Libros y cómic

BRONTË VS ZUCKERBERG

De 'Cumbres Borrascosas' a 'Noches Blancas': cuando leer clásicos se vuelve un acto de resistencia

  • Cumbres Borrascosas
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VALÈNCIA.Quizás no seas consciente de ello, pero si te has pegado una vuelta últimamente por las redes sociales (y todos sabemos que lo has hecho) es bastante probable que te hayas cruzado con algún post sobre el siglo XIX. Quizás ha sido una publicación relacionada con el estreno, el próximo 13 de febrero, de una nueva adaptación de la novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas. Dirigida por Emerald Fennell, la cinta está arrasando en cuanto a expectación 2.0, con sus buenas dosis de polémica y euforia digital. O puede que en el scroll infinito te haya aparecido un muchacho hablando de Noches Blancas, la obra de Dostoyevski convertida en tendencia viral de TikTok por su forma de abordar el amor no correspondido, la soledad y ese escenario de desasosiego que hace dos décadas se bautizó como friendzone. Porque sí, en ocasiones el algoritmo se convierte en un aliado inesperado.

Son tan solo dos destellos de un fenómeno mucho más extendido: el de los clásicos que regresan una y otra vez para mirarnos de frente. O quizás nunca se van del todo, pero esperan agazapados a que los redescubramos generación tras generación. A que alguien en vaqueros se asome a Moby Dick o La señora Dalloway y susurre: “Soy yo, literal”. O que se quede colgado de un párrafo escrito en la Edad Media por alguien con quien solo tiene en común el haber habitado el mismo planeta.

  • Frankenstein -

En una época marcada por la urgencia, la economía de la atención y la lógica de lo inmediato, estos párrafos del pasado siguen encontrando la forma de sacudirnos, de dialogar con un presente empeñado en hacernos vivir al galope. Y lo hacen, además, con lecturas que suelen ser exigentes. Obras que requieren horas, concentración y deseo de contextualización. Frente a la hiperconexión y la dictadura de la velocidad, sumergirse en estos textos deviene, en cierta medida, un acto de resistencia: una reivindicación de un ritmo propio, más lento y pausado. Más íntimo. De hecho, entre las variopintas definiciones que da Italo Calvino de estos libros en su ensayo Por qué leer los clásicos (Siruela), aparece: “Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone”. Y también: “Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo”.

Es emocionante que, en la disputa por la atención, de repente, la señora Bovary gane a los chutes de dopamina de las redes, los retos de Goodreads y la gratificación instantánea. Algo así como decir: ‘que te den, Zuckerberg, en este vagón de metro ha ganado Flaubert’. Pero es cierto que los clásicos necesitan varias capas de traducción: la geográfica (entender el lugar ajeno, la cultura y sus mitologías), la temporal (asomarse desde el presente a rinconcitos del pasado)... Por eso, pueden exigir cierto esfuerzo o cierto interés por aquello que resulta extraño”, indica Sofía Zakhir, traductora e investigadora de la Universitat de València. Nada de adanismos aquí: la fascinación por esos artefactos no es nueva, pero considera que sí es una muestra de esperanza: “Respecto a la atención, podemos estar tranquilos mientras sigan fascinando los delirios de Raskolnikov o sus charlas con extraños en Crimen y castigo. Nada nos es tan ajeno realmente. Como dicen Las Hijas de Felipe: «Todo lo que te pasa a ti, ya le pasó a una monja en los siglos XVI y XVII». Reconforta saber que no hemos inventado nada y que tanto nuestra suerte como nuestra desdicha han acompañado siempre a la humanidad”.

  • Orgullo y prejuicio -

En la misma línea, la editora Lucía Navarro defiende que esos títulos perduran porque siguen tratando temas “que nos interpelan, que hablan de la vida y la muerte. No se puede separar tan fácilmente lo clásico de lo contemporáneo. Muchas obras con la etiqueta ‘clásico’ hablan de las pasiones, de lo que nos mueve, nos entristece y causa sufrimiento. Su lectura es una puerta para ahondar en esa profundidad y para aproximarnos a otras formas de ver el mundo que nos han acompañado durante siglos. Aun con todos los cambios materiales, tecnológicos, políticos, etc., hay una inquietud que nos sigue atravesando. Las grandes preguntas, las hondas, siguen siendo las mismas”.

Precisamente a la vigencia de los textos apela Andrea Moliner, crítica literaria y librera en El Puerto, para hablar de Frankenstein: “Plantea cuestiones que siguen de actualidad, como el rechazo a lo diferente, algo que, lejos de desaparecer, se intensifica en el contexto actual, marcado por el auge de la extrema derecha y el incremento de la intolerancia a nivel global. También introduce un debate relevante: los límites éticos de la ciencia. Hasta qué punto es legítimo llevar a cabo determinados experimentos o desarrollar ciertas ideas sin considerar sus consecuencias morales. Esta reflexión conecta con nuestro presente, especialmente si pensamos en el poder de los grandes magnates tecnológicos, cuyas iniciativas, respaldadas por enormes recursos económicos, no encuentran límites claros. Algunos de estos proyectos plantean dilemas éticos evidentes, hasta el punto de que numerosos gobiernos están intentando regularlos o imponer restricciones”. No hay duda de que Mary Shelley, desde algún lugar, observa horrorizada ciertos devenires del siglo XXI.

  • Sentido y sensibilidad -

“Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente”

Hay artefactos escritos hace trescientos años que nos siguen estrujando el estómago y otros de los que quizás admiremos su calidad literaria, pero que emocionalmente nos dejan fríos. La clasificación en uno u otro apartado es un asunto bastante íntimo. Así lo piensa, