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¿A qué has venido exactamente?

El científico español Alejandro López-Bezanilla investiga en la vanguardia de la cuántica en el Laboratorio Nacional de Los Álamos en Estados Unidos, el que fundó Oppenheimer para el Proyecto Manhattan. Tuve la, quizás agridulce, fortuna de ser el primer periodista español que le contactó y le propuso mantener una conversación. Apasionante, claro. En el tramo final, hablamos sobre la relación de nuestra élite investigadora con los representantes de la Administración que suelen acercarse a ellos con voluntad de estrechar lazos, pero sin tener muy claro para hacer qué. 

Es un asunto que he tratado en más de una charla con científicos de ese nivel y la tónica suele ser parecida. “A ver, chico, qué podemos hacer para que esto se promocione", le dijeron a uno de ellos. Es un planteamiento habitual. “¿A quién puedes presentarme?” Y en ese plan. “A un embajador le dije: perdona, qué necesidades tenéis en las que podemos participar. ¿Quién en España tiene interés en trabajar con nosotros? Y se quedó en nada", me comenta López-Bezanilla.

A los investigadores de ese nivel, por más que quieran a su tierra, les incomodan las reuniones sin un escenario claro de colaboración. Hay que ir con los deberes hechos. Un agregado cultural de la Embajada española, sin idea de ciencia, intentando establecer puentes con el ¡Laboratorio Nacional de Los Álamos! En fin. Si no hay un ecosistema de investigación y corporativo dispuesto a dar pasos para avanzar en un trabajo conjunto, que es muchas veces lo que pasa, tiempo perdido.

Y si la reunión se produce en una empresa tecnológica en Silicon Valley, peor. Por la mente de un directivo big tech pasan reflexiones similares a las de los científicos, pero la conclusión final es muy distinta. Se debe preparar el terreno con cierta antelación para que el encuentro sea productivo y no estrictamente turístico. 

Ante un planteamiento de “cómo podemos colaborar, dime con quién podemos hablar, somos la mejor tierra del mundo, mira cuántas universidades tenemos”, el directivo de la empieza a procesar sólo una cosa en su mente: “qué les voy a vender”. No reacciona con un “que me dejen en paz”, como haría un científico de primer nivel. No. Se frota las manos, “aquí hay negocio y me lo dan en bandeja”.

Datos como estrategia de negociación

Uno de los procesos más apasionantes de los últimos tiempos ha tenido lugar en un tribunal Estados Unidos. Google ofreció 10 millones de dólares para comprar los mensajes internos de trabajo de la compañía Spirit Airlines, en quiebra. Incluyen 500 millones de mensajes de Microsoft Teams y unos 100 millones de correos electrónicos. Google quería utilizar esta información para entrenar sus modelos de inteligencia artificial (IA).

El asunto se complicó por diversas razones. Los sindicatos protestaron, claro, porque lo que estaba en venta eran los mensajes privados de los trabajadores. Apareció otra oferta de 12,5 millones de una startup tecnológica que consideraba que el precio de Google era demasiado bajo para una información tan valiosa. Y el tercer factor de complejidad es que el gigante tecnológico prometió eliminar los datos personales de los mensajes antes de usarlos, pero todas las conversaciones están conectadas: para que los datos sean útiles, los modelos de IA deben entender cómo se conectan las respuestas, los equipos y los proyectos. 

Como explica el experto portugués Antonio Vieira, “bajo estrictas leyes de privacidad en Europa, los datos solo son verdaderamente anónimos si no puedes identificar a alguien conectando las pistas”. Para los líderes empresariales, profesionales de recursos humanos y empleados, la lección es clara: todo lo creado en los sistemas de la empresa es un activo que puede sobrevivir a la propia organización.

Hay un punto de alarma en esa afirmación, pero también de oportunidad. En los debates de FORO Plaza se ha suscitado insistentemente la posibilidad de crear espacios de datos a los que aporten información empresas del mismo sector, e incluso de sectores distintos y hasta la propia Administración. Si las grandes corporaciones, que disponen de datos medianamente preparados, son reacias a compartir, en el caso de las pymes ni se ve el modelo ni se encuentra la utilidad.

Pero este caso de Google pone de manifiesto el enorme apetito por datos empresariales, más allá de los ya sobreexplotados de la experiencia de consumo. Se quieren los datos de operaciones, gestión de activos, negocio, los más valiosos. Una estrategia de concentración de datos concertada por parte cualquiera de nuestros sectores, ya sea turismo, industria, transporte, puede proporcionar a las pymes un poder de negociación insospechado si se sientan en la mesa con las grandes corporaciones.

El valor de la planta industrial de Ford​​​​​​

Sólo puede mandar uno, y todos sabemos quién es, lo cual no suscita demasiada tranquilidad, pese a que vivimos instalados en un aparente estado de euforia, pero esa es otra cuestión. El acuerdo de Ford y Geely implica valorar las instalaciones industriales valencianas en unos 650 millones de euros. Un dato interesante, porque revela el valor de mercado de un complejo industrial con medio siglo de actividad, si se eliminan los elementos intangibles.

650 millones de euros equivale al precio sumado de casi toda la plantilla titular de un club de la élite de la Champions League como el Real Madrid o el Manchester City. Es también el salario previsto en el contrato récord que ha firmado la estrella del béisbol Shohei Ohtani con Los Angeles Dodgers por 10 años.

Con 650 millones de euros se puede construir un tramo completo subterráneo de línea de metro urbano de unos cinco a ocho kilómetros con estaciones de alta tecnología incluidas. Es el presupuesto de las dos películas de Avatar juntas y el coste de una misión de la NASA con sondas para explorar asteroides o planetas vecinos como Venus.

Acciona ha cerrado la compra del negocio de líneas de transmisión de energía en Perú a la gestora Darby International por una valoración cercana a los 220 millones de euros. Por ese dinero, en tres años pagaría la planta de Ford. 

Sirva de llamada de atención lo sucedido en Almussafes porque la operativa se está reproduciendo en muchos otros complejos industriales de nuestro país. China necesita adquirir la cultura de producción adaptada a la regulación europea que tienen nuestras fábricas, pero no necesitará pagar a precio de cultura, le basta con el coste de las instalaciones y los equipos.

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