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visiones y vistas / OPINIÓN

Liberados por la comisión

28/10/2019 - 

El ectoplasma de la movilidad —que lleva un lustro apareciéndose a los valencianos en figura concejaloide— y la policía local han querido agrandar el inmenso armatoste administrativo con una comisión conjunta que buscará soluciones o tricotará disimulos para sus continuos desencuentros. Quizá piensan que aparentando conciliar el tránsito de vehículos y peatones evitarán que germine la sospecha cobarde, la sospecha rastrera, la sospecha infame de que la bolchevía intenta vedar a la burguesía el uso y disfrute del coche privado. Parece ser, además, que se ha pensado una comisión integrada por técnicos, lo cual permitirá, por un lado, repartir sinecuras a discreción, y por otro disponer de una excelente reserva de chivos expiatorios para cuando asome —que acaba siempre asomando— el coco de la incompetencia política.

Dicen los entendidos que no hay movilidades ni regulaciones que valgan; que al consistorio no le preocupa en absoluto la contaminación, el colapso ni el desconcierto en las calles; que la circulación, como la educación, está completamente ideologizada, y que detrás del agudo estrechamiento de las principales arterias de la ciudad y de la torpísima gestión del tráfico no hay un Jerry Lewis bienintencionado, sino la firme voluntad revolucionaria de apear al rico, de alpargatizar a las clases pudientes y conducirlas, por la ascética pedestre, a la mística de la chirimía y el tabalet, del mauletismo, el anticapitalismo, el republicanismo y el almogavarismo.

Las más altas instancias de la sociología, que no son moco de pavo, amplían los alcances de la sospecha y la llevan, casi, al terreno conspiranoico: afirman, con el método científico en la mano, que la trapatiesta de los coches, los autobuses, las bicicletas, los monopatines, los hoverboards, los patinetes y los viandantes forma parte de una maquinación global, de un proyecto maléfico diseñado para inocular en la ciudadanía una enorme aversión a la derecha. El pretexto es, en el área que nos ocupa, el humo del gasóleo, y lo exprimen con denuedo porque ya le queda poco: llegan los vehículos eléctricos, y con ellos la escasez de argumentos. El ataque de los corifeos del comunismo contra el desplazamiento motorizado se quedará sin razones de peso cuando los propulsores no perjudiquen el medio ambiente; pero saber esto, contra lo que podría esperarse, les hace redoblar su odio al automóvil. Buscan un cambio de mentalidad por medio del castigo; usan el antiguo procedimiento del asedio: hacer de la conducción algo tan desagradable que la gente desista; y luego poner a su alcance, con el apoyo de la moda, las alternativas progres.

Con la nueva comisión, la concejalía de movilidad no sólo reducirá los conflictos con la policía local: también la convertirá en un refuerzo para su designio. Nacerá una suerte de polimovilidad que allanará el sendero del enchiqueramiento general, que facilitará la canalización y la encerrona de la voluntad popular, que dirigirá eficazmente la sociedad hacia el nuevo panteísmo, ese nuevo cosmos ecolojastro cuyo cometido es abrir las puertas a la colectivización del transporte. Adiós al traslado individual. Se acabó la detestable manera burguesa de ir y venir. Antes de que lo eléctrico desbarate los planes municipales, la movilidad urbana será ya un gulag, un terreno acotado en que no se permitirán las iniciativas particulares. El comité subversivo, totalmente inapelable, decidirá por nosotros. Despidámonos, pues, de los coches a motor y renunciemos a los eléctricos, porque lo peligroso, lo perjudicial no es la polución: es la costumbre acomodada, la vanidad y el egoísmo de tener un vehículo propio, cuando tenemos el zapato mondo y lirondo que nos hace a todos proletarios y camaradas. Los verdaderos ciudadanos, los hijos del pueblo conjuran el vicio y el antipatriotismo yendo a pie.

¡Viva la comisión conjunta, que pensará por todos y purificará las mentes degeneradas! ¡A pie, compañeros! ¿Qué son el frío y el cansancio comparados con la vergüenza del aburguesamiento? La comisión que viene impedirá que nos apartemos de la más estricta ortodoxia; nos acrisolará en el hermanamiento y nos hará comprender el encanto del zurrón en bandolera, del pelo corto en la frente y largo en la nuca, del piercing y la rasta, de la sobaquina y las uñas negras, del perro, la flauta y la galbana existencial, del nacionalismo, el anticlericalismo y la comuna, de la inmoralidad, la irresponsabilidad y la mala educación, de la imprevisión y el vagabundeo, del refresco, las papas y el chifli, de la indiferencia y la vulgaridad. Prohibirán los coches y nos harán felices. Volveremos a humanizarnos a fuerza de apretujarnos en el autobús, de contagiarnos gripes y diarreas en el metro y de tropezar en las aceras. Con el roce recuperaremos el cariño, y nos libraremos para siempre de aquellas ínfulas plutocráticas que tanto nos lastimaban.

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