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'LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR'

Hoteles y más hoteles, y al final del túnel, Courtney Love

Para un artista, el hotel es una especie de casa que le recuerda que nunca puede estar en la suya. Para un periodista, el hotel es un lugar que ayuda un poco a camuflarse y, en mi caso, para conseguir que me crea que mis preguntas las está haciendo otra persona

29/05/2016 - 

VALENCIA. Cuando una estrella de la música convoca a los medios, el hotel donde se encuentra puede llegar a convertirse en la sala de espera de un aeropuerto, solo que con menos gente y con un altísimo índice de periodistas entre los presentes. Unos toman notas, otros hablan con algún compañero y, con un poco de suerte, se forma algún corrillo y empiezan a surgir chismes y anécdotas jugosas que no necesariamente han de estar relacionadas con el personaje a entrevistar. El hall del hotel –estas cosas siempre ocurren en hoteles cuya graduación en estrellas es proporcional al éxito del músico en cuestión- se convierte en una especie de encuentro sin anfitriones, donde cada uno campa a sus anchas mientras todos esperamos a que llegue nuestro turno sin desesperarnos o ponernos nerviosos.

Hotel, dulce hotel

Esto que cuento pertenece sobre todo al pasado; hoy aún se dan este tipo de situaciones pero con menos frecuencia y de otra manera. Estas ruedas promocionales provienen de una época en la que la música era un negocio multimillonario, aún no había sido reventado por la piratería y por otras muchas posibilidades que internet iría ofreciendo al usuario para que éste ya no tuviera que comprar un disco. Hablo de una época en la que los presupuestos eran millonarios, cuando se fletaban expediciones de periodistas para ver en Londres, París o Los Ángeles a un artista consagrado, o simplemente para descubrir a uno entonces emergente, como pudieran serlo Nirvana o PJ Harvey. No se reparaba en gastos, todo eran alegrías. Los beneficios que generaba el negocio eran tan altos que nada era imposible.

Lo que la Presyler tiene en común con Lou Reed

Uno de esos hoteles podía ser, por ejemplo, el Villa Magna, famoso últimamente por haber sido el escenario en el que Vargas Llosa celebró su primer cumpleaños como pareja de Isabel Preysler. En aquellos tiempos ya acogía a grandes astros del rock y el pop en sus suntuosas habitaciones, y ponía la disposición de los grupos y cantantes su salones para que ofrecieran ruedas de prensa. El Meliá Castilla de Costa Fleming, el Palace y, por supuesto, el Ritz; lugares de lujo a los que solamente ibas si te tocaba entrevistar a alguien de mucha talla comercial. Siempre me resultó gracioso verme en las cafeterías, recibidores y suites de los grandes hoteles, a veces con una asiduidad irrisoria, esperando a ser recibido. Por Moby en el Santo Mauro, por ejemplo, otra de esas casas de huéspedes tan exquisitas en las que un buen día entras esperando cruzarte a Ana Obregón acabas dándote de narices con Iggy Pop.

Lluvia de estrellas

Abrir la puerta de una habitación del vetusto Palace y encontrarte, por ejemplo, a Tricky, que queda tan bien en un hotel de lujo como yo formando parte de la Compañía Nacional de Danza. Abrir otra puerta, ahora en el Villa Magna, y saludar a Lou Reed, antes o después de que le haya montado un pollo a alguien de Warner Music Spain. Entra de nuevo en el Palace para entrevistar a Elvis Costello y, encontrarte con un ejecutivo discográfico que está tomando café con Françoise Hardy, que casualmente también esta de promoción allí y además es extremadamente seca. Cruzar el recibidor después de todo eso y, antes de salir a la Carrera de San Jerónimo, descubrir que Lenny Kravitz y Vanessa Paradis están registrando en recepción, registrándose discretamente porque están de vacaciones. Una amiga que trabajaba haciendo prensa en una discográfica me contó que Michael Bolton solía inscribirse en los hoteles como Ben-Hur.

Servicio de habitaciones, ¿en qué puedo ayudarle?

He hecho entrevistas en hoteles de diversas ciudades y también otros países, pero los que más han dado de sí han sido los madrileños porque, como decía antes, de tanto volver una y otra vez a ellos, algunos se convirtieron en extrañamente familiares. Al ser sitios en los que se está de paso y, por regla general, se está lejos de casa, los hoteles son lugares muy liberadores. En un hotel puedes tener otra vida por unas horas o durante unos días. Son lugares cargados de misterio, porque todos los inquilinos son extraños entre sí, más extraños de los que lo serían en otras circunstancias. Y los ocupantes de cada una de las habitaciones de ese mismo establecimiento están como tú, fugazmente amparado por la opción de ser otro. Bien, pues yo a esa percepción he de añadirle el hecho de que en algunos de esos hoteles me he sentado a hablar durante un rato con personajes de los que bajo ninguna otra circunstancia podría haber estado tan cerca. Por ejemplo, Gore Vidal y John Waters. Madonna y Metallica. R.E.M. y Blur. Beastie Boys y Sonic Youth. Foo Fighters y Beck. Rufus Wainwright y The XX.

La alegre tropa de Courtney Love

En julio de 1998, Hole acamparon en el Villa Magna para presentar Celebrity Skin, el primer disco que grababa el grupo de Courtney Love tras el suicidio de Kurt Cobain. Dudo que el alboroto que hubo ese día en el vestíbulo del se repitiera en ninguna otra ocasión. Love no quería conceder entrevistas individuales –solo ofreció una- y las charlas con ella tenían que ser en compañía de otros miembros del grupo y compartidas con dos o tres medios más. Lo cual multiplicó la presencia de locutores y periodistas. Yo participé en uno de los encuentros con compañeros de Radio 3. En cuanto a Love, además de al grupo, se trajo al séquito completo, que incluía niñera para su hija Frances Bean y peluquera para ella. Ambicionaba ser una estrella y sabía aprovechar muy bien los elementos que tenía a mano para conseguirlo.

Aquella tarde –me la paseé enterita en el Villa Magna- fue muy divertida. Tensa, porque Courtney no permite que nadie se relaje un segundo, pero divertida. Estuvo cordial, supongo, una actitud inversamente proporcional al alivio que le proporcionaba saber que ninguno de los periodistas le iba a hacer preguntas incómodas. No porque todos los allí presentes fuésemos personas comprensivas de gran corazón, sino porque habíamos firmados una cláusula en la que nos comprometíamos a no tocar una serie de cuestiones no muy difíciles de imaginar. Una de esas historias que tienen su desenlace en un hotel de lujo en el cual difícilmente uno pasaría una noche por su cuenta y riesgo. Lugares donde tantas veces he esperado ese momento en el que llega alguien de la discográfica y te dice que en unos 10 minutos entras tú a hacer la entrevista.

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