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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR 

Libretas, cuadernos, citas y el placer de escribir a mano

14/08/2016 - 

VALENCIA. Los cuadernos son objetos valiosísimos para poner en marcha ideas. No hay nada como escribir a mano una anotación, poner sobre el papel una reflexión, atrapar una imagen, o simplemente apuntar algo –una idea, un escritor, un nombre, tu talla actual de pantalones para poder comprar unos nuevos-. Nos hemos acostumbrado a que los ordenadores limiten nuestra capacidad espacial de escritura. La libreta, en cambio, ofrece una libertad ilimitada que solo se acaba cuando te quedas sin páginas o sin tinta. “Se terminan los cuadernos y se termina todo”, sentenciaba Ricardo Piglia meses atrás en Babelia.

Además de decorar los libros de texto con nombres de artistas y grupos imposibles, algo que empecé a hacer sobre los 14 o 15 años, que fue cuando me aferré al rock & roll, también solía llenar una libreta con las consecuencias de mi obsesión. Antes de eso ya me había dado fuerte por el cine, y recortaba fotos de las películas que me gustaban –básicamente sacadas de Fotogramas y de las revistas que compraba mi padre, Cambio 16 y Gaceta Ilustrada- y las pegaba en el papel cuadriculado, donde escribía fichas de cada película. Con la música lo que hacía era redactar discografías de mis artistas favoritos, incluyendo singles con sus caras B y discos piratas (grabaciones en directo o con material de estudio que se edita extraoficialmente, al margen de la discografía oficial y del control del artista). De alguna manera, ser capaz de recopilar por escrito todos aquellos títulos me ayudaba a sentirme más cerca de la música que, por poder adquisitivo y otros motivos, me quedaba tan tan lejana.

Libretas viajeras

Mis cuadernos forman parte de mí y me acompañan allá donde vaya. Los he ido guardando porque son como diarios y a la vez, contenedores de citas, títulos e ideas en los que me veo reflejado. Los que he ido completando durante los últimos 10 años tienen algo de la arena de playa,  la de la Concha de San Sebastián, la de Ibiza, Benicàssim, y sobre todo, la de El Saler. En una de esas libretas empecé a apuntar una serie de ideas sobre David Bowie y L’Albufera que terminé desarrollando en una novela. Junto a esos apuntes discurren citas de Jim Morrison y Lou Reed, fragmentos de obras de Truman Capote, Russell Banks, Eloy Tizón, Rodrigo Fresán, Unamuno, Iris Murdoch, Colm Tóibín, Umberto Eco, Sam Shepard y muchas otras frases que afloraron con especial fuerza al sentirme aislado, en una confortable soledad, rodeado de mar y cielo y, con un poco de suerte, y suponiendo que hable de la playa de Casal d’Esplai, con muy poca gente alrededor. Palabras que han surgido empujadas por la emoción de lo contemplado y de la música que me acompañaba, primero en un walkman, luego en un iPod.


Biográfo precoz

Volviendo a mi adolescencia, cuando redactar discografías empezó a saberme a poco, comencé a escribir biografías. La información provenía del mismo lugar, una síntesis de información sacada de Vibraciones, Star, Popular 1 y más tarde, también del NME y Melody Maker. Procesaba todo esos datos e intentaba darles coherencia, y lo hacía en lugar de dedicar el tiempo a estudiar algunas de las asignaturas que luego suspendía. Quién necesita saber de julios o herzios cuando puedes intentar imaginar la historia de Patti Smith o de Lou Reed. 

Mi primera máquina de escribir

Escribir a mano es el proceso que, para mí, inicia toda escritura, un ritual antiguo que ahora mismo parece correr el peligro de extinguirse. Escribir a mano implica un esfuerzo por parte de quien escribe, pero la recompensa es ver cómo las posibilidades de la imaginación se disparan. Es una manera de conferirle riqueza a lo escrito a través de una experiencia íntima. El trazo de la propia letra no puede comprarse al violento golpeteo de los dedos en el teclado. Escribir a mano hace más reales los sentimientos y las ideas, están dibujados por uno mismo, poseen tu trazo. Los cuadernos son necesarios cuando queremos crear.

Empecé a escribir a máquina en 1982, porque no me quedó más remedio. Aprendí por mi cuenta –usando solo dos dedos- porque había puesto en marcha un fanzine y los textos no podían reproducirse a mano. Escribir a máquina siempre me pareció muy aburrido y solitario. Escribir es un oficio solitario, pero hay una parte de él que no necesita hacerse confinado en una habitación. Hay una parte que puede hacerse en la terraza de un bar, en el banco de un parque, en una estación de tren o incluso ya subido a ese tren que viene o va. Teclear las palabras era necesario, pero yo nunca he dejado de escribir a mano. Todavía conservo el manuscrito de una biografía que la Editorial Júcar me encargó en 1982 sobre Alaska y los Pegamoides y que nunca se publicó porque el proyecto editorial del que iba a formar parte jamás arrancó. Un texto que presenté mecanografiado pero que previamente escribí con mi mejor letra, intentando escribir recto en folios sin renglones.


El diarista holgazán

Escribir a mano potencia un proceso que R. L. Stevenson describía como una sensación  de poder, como si pudiésemos mover montañas cuando lo que hacemos es agrupar personajes o diseccionar temas. Escribir a mano es también el paso previo imprescindible para escribir sobre uno mismo, un acto que, como expresaba Wallace Stegner en su novela El pájaro espectador, implica que consideras que tu vida es algo que merece la pena ser contado, “una arrogancia, una confianza o una compulsión”. Stegner se identificaba más con el diarista holgazán, ese que solo copia citas de hombres sabios que nos ayudan a saber en qué andábamos pensando el día de autos. Marco Aurelio fue de los primeros en alimentar uno de estos cuadernos, el hypomnemata, un conjunto de anotaciones diversas – una vez más, citas, ideas, nombres- que en algún momento reaparecerán formando parte de un texto.

Últimas noticias de la escritura

En muchos casos, cuando transcribo las entrevistas que hago, realizo la transcripción a mano. Me ayuda a interiorizar lo que el entrevistado me ha dicho, a conectar su discurso con mi escritura. Es un proceso tan íntimo o y silencioso como el de escribir a mano partiendo de nada. La escritura a mano te conecta con lo que escribes de una manera que ningún procesador de textos puede imitar. John Banville declaró que la realidad no era tal para él hasta que había pasado por el tamiz de las palabras. Nietzsche proclamó que toda herramienta de escritura lo es también de pensamiento. Y Sergio Chefjer, cuyo recomendable libro Últimas noticias de la escritura, me hizo ver el pasado invierno algunas de estas cuestiones que en cierto modo ya sabía, asegura que hay que ser escribiente para ser escritor. “Buena parte de lo que escribo allí [en el cuaderno] tarde o temprano lo termino copiando a otro sitio. Me gusta que sea un objeto de transición, no solamente un objeto secundario para mi escritura y que todo lo que esté allí requiera una introducción más o menos indirecta”.

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