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CUANDO HABÍA UHF

'La edad de oro' de la buena música en televisión

No es nostalgia: el programa de Paloma Chamorro fue una cita obligada para todo moderno de la Transición que se preciara. Su archivo es un tesoro

17/02/2018 - 

VALÈNCIA.- Hubo un momento en el que llegamos a convencernos de que este país había superado los traumas de la Guerra Civil y la consiguiente Dictadura. Creímos, o quisimos creer con todas nuestras fuerzas, que estábamos listos para eso que entonces se llamaba ‘ser modernos’. Pero no, listos no estábamos. Lo que estábamos era ansiosos por serlo. Pero las señales parecían decir otra cosa. Allá por 1984, medios de comunicación extranjeros comenzaron a publicar que España era lo más, proclamando a Madrid como la ciudad más divertida y deslumbrante del mundo. Allí estaban Almodóvar, Alaska, Derribos Arias, Ceesepe, Gabinete Caligari, Ana Curra, El Hortelano. Y, aprovechando la coyuntura de que entonces solamente existían dos cadenas de televisión, estaba Paloma Chamorro con su magnífica e irrepetible La edad de oro.

Chamorro, que empezó como locutora de continuidad en TVE, presentó y dirigió durante los setenta programas sobre artes plásticas como Galería, Trazos o Imágenes. Cuando Imágenes desapareció, ideó un proyecto que uniera música y arte, donde los protagonistas fueran los nombres emergentes de esa escena que, en 1980, todavía era subterránea. Cuando presentó su proyecto, que incluía entrevistas y conciertos en directo, desde el famoso estudio 1 de TVE, el programa se llamaba Arte moderno.

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En una de las entrevistas que realicé para el libro Alaska y otras historias de la movida (2002), la propia Chamorro relató así parte del proceso —le llevaría casi tres años—: «Los responsables de programas musicales comenzaron a llamarme intrusa. A continuación, Leopoldo Castedo, el director general de TVE, fue destituido y al puesto llegó Carlos Robles Piquer, cuñado de Fraga. Con él concluyó un período de cierta apertura en la televisión. Y la idea, concebida por una persona como yo, tantas veces censurada en la casa, quedó de nuevo congelada. Estaba bastante mal vista, tenía fama de roja y atrevida, era una chica atípica, ya que dirigía un programa en una época en la que una mujer no podía ser juez. Así que, imagínate, cómo podía ser dirigir equipos de hombres en estudios, salas de montaje… y manejártelas con el censor de turno, Pistolín, que era pequeñito pero llevaba una pistola más grande que él».

(Lea el artículo completo en el número de febrero de la revista Plaza)

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