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TRIBUNA LIBRE / OPINIÓN

Franco y la economía: el milagro que nunca existió

Lo ocurrido en España entonces no tuvo nada de excepcional, sino que fue parte de un proceso mucho más general, conocido como la Golden Age

20/11/2015 - 

VALENCIA. Referirse al “milagro económico español” sigue siendo frecuente a la hora de valorar los resultados del franquismo. En especial en su segunda etapa, (1960-1975) la del decenio y medio anterior a la muerte del dictador. No es improbable que ello se deba a que sabiendo que, como canta el tango, veinte años no es nada, tampoco cuarenta han sido suficientes para divulgar una valoración de aquella etapa integrando la evolución española dentro del contexto europeo: más concretamente, la del territorio que quedó fuera del control soviético tras la II Guerra Mundial. Si se aborda esta comparación, la conclusión es que lo ocurrido en España entonces no tuvo nada de excepcional; fue parte de un proceso mucho más general, conocido como la Golden Agedurante el cual el área occidental del viejo continente experimentó cambios muy profundos por la intensidad y la duración del crecimiento. En otras palabras: en el entorno europeo la de España fue una evolución plenamente normal. De milagro económico del franquismo, por tanto, nada de nada.

La expansión económica de Europa Occidental en los dos decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial fue la más elevada de los que hay constancia, hasta el punto de que algunos investigadores la consideran una excepción en la tendencia secular. La consolidación de la supremacía de los Estados Unidos y un nuevo consenso social en los países occidentales más afectados por la guerra abrieron una nueva época durante la cual se alcanzaron unos ritmos de crecimiento desconocidos. Lo relevante aquí es que aquella transformación estuvo dominada por lo que se conoce como catching up, o convergencia económica, un fenómeno en el cual las economías menos avanzadas en términos de renta por habitante acortan la distancia que las separa de las más desarrolladas. 

Los procesos de convergencia no son de aplicación universal, al requerir la presencia de otras variables. Pero uno de ellos sucedió en aquellos años en esta parte del mundo. De esa forma, economías más atrasadas como España (una vez abandonada la pretensión autárquica), Portugal, Grecia o Italia, crecieron a un ritmo muy superior al de aquellas que partían de un nivel de renta por habitante más elevado, como Francia o Reino Unido. Si se comparan las cifras españolas con las de Grecia o Portugal en lugar de con las de los países líderes, se constata que las del “milagro económico” del franquismo (7.06% anual acumulativo) son menores que la de la economía helena (7.7%) e iguales a las de la portuguesa (6.9%). Y superiores, como cabía esperar, a las de Reino Unido (3.17%) y Francia (5.8%) que partían de un nivel de desarrollo superior. Las cifras, como puede comprobarse, no reflejan una trayectoria española excepcional: en una comparación pertinente, España dentro de los países del Sur de Europa, la evolución dista de ser la que le otorga la percepción todavía hoy habitual sobre el franquismo y la economía.. 

Las interpretaciones sobre qué provocó la Golden Age son diversas. Combinan variables sociales y políticas, como el impacto del horror colectivo ante el desastre de la II Guerra Mundial o el enfrentamiento geoestratégico de la Guerra Fría, que favorecieron una estrecha cooperación entre gobiernos occidentales, con otras económicas como las nuevas relaciones entre los trabajadores y los empresarios y la desaparición de los movimientos revolucionarios, tan virulentos durante el período de entreguerras. Ello creó un clima favorable a la inversión y, unidos a la revolución de la tecnología y a la liberalización comercial, condujeron a la nueva sociedad europea. Desde la perspectiva macroeconómica, la causa directa del crecimiento superior al 4% anual durante dos décadas tras 1945 fue un aumento de la inversión muy por encima de su tendencia histórica. La contribución del Plan Marshall a la expansión es indiscutible, aunque imprecisa. En todo caso, la inversión incorporó técnicas de producción mucho más eficientes y provocó una mejora espectacular en la productividad. Aquí también, la contribución de los Estados Unidos es incontestable por cuando gran parte de las nuevas técnicas integraban innovación tecnológica generada en este país. Como se ha señalado fue entonces cuando “la tecnología estadounidense llegó a Europa”. Así mismo, tuvo lugar un elevado aumento del comercio exterior, con lo que, al ampliarse el tamaño del mercado, se potenciaron las economías a escala. 

