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La ley de Función Pública más allá del valenciano

11/03/2021 - 

La función pública podría parecer un lince, una especie en peligro de extinción, atendiendo a la precariedad y la falta de previsión bajo la que se ha desarrollado en la última década. Basta un dato: de seguir así, en dos décadas se habría jubilado el 75 % de los funcionarios y funcionarias públicas del servicio público valenciano. La administración necesita de un chute de estamina legal. Vitaminas que la revitalicen, que la rejuvenezcan. Pónganse en julio de 2019, poco más de dos meses después de las últimas elecciones a la Generalitat: ese mes, el 50% de las personas que forman nuestro servicio público superaron el medio siglo de vida. Solo 58 personas de la red pública por debajo de la treintena ostentan la condición funcionarial.

La Ley de Función Pública Valenciana (LFPV) está a punto de aprobarse en Les Corts tras el periodo de enmiendas por parte de los grupos políticos a la ley del Consell. En el debate público-mediático, hasta ahora no se ha planteado con demasiada claridad la falta de músculo administrativo para dar respuestas a la ciudadanía ante sus problemas. Nadie ha incidido sobre esta cuestión con especial énfasis quizás porque hasta hace poco hemos vivido en un espejismo: el del mercado que regula todo y cuida por sí mismo de nuestras necesidades mientras la administración pública atiende a detallitos banales de la ciudadanía. Un delirio con efecto de matraca todavía hoy, incluso cuando ha quedado hecho añicos por tantas y tantas crisis que llevamos empalmando desde 2008 (inmobiliaria, financiera, climática, sanitaria…) y, sobre todo, encajando y sufriendo la población joven.

A lo que sí se le ha dado pábulo en el debate de esta ley, a veces hasta lo desagradable por excesivo, es al peso del requisito lingüístico al funcionariado, cuestión siempre presentada como un problema o estorbo para quien aspire a un puesto público. Son los árboles que no dejan ver el bosque, la cortina de humo de aquellos grupos u organizaciones de fanáticos economicistas que piensan que a menos función pública, mejor mercado. Y, por efecto mágico, mayor felicidad de la sociedad.

La LFPV incluye novedades que buscan reforzar, renovar y rejuvenecer la administración. En cuanto a la regulación de la oferta de ocupación pública, reduce considerablemente los términos de los procesos de selección con la finalidad de agilizar un relevo generacional, que como hemos dicho, es totalmente necesario. Las pruebas deberán finalizar en el término de un año desde su convocatoria.

Rejuvenecernos como administración es casi tan imperativo como acabar con la excesiva temporalidad existente. Las sentencias judiciales europeas alertan sobre el alto grado de interinidad de la administración española. Debemos plantear mecanismos para una estrategia que vaya absorbiendo gradualmente y hasta límites razonables al personal en estas condiciones de provisionalidad. Así, prevemos que la nueva ley garantice al menos que el 50% de los puestos de oferta pública anual se tramiten por el sistema de oposición libre.

Se reducen drásticamente las escalas, agrupaciones profesionales y cuerpos administrativos que pasan de 201 a 91. Se agilizan los procesos de selección y garantiza la igualdad de hombres y mujeres, incorporando medidas para, por ejemplo, garantizar que situaciones de embarazos de riesgo no supongan un impedimento a aquellas mujeres que opten a la plaza pública. La ley contempla además facilitar la movilidad de personal de las empleadas públicas víctimas de la violencia de género.

Y sí, habrá requisito lingüístico, como los que tienen otras comunidades autónomas y que ha ratificado el Tribunal Supremo. Porque existe un déficit en la administración de una de nuestras lenguas y nuestro Estatuto de Autonomía garantiza que cualquier persona pueda dirigirse y ser atendida en cualquiera de las dos lenguas oficiales de nuestra administración. Faltaría más.

Nota: El lince ibérico multiplicó por diez su población en 2019 desde que comenzó a reintroducirse en Doñana en los inicios de nuestro siglo XXI. Querer es poder.

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