llevar esas tecnologías al mercado. Al único país que veo con potencial en este momento para invertir en una tecnología diferente, que no es tan radicalmente distinta porque es básicamente lo mismo que tenemos, pero con disulfuro de molibdeno en vez de silicio, es a China. Es posible que dentro de unos cuantos años tengamos chips con este material que sean competitivos.