Los determinantes de aquella etapa no estuvieron sólo en el lado de la oferta. La existencia de la tecnología a precio favorable, de financiación para invertir ganando eficiencia y de moderadas barreras comerciales para permitir la difusión de estas nuevas tecnologías incorporadas a los bienes de equipo fueron una cara de la moneda. La otra sería el conjunto de instituciones establecidas en Europa tras el conflicto bélico. Nuevas instituciones entendidas, no sólo, ni sobre todo, como organizaciones sino como el conjunto de “reglas de juego”. En síntesis, se instauraron comportamientos de los agentes incentivadoras del crecimiento. Entre ellas, destacan el establecimiento de contratos de trabajo a largo plazo y ventajas sociales o sindicales, un Estado del Bienestar que no se desarrollaría en España hasta cuarenta años más tarde, a cambio de mantener la moderación salarial y la estabilidad social. En las relaciones con el exterior, la liberalización favoreció la especialización y la mejora de la eficiencia.

Industrialización

Todo lo anterior no niega lo obvio: entre 1959 y 1973, España se consolidó como una sociedad industrializada con todos los atributos que ello conlleva. No sólo progresó de manera destacada el PIB y la renta por habitante sino que en 1973 se habían modificado aspectos fundamentales de las formas de producir y de vivir de los más de los 34 millones de españoles.

Como resultado de la urbanización, las ciudades más grandes, con Madrid y Barcelona a la cabeza, aumentaron su peso demográfico. Por otro lado, se alteró la estructura del gasto familiar, reduciéndose el peso de los alimentos y aumentando con ello otras partidas hasta entonces casi irrelevantes. Por ejemplo, los electrodomésticos básicos, prácticamente desconocidos hasta entonces en España, pasaron a ser parte del equipamiento de una parte relevante de los hogares aunque los de mayor precio como televisores, lavadoras y frigoríficos estuvieran presentes en menos de la mitad de ellos. La expansión del automóvil puede ser considerada el símbolo de la transformación: en 1957 había 145.532 turismos en circulación, en 1973 eran 3.803.659. 

Pero de nuevo, la multiplicidad de vectores que provocaron la metamorfosis española no debiera hacer perder de vista que su motor fundamental fueron los efectos positivos del intenso crecimiento económico europeo. El punto de partida fue la liberalización provocada por el Plan de Estabilización, julio de 1959, un conjunto de medidas inevitables ante la práctica suspensión de pagos en la que se encontraba España tras casi dos décadas de política económica extravagante derivada de la convicción del propio Franco de que “España es un país privilegiado que puede bastarse a sí mismo. Tenemos todo lo que hace falta para vivir y nuestra producción es lo suficientemente abundante para asegurar nuestra propia subsistencia. No tenemos necesidad de importar nada”. Pero sin el favorable contexto de la economía internacional, sus consecuencias hubieran sido muy poco relevantes o incluso un fracaso. 

La contribución exterior a los cambios fue crucial. Del exterior provino la tecnología que revolucionó la estructura productiva y también cuantiosas entradas de capital y transferencias con las cuales se equilibró el déficit permanente de la balanza comercial. Gracias a los ingresos por turismo, las remesas de emigrantes y la inversión extranjera igualmente inseparables de la expansión europea, se pudo mantener el ritmo de las importaciones muy superior al de las ventas al exterior. Sin la tecnología que mejoró la productividad, sin las transferencias que permitieron pagarla y sin la absorción de la mano de obra excedente, más de un millón de españoles emigraron a otros países en especial a Francia y Alemania, la profunda transformación de la economía española no hubiera tenido lugar. Sin Golden Age, por tanto, se puede afirmar que no hubiera existido aquella etapa final de la industrialización. Sin la expansión del resto de Europa, por tanto, la tímida liberalización inaugurada en 1959 hubiera quedado bloqueada y nuestro nivel de vida actual sería, probablemente, muy inferior.


Jordi Palafox, Catedrático de Historia e Instituciones Económicas (jubilado)

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