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del viernes 25 de noviembre al 5 de enero

La galería Vangar explora el 'Tiempo redimido' en su nueva colectiva

24/11/2022 - 

VALÈNCIA. El viernes 25 de noviembre Vangar inaugura la exposición Tiempo redimido, una exposición de Alba Abellán, Adrián Jorques, María Marchirant y José Antonio Ochoa. Tal y como lo explica José Manuel Mora-Fandos la colectiva muestra "el arte y la vida cotidiana, voliendo a los paisajes con la intuición de una vuelta a casa", y explica que la muestra habla sobre el reencuentro del paisaje con el propio artista, en "un mundo que surge en diálogo con lo que está en potencia de serlo": "La naturaleza, o cualquier encrucijada humana que se aviene a la contemplación, se abre a la posibilidad de ser un mundo, de ser habitado y fructificado creativamente. Realmente, las líneas del paisaje apuntan a quien lo está configurando".  

"En la presente exposición —y toda exposición es, en el sentido indicado, una propuesta de mutua exposición— son varios los paisajes que se proponen. Van en ellos modos de habitar que transfiguran el tiempo mudo y delicuescente del reloj en tiempo de exposición humana, espiritual, y por lo tanto de permanencia. Tiempo redimido, como dice Ricoeur, tiempo que permanece mientras pasa, en el crear y en el acoger; tiempo desconfigurado que gana configuración por la trama del artificio literario; en nuestro caso, por el tramar de la mirada del pintor. Tiempo de paisaje, tiempo de volver", explica José Manuel Mora-Fandos.

El "tiempo" de los artistas

Alba Abellán levanta un paisaje posible, de vuelta a la naturaleza a través de experiencias matéricas para la mirada. Las texturas orgánicas son el camino para evocar el recuerdo de la naturaleza y traerlo al juego estético, potenciado también por títulos que refieren a lugares geográficos: conocidos o no por el espectador, sirven para implicar la conexión con la realidad y genera una vivencia de lugares habitables por la acción imaginativa.

Adrián Jorques “paisajea” la ciudad, lo hace ahondando en el uso de capas y transparencias que se vuelven signo de signos urbanos, de significaciones de la usura del tiempo sobre todas las cosas, del pasar de los habitantes y de sus huellas. Una revelación propuesta al espectador, sobre los modos en que habita el espacio común, y una meditación estética, ética, humana.

María Marchirant escoge el plano detalle para sobredimensionar paisajes puntuales que pasan desapercibidos a una mirada avezada al gran formato. La perspectiva queda atrás en esta relación de cercanía, y la artista compensa la ausencia aquilatando lo escogido, potenciando un cromatismo particular, lavado en blancos, que hace pensar en cielos y lagunas, en las texturas visuales de aires y aguas.

José Antonio Ochoa elige una naturaleza atemperada por el blanco y negro, por la distancia, por el silencio. Una emoción intensa en tono menor —quizás esta paradoja cifre la misteriosa fuerza de su pintura—, sin estallido ni estridencia, resultado de convocar con delicadeza al espectador e inducirlo a implicar sus propias emociones desde reclamos bien configurados, encuadres (in)conscientemente reconocibles en nuestros modos de mirar colectivos.

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