Libros y cómic

POESÍA

Carolina Otero: "La pornografía ofrece el discurso de que ellos son naturalmente violentos y ellas lo están deseando"

La poeta y artista musical valenciana habla de los entresijos de 'El día que dejamos de ver porno' (Hiperión, 2025), reconocido con el Premio València de Poesía en castellano

Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. Carolina Otero (València, 1977) fue una niña hipersensible y una poeta precoz -publicó su primer libro, Versos para un hombre de pero en pecho, con tan solo 21 años. El gusto por la escritura y la lectura se solapó pronto con el de la música, dando lugar a una amplia trayectoria artística que no ha dejado de evolucionar. El mayor salto estilístico en su poesía se dio a partir de No te hagas el muerto (2017), un libro en el que empezó a transitar desde la poesía pop a la experimentación y la rotura del lenguaje. Su último poemario, El día que dejamos de ver porno (Hiperión, 2025) fue reconocido el año pasado con el XXV Premio “València” de Poesía en castellano.

- Empecemos hablando de la palabra pornografía y su potencial metafórico. ¿Cuál es el porno al que se refiere este poemario?
- La pornografía y el propio lenguaje son materias de mi poemario, y en concreto me refiero al porno “mainstream” que, como han probado y señalado algunas expertas (Rosa Cobo o Mónica Alario) es cada vez más violento y extremo. La política sexual de la pornografía, por ejemplo, propone que los varones tienen derecho a acceder sexualmente de manera individual o colectiva a los cuerpos de las mujeres, pese a que ellas den muestras de que no lo quieren, puesto que, en el fondo, lo están deseando. La pornografía ofrece este discurso: ellos son naturalmente violentos y ellas, naturalmente, lo están deseando.

- Más que una colección de poemas, has indicado en diversas ocasiones que El día que dejamos de ver porno es más bien un solo poema segmentado. ¿Qué puedes contarme de la estructura y el lenguaje tan peculiar que utilizas, que suena a veces tan disruptivo o violento, y otras veces irónico y guasón? ¿Qué relación se establece entre el estilo y el fondo de lo que quieres contar?
- Según avanzo como escritora tengo más claro que fondo es forma o forma es fondo. La manera en que se presenta el verso en este libro es con una sintaxis rota puesto que el “yo lírico” (a menudo varios “yoes” e incluso un “nosotras”) está quebrado y ha sido violentado. Por otro lado, para mí nunca ha habido un léxico especialmente poético, y creo que aquí queda demostrado: empleo todo lo que sea necesario para enunciar y señalar lo resbaladizo, lo inefable, incluso aquello que ni yo misma entiendo. A menudo es la propia palabra la que ilumina y saca lo que permanecía oscuro en nuestro inconsciente. Así, por ejemplo, me ha sucedido con la ironía: primero la señaló el jurado que seleccionó el libro para el Premio València de Poesía; luego ya vi que, en efecto, había generado un tono de ironía sostenida a lo largo de todo el poemario, sin ser del todo consciente. Creo recordar que era Kierkegaard quien decía que  “las palabras del humorista son los hijos de su dolor”.

- En el proceso de repensarnos a nosotras mismas y relacionarnos con nuestro pasado, ¿qué función y qué importancia le otorgas entonces a la ironía y a la capacidad de autoparodiarnos? 
- Sin duda la ironía sostiene cuando el dolor se hace insostenible. La otra posibilidad puede ser llorar desde el desconsuelo, pero seguro que el llanto emborrona el texto. Por otra parte, casi siempre he hecho autoparodia y esta se ha acusado desde el momento en que tomo conciencia de mi posición de blanca occidental y de mis propios privilegios.

- En varios versos del poemario hablas a la niña que fuiste, pero también “a todos los cadáveres que has sido”. ¿Quiénes son esos cadáveres y qué relación tiene con ellos la Carolina Otero adulta que escribe los poemas?
- Sospecho que esa idea me viene de Quevedo (“he quedado/ presentes sucesiones de difunto”), aunque los “contextos líricos” sean distintos. Además, me ha parecido oportuno jugar con los tiempos verbales y el solapamiento de planos temporales (ya en el título, el “dejamos” puede referirse a un presente o un pretérito). El caso es que Carolina Otero no es una, el ser es también un concepto resbaladizo, y, sin duda, para forjarse la actual ha habido muchos cadáveres previos que nadie ha enterrado, ni falta que hace. En el contexto de la violencia (lo que incluye la violencia de pareja) y que es el encuadre de este poemario, han muerto también muchas cosas. Una de ellas, quizás una de las más tremendas para mí, es la idea del amor romántico (una de las partes se titula “Sierva de amor”) y cómo la “ley del agrado” (Valcárcel) nos lleva a nosotras a dar y diluirnos y a ellos a quitar y huir.

