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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

La vida sigue igual

Soy el hombre menos informado del país. No tengo ni idea de quién ganó las elecciones. Mi terapeuta me ha prohibido las noticias. En la calle todo sigue como lo dejé: los mismos pobres en las puertas de los supermercados; las mismas cabezas huecas mirando sus pantallas en el metro; las largas colas en los bancos, que practican el sadismo con sus clientes, y un joven ciclista que está a punto de arrollarme 

27/06/2016 - 

Como vivo en una esquina del mundo, la Historia pasa por mi lado sin saludarme.

Ayer asistimos a un acontecimiento de los llamados históricos y que habremos olvidado en apenas una semana. Consumimos una media de seis hechos históricos por mes porque necesitamos sentirnos tan importantes como Julio César arrasando una provincia de las Galias. El de ayer fue uno más. Se celebraron elecciones sin habernos repuesto del sofoco de las anteriores. Hoy debo de ser el único que ignora los resultados.

Vivo solo, como un eremita en Alejandría, a oscuras, con las persianas bajadas para que no entre el calor homicida. Tengo televisión pero no la enchufo. Sólo escucho la radio cuando voy en taxi, cosa que rara vez sucede. No estoy en facebook, no tuiteo ni retuiteo, nadie me verá en su lista de contactos de guasap. Para colmo, nunca descuelgo el teléfono a la hora de la siesta. Así se entiende que sea el hombre menos informado del país. Y, sin embargo, continúo con vida y a veces soy feliz invitando a mi madre a merendar en Chocolates Valor, en la plaza de la Reina de Valencia.

"Puede que a estas horas los comunistas hayan comenzado a asaltar iglesias antes de hacerlo con los cielos"

Al menos soy honrado al reconocer que no tengo ni idea sobre quién ganó las elecciones. Puede que a estas horas los comunistas hayan comenzado a asaltar iglesias antes de hacerlo con los cielos. Tampoco me cuesta imaginar a cualquier bruto andaluz asestándole una puñalada tras otra al triste candidato socialdemócrata en la sede de Ferraz. ¿Tú también, Susana? Y me pregunto qué habrá sido del líder conservador. ¿Lo habrán tirado por el balcón de Génova quienes lo cubrían de elogios la semana pasada? Carezco de respuestas a tales interrogantes.

Quizá por eso desayuno tranquilo en casa, en silencio, ajeno a los pronósticos de la calle. Mi terapeuta me ha recomendado no leer ni escuchar las noticias para que no se repitan mis crisis nerviosas. Mi sosiego depende de no estar informado. No quiero que nada ni nadie perturben mi estado de placidez. Con mi calma no se juega. Tiempo habrá, seguro, para disgustarme. Será cuando cualquier amigo inoportuno, de los que siempre están desocupados, me llame para comentarme la jugada política. Como me los conozco, he apagado el teléfono. Tengo el día libre y pienso aprovecharlo.

En la calle todo sigue como lo dejé la semana pasada: los mismos pobres en las puertas de los supermercados, las mis cabezas huecas que miran absortas sus pantallas de móvil en el metro; las largas colas en los bancos, que siguen practicando el sadismo con sus clientes, sobre todo si son jubilados, y un joven ciclista que está a punto de arrollarme.

En Marqués del Turia observo corretear a dos niños rubios detrás de su madre, una joven delgada y de una belleza insípida pero con una nuca blanca y virgen de las que me hacen perder la cabeza. Sus hijos le piden que les compre unos helados, algo que mamá hará después. Ahora tiene que ultimar los preparativos para sus vacaciones en Jávea, y debe darse prisa porque le cierran las tiendas.

Nos venderán ilusión en estas rebajas

Entro en Aquarium. Pido una cerveza. Elijo estos sitios porque me gusta rodearme de gente acomodada, sin problemas materiales. Afuera todo sigue como hace un año, igual que hace una década. Haya quien haya ganado, la suerte está echada para unos y para otros. Habrá, eso sí, palabrería para confundir a los incautos. Nos venderán ilusión en estas rebajas, esperanza a buen precio. La luz engañosa de los días de verano nos carga de optimismo. Pero esta sensación de novedad habrá caducado en septiembre cuando la odiosa realidad llame a nuestras puertas. Entonces dará lo mismo tener un presidente barbado o con melena.

Pero no es cuestión de amargarme mi día libre. Olvidaba decir que esta noche unos amigos ricos, a los que les es indiferente el régimen político en el que viven, me han invitado a una fiesta en su ático de conde Altea. Celebraremos la entrada del verano. Me vestiré con mis mejores galas sabiendo que esta gente del Eixample es muy pero que muy fina. La identidad de los invitados es una sorpresa. Antoine, el anfitrión, me ha dicho que nos tiene preparada una sorpresa. ¿Tal vez Monique Oltra y monsieur Cañizares haciendo las paces como dos buenos cristianos? Me encantaría que así fuera, ver a las dos Españas reconciliadas por fin.

En la terraza del ático, con la luna como invitada, ya me veo bailando como el protagonista de La gran belleza, ebrio de alcohol y de estrellas, rodeado de horteras con mucho dinero que me animan, con sus palmas y sus risotadas, a seguir el ritmo de la noche. A ellos se les paró el reloj en 1982, cuando sí había motivos para creer en el cambio y éramos —no lo olvidemos— más jóvenes y menos cínicos.

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