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el muro / OPINIÓN

La vida en una aguja

2/05/2021 - 

Muchos de nosotros, o casi todos, llevamos más de tres lustros en época de aguda crisis. Y no por edad, que también, sino por otras circunstancias ajenas. Me refiero a la generación del baby boom, aquella que nació entre muy finales de los cincuenta y primeros de los sesenta del siglo pasado. Somos herederos de generaciones que nos enseñaron a vivir en la resistencia, la imaginación y los escasos privilegios. En una etapa de recuperación familiar que había sufrido lo indecible por la posguerra, la supervivencia y la austeridad. Todo aquel aprendizaje nos enseñó una forma de ser resistentes y a poder soñar. Como nuestros padres, salimos a flote individualmente. Sin doctrinas internas, pero con esfuerzo.

Las generaciones que han venido después, por fortuna y así lo hemos querido, han gozado de cierta vida plena en la que el consumismo y los nuevos modelos sociales fueron referentes. Sus problemas o ventajas han sido diferentes. Lo han tenido todo. Ahora nos ven como generación trasnochada. Distinta por la rapidez de la tecnología. También somos supervivientes, como de una u otra manera lo serán ellos después de este apagón de hipotético progreso colectivo y austeridad de gasto en el que nos ha metido esa crisis de valores y sanitaria. Pero con otros objetivos y hasta lenguajes económicos. Es una sensación. 

Nuestros herederos, tras el limbo feliz, trabajan hoy cuando pueden sin freno. Son superdotados y mega preparados. Con idiomas y mayor formación civil, social e intelectual.

Mi generación, que es la de los sesenta, ha sufrido en apenas una década dos crisis que a muchos ha dejado tocados. Primero, nos azotaron con la económica; el discurso de la productividad y el objetivo laboral y empresarial. Fue no terminarla exponencialmente ni realmente, porque en ese tiempo el mundo y la sociedad ya habían cambiado, que nos llegó la sanitaria. En el peor momento, cuando nuestras economías comenzaban a recuperarse, nuestros hijos estaban en edad compleja y veíamos eso que algunos políticos optimistas, pero más bien desorientados por su tozudez y mediocridad, llamaban brotes verdes. Ellos aún viven a todo trapo en su mundo irreal. No son humanos. 

Pertenecemos, por lo general, a una generación muy castigada, tanto económica como mentalmente. No creo que nadie de los que estábamos a comienzos de los sesenta no conozca o haya sido testigo de un despido cercano, un cierre empresarial, un problema económico o la muerte de un familiar o amigo, así, de repente, cuando creíamos que el mundo ya era nuestro, todo estaba controlado y si habíamos logrado salir de una, lo haríamos de otra. Al menos, aprendimos a sobrevivir de otra manera, pero apenas nos quedan muchas ganas de reír, pero sí de disfrutar hasta el límite esta vida que es tránsito de muerte convertido en resistencia.  

Esta semana me citarón al vacunódromo. No tenía dudas. Que sea lo que Dios quiera, pensé. Siempre he confiado en la Ciencia. Nunca, en la política.

Así que me reencontré de lleno con mi generación, año arriba o abajo. Quise acudir con ojos de periodista y no de simple ser humano expuesto a los riesgos o a la supervivencia gracias a un antídoto convertido también en negocio, espectáculo y confrontación. Fue muy interesante la experiencia. 

En primer lugar, porque el camino de esperanza me recordó los años aquellos de los sesenta cuando nos vacunaban en cualquier espacio contra riesgos malignos de los que no sabíamos nada con un terrón de azúcar. Acudíamos engañados y por tanto juguetones sin ser conscientes de la gravedad de las circunstancias. En esta nueva ocasión acudíamos conscientes.

En segundo lugar porque en esta nueva oportunidad lo hacíamos en solitario, sin acompañantes, citados de uno en uno; solos y sin conocernos unos a otros. Tuve sensación de vacío. Nadie me reconocía escondido tras una mascarilla. No había alegría. Sólo mucho silencio. Tampoco había excesivo miedo irracional, pero sí tensión. En mí caso, sensación de incertidumbre, o de ese desasosiego de Pessoa que esperaba en un bolsillo de la chaqueta por si la espera se hacía larga o incómoda y podía ser salvavidas de nostalgia. 

Todo muy bien organizado. Dicho. Y rápido, lo que alivió la espera. Nos recibían “niñas y niños” muy formados, como yo llamo a esa generación Premium de alto nivel sanitario y solidaridad, con alegría, enorme educación y simpatía. Esa generación que por primera vez ha entendido de los riesgos, ha visto la vida real en directo, las frustraciones profesionales o la necesidad de emigrar para ser reconocido en un país inacabado como se ha demostrado. Esa generación brillante que expulsamos por mediocridad política.

Mi experiencia, después, duró un segundo salvado por la amabilidad de una jovencita sanitaria que sólo daba ánimos y cariño.

Al abandonar el recinto se dirigió a mí alguien que me seguía en la cola y me había reconocido a la salida. Necesitaba hablar. Estaba nervioso, pero también contento. No nos presentamos, pero comenzamos a charlar como si nos conociéramos de toda la vida y la vida estuviera a un paso de volver o ya lo estuviera haciendo. Y en unos segundos se unieron más personas. Todas desconocidas. Como si en ese momento existiera una necesidad generacional anónima de expulsar emociones, carencias, sufrimientos de padre o madre y hasta de recuerdos. 

El encuentro duró unos veinte minutos. Pero fueron gigantes después de tantas restricciones,  confinamientos e interminables días de silencio y disimulo. Y hasta nos reímos, o lo intentamos. De repente afloraron sentimientos, emociones, recuerdos, experiencias anónimas de amigos, familiares, compañeros…Fue como si la vida hubiera dado un paso y nuestra necesidad generacional necesitara expresarlo ya que lo guardábamos todo muy dentro y debíamos ser fuertes hasta ese momento para que otros no se hubieran derrumbado en todo este tiempo tan cruel que ha azotado nuestras vidas distanciadas.

No conozco sus nombres. Ni recuerdo sus caras escondidas. No intercambiamos móviles ni tarjetas. Pero fue una experiencia vital, un reencuentro entre “viejos amigos/as” que hablábamos de nosotros mismos y los nuestros por necesidad, no de los demás, menos aún de política o economía. ¡Menuda mierda! Simplemente, recobramos nuestra condición humana. Que ya es en este mar de confusión, competitividad, falso progreso e hipocresía. Era lo que echábamos en falta. Volver a momentos de auténtica sinceridad, distensión y comunicación, aunque sin conocernos.    

Aquella noche, al fin, dormí de un tirón. 

Sólo fue un pinchazo casi inexistente, un simple instante de alivio emocional que nos dio un halo de esperanza. Al menos, para poder contarlo y continuar en la pelea.

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