  • -

- Hablando de la “Ley del agrado” -es decir, del hecho de que somos educadas para satisfacer al otro-. Es muy potente la manera en la que aludes en el poemario a situaciones comunes en las que tendemos de pasar por alto la mediocridad o las faltas de cariño o respeto por parte del ser amado. 
- Me parece superimportante lo que señalas sobre la tendencia de las mujeres a pasar por alto. Pasamos por alto lo más grande y lo más pequeño pero revelador (al respecto, recomiendo el magnífico cuento de Emilia Pardo Bazán Encaje roto; me pasma lo adelantado del mismo). Mi libro no lo podría haber escrito sin un momento de epifanía, que creo que viene tras el gran sufrimiento y tras recolectar, por fin, todos esos “pasados-por-alto”.

- Empezaste a leer y escribir poesía muy joven, imagino que cuando todavía estudiabas en un colegio de monjas ¿qué aportaba la poesía en esos años de formación a una niña a la que le habían inculcado la prohibición de invocar su propio deseo?
- Creo que la escritura (yo he sido mala lectora y, más bien, escritora precoz) ha sido como un escondite para mí, el lugar perfecto para una niña hipersensible y que creía en dios solo por rutina. Entonces nada sabía de desear ni crear al otro, aunque siempre fui muy enamoradiza. Simplemente quería gustar (el deseo de ser deseada) ya desde muy pequeña, pero era algo gordita y feúcha, o así me veía, y no era popular; en primaria, los chicos no me elegían. Supongo que en la escritura yo conectaba con mi esencia sin saber todavía nada de mí.

- Leo el verso El día que dejamos de ver porno / llega nuestro yo y nos arrastra del pelo, y me pregunto: de todas las violencias que se ejercen contra las mujeres desde la infancia hasta la vidas adulta, ¿son especialmente dolorosas las que nos infligimos a nosotras mismas de forma inconsciente, como si fuésemos robots programados para entregarnos a formas de amar basadas en la servidumbre y el dolor? 
- Como “siervas de amor” que somos o hemos sido, sin duda, el daño autoinfligido es especialmente tremendo. Nos hemos quedado en sitios peligrosos y hostiles, hemos soportado relaciones de manipulación y anulación, incluso humillaciones físicas y /o verbales: todo, por miedo a ser rechazadas y estar solas. Ciertamente, la educación que segrega en los géneros masculino y femenino nos prepara para ello. Las mujeres no somos masoquistas por naturaleza (Dworkin); es sabido que los géneros no son naturales sino construcciones sociales. La sexualidad masculina se construye en coherencia con la masculinidad, y la femenina, en coherencia con la feminidad. De igual modo, las maneras de ver el amor de pareja. Ya Simone de Beauvoir afirmaba que la masculinidad es “ser en sí” (por tanto, priorizar los propios deseos y ser sujeto), mientras que la feminidad es “ser para otro” (satisfacer los deseos ajenos y ser objeto). La pornografía y el capitalismo neoliberal (De Miguel) se quieren encargar de que estos roles estén bien claros y se reproduzcan, creando un continuo del que no escape nadie.

- Pensando en lo difícil que nos resulta quitarnos de encima las relaciones entre “amo y sierva”, me ha venido a la cabeza el caso Julio Iglesias que hemos conocido hace unos días. No han faltado en las redes sociales comentarios del tidpo: “¿Por qué no se fueron las asistentas de la casa, si no les gustaba lo que le obligaban a hacer?” o “¿Por qué tardaron tanto en denunciar?”
- El cuestionamiento y el odio hacia las víctimas son constantes y demoledores, por eso suelo recordar un documental llamado No hay lugar donde esconderse, sobre Rehtaeh Parsons, adolescente que, tras ser violada, decidió suicidarse. Además de aprovecharse del estado de embriaguez de la chica, los agresores compartieron fotos de ella, así que no pudo soportarlo. La violencia prosiguió contra la familia de Rehtaeh y su memoria.

Las persecuciones y denostaciones contra las víctimas son continuas (el patriarcado es un continuo), quienes normalmente se quedan paralizadas e incluso tardan mucho tiempo, incluso años, en darse cuenta de una agresión sexual porque su cerebro lo había bloqueado. Al contrario, para ellos, siempre está la defensa, nadie los señala y, a pesar de toda la violencia ejercida, aparecen como el buen tipo, el buen padre, el buen artista, el buen vecino.  La violencia es constante y, como sabes, también institucional. La sociedad reproduce el eterno “¿Cerró usted bien las piernas?”

  • -

- Desde el contacto diario con los y las adolescentes que tienes por tu trabajo como profesora de instituto, ¿dirías que han cambiado sustancialmente los mecanismos de desigualdad y toxicidad que han regido las relaciones de amor y sexo entre los hombres y las mujeres desde siglos atrás? ¿Han surtido suficiente efecto, en tu opinión, la normalización de conceptos como el poliamor o el debate sobre el consentimiento?
- Igual que en el panorama político hay un retroceso y un auge de las derechas, creo que también lo hay en las formas de relacionarse, tanto como compañeros de clase, como en sus vínculos amicales y en sus relaciones de pareja. Por ejemplo, veo una tendencia a despreciar la bondad y preferir la maldad (espero que no suene maniqueo): hay una inclinación a buscar, como novio, al alumno de peores resultados académicos, al más disruptivo, al que emplea un lenguaje más violento. Esta seducción del “malote” es un hecho. Yo veo aquí una voluntad de las chicas por querer ser la elegida y anhelar cambiar a este tipo de jóvenes desde “el amor” (lo que ellos y ellas creen que es una relación de amor y que normalmente es de interdependencia). Para acabar, sigo viendo, en adolescentes y adultos más o menos jóvenes que yo, una tendencia a perseguir las relaciones de pareja a toda costa y como único modo de estar en la vida, y, por consiguiente, a asociar la soledad con el fracaso (de esto creo que  ya hacía un buen diagnóstico Yorgos Lanthimos en la película Langosta).

- ¿Cómo describirías este poemario con respecto al resto de tu trayectoria literaria y con respecto a la residencia artística en Andorra que hiciste para desarrollar tu proyecto de videopoesía Indoeuropeo de cops?
- Este libro responde a una voluntad de experimentación que creo que se remonta a No te hagas el muerto (2017) y, ya más recientemente, a Curso avanzado de perra (2022).  Me quise alejar de la poesía más pop. Luego, el proyecto que mencionas lo desarrollé para denunciar las violencias contra las mujeres y las criaturas, tras un momento de rechazo máximo a las continuas agresiones, entre ellas el caso de la manada en Pamplona y sus réplicas, la trata de niñas en Murcia o el caso de Gisèle Pelicot.  Las mujeres seguimos siendo, para la sociedad y el neoliberalismo, objetos, culpables y siervas. Se piensa desde Occidente en el “hiyab” como objeto represor, pero poco analizamos el patriarcado de consentimiento en el que vivimos: estamos cegados/as dado que nos hallamos dentro del sistema, formamos parte de él, así que pasamos por alto prácticas como el “skin care” de las niñas (ese maldito imperativo de la belleza), entre otras cosas, y lo asociamos con algo natural en ellas. Seguimos viendo normal y natural que quieran ser bonitas ante todo y alabamos su belleza como si fuera una virtud, mientras que en ellos subrayamos más bien su simpatía o pericia en algún deporte.

- Partes de tus experiencias personales, aunque dedicas el libro “a todas tus compañeras”. ¿Qué poemarios feministas o de sororidad te han marcado especialmente como lectora?
- No puedo hablar de poemarios feministas si te refieres a obras que contengan una temática de denuncia explicita, pero sí puedo mencionar a autoras maravillosas que muestran su mundo (de nuevo, fondo es forma, y viceversa), para demoler el canon literario que sigue siendo patriarcal. En mucho (¡todavía!), la mujer continúa siendo vista como la musa y no la creadora; así, se sigue hablando de “literatura de mujeres”, sin embargo, no se habla de “literatura de hombres”; ellos siempre ofrecen, según el canon, lo universal, y nosotras lo excepcional y lo femenino. Desde hace mucho tiempo, por tanto, y porque creo que siempre se ha experimentado más desde los márgenes, me interesan mucho más las poetas: Miriam Reyes, Olga Novo, Marta Sanz, Berta García Faet, Ana Pérez Cañamares, María Negroni o Gabriela Saccone, entre otras. Muy distintas, muy auténticas.

Por cierto, en mi libro hay materia autobiográfica, pero también se señalan las experiencias de otras mujeres tales como la de una autora que fue violada por un poeta. De igual modo, parto de textos ajenos como el artículo de Pérez-Reverte titulado “Mujeres como las de antes” (texto violento que aún permanece en la red) para generar mis propios versos.

- En una entrevista de hace unos años comentabas que se te estaban acabando las ganas de seguir escribiendo poesía. ¿Has cambiado de opinión? 
- Es cierto que llegó un momento en que no quería escribir más poesía, así que, cuando me premiaron por El día que dejamos de ver porno, lo que suponía publicar con Hiperión, pensé que iba a ser un gran cierre para una etapa dedicada a este género maravilloso y minoritario. Entre mis planes está escribir narrativa de modo más disciplinado (ya he escrito antes cuentos y he participado en novelas grupales con el colectivo Hotel Postmoderno). Además, en breve sacaré disco nuevo (¡también pensé en dejar la música en 2018!), Lilith lo sabe, y lo giraré con la banda. Realmente, no sé si la poesía volverá a mí o yo a ella.

- ¿Cómo valoras la escena de poesía en vivo que hay en Valencia ahora mismo con respecto a la de hace diez o veinte años? 
- En Valencia hay una gran escena y muchos agentes dinamizadores que antes no existían (recuerdo que había mucha autogestión). Destacaría el ciclo Rimbomba, en el que tuve el placer de participar, dedicado sobre todo a la poesía escénica y desde un punto de vista ecléctico. Luego, hay numerosos bares que ofrecen su espacio para el formato “slam poetry”, por lo que muchos/as poetas tienen la oportunidad de recitar sin ni siquiera tener obra publicada. Esto es potencialmente bueno, si no se cae en el concurso de popularidad.

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo