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No éramos dioses. Diario de una pandemia #41

Las dos Españas

11/05/2020 - 

VALÈNCIA. Esta mañana había hojas esparcidas por la calle, como si hubiera regresado el otoño. Por la noche ha llovido a mares. ¡Menuda manera de tronar! Cuando amanecía he tenido frío y me he tapado con una manta.

Los valencianos seguirán bajo arresto domiciliario, con salidas permitidas al patio. Así lo ha decidido el filósofo Illa, asesorado por un comité de expertos de los que nada se sabe. Sus identidades permanecen ocultas para protegerlos de demandas judiciales. El Gobierno tiene la obligación de publicar sus nombres y apellidos, pero se niega. Los obligados a cumplir la ley somos sólo nosotros, sus súbditos, hasta extremos inhumanos, con grave riesgo para nuestra salud. 

No pasar de fase en la desescalada (horrible palabro) me ha dolido porque me había ilusionado con tomar una cerveza en València. No se trata de una decepción porque no espero nada bueno de los gobernantes, pero admito que me había dejado llevar por una ingenua esperanza.

Este lunes la mitad del país (el filósofo ha remarcado que es el 51% de la población, ni más ni menos) disfrutará de una libertad de movimientos que se nos niega a los valencianos, madrileños, catalanes, manchegos, castellanos y a algunos andaluces.

Somos la anti-España, la otra España, la España paria y vencida, la que debe seguir arrodillada hasta que el papá Estado le levante el castigo. Lejos quedan las Españas azul y roja, la liberal y la conservadora de Antonio Machado; ahora hay una España que se pasea con libertad, que frecuenta bares y restaurantes, que puede ver a sus familiares, y otra que sigue con el régimen de visitas de una cárcel.

Muere el gato Negrito por coronavirus

Este fin de semana nos ha deparado otra triste noticia, diría que trágica. Ha muerto el primer gato español por coronavirus. Las televisiones dedicaron más tiempo a informar de la muerte del animal que a los más de 200 fallecidos registrados ese día.

El gato se llamaba Negrito. Es la primera vez que las televisiones revelan la identidad de un ser vivo muerto por el virus de Wuhan. Negrito me recuerda a Excalibur, aquel perro sacrificado durante la crisis del ébola. Su muerte levantó una oleada de indignación entre los amantes de los animales. La egregia escritora Rosa Montero dedicó una columna a criticar el sacrificio. Es hora de que le den el Cervantes por su defensa de las causas perdidas. Es única como portavoz de minorías (¡y hay cientos de minorías en la España actual, cada una con su memorial de agravios!).

La literatura de Montero, la literatura aceptada y elogiada en estos días, linda con la catequesis, que enseña a ser buenos ciudadanos y ciudadanas. Montero es como una monja pero sin haber hecho los cursillos de Acción Católica, como mi madre.

"Sonríe, te estamos grabando". He visto este letrero en la puerta de un supermercado que sólo tiene clientes los domingos. Además de cornudos, apaleados.

Cuando salgo a pasear me fijo en lo que dice la gente que se cruza conmigo. Este domingo me ha llamado la atención oír dos veces la misma expresión: "Es lo que hay". Debería ser la divisa en el escudo de la futura República, que llegará a no muy tardar. "Es lo que hay", fino conceptismo que sería la envidia de Gracián y otros barrocos. Con sólo cuatro palabras se resume el gregarismo histórico de los españoles, acompañado de la resignación ante los atropellos del poder.

El ‘Quijote’ y su defensa de la libertad

Vuelvo al Quijote. Leo uno de sus párrafos más conocidos: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres".  

Si no me he dado aún de baja como español es por gente que escribe estas cosas, por todos los Cervantes que levantaron sus obras contra el espíritu de su época, que los trató casi siempre con indiferencia o desprecio.
Mi madre me dice que se han disparado las consultas a los psicólogos y los psiquiatras. Estoy por pedirle el número de alguno, pero no lo hago para no alarmarla.
Sería interesante conocer las conclusiones de un estudio que determinase el número de enfermedades contraídas, las físicas y las mentales, durante el estado de excepción.

Con esta son cuarenta y una las entregas de mi diario. A veces me pregunto por la valía de estas notas. ¿Despertarán el interés de alguien? Nunca tomo en cuenta las críticas, sean positivas o negativas, pero eso no me impide dudar sobre lo que escribo.

Todo esto viene al caso tras leer otra cita (la segunda de hoy) de Iñaki Uriarte en sus diarios. En la página 240 escribe: "No volver a contar en público nada que no me haya pasado en los últimos días. Impresión de repetirme. De convertirme en un puñado de anécdotas viejas. Aunque, por otro lado, no hay que preocuparse en exceso. En general, ni te oyeron o no se acuerdan".

Las misas tendrán que esperar

El cura de mi parroquia debe de estar frustrado por no poder celebrar misas a partir de este lunes. Se había hecho ilusiones como todos. Llegó a poner un cartel en la puerta de la iglesia que anunciaba el nuevo horario de misas.

A mi párroco le agradezco que haya mantenido abierto el templo durante esta pandemia, salvo tres o cuatro días. Espero decírselo en persona alguna vez.

De sus jefes, los obispos, poco y malo cabe decir. Siguen instalados en un silencio rentable, recluidos en sus palacios. En las crisis importantes nunca se les oye levantar la voz. No lo hicieron cuando el golpe catalán, ni cuando desenterraron a la momia del general, ni ahora cuando el Gobierno pisotea los derechos y las libertades individuales, incluida la libertad de cultos. Como con Franco, los obispos aplaudirán al poder de turno siempre que respete sus privilegios.

Ahora están preocupados con la campaña de la Renta, y saben que en estos tiempos de mudanza toda precaución evangélica es poca. 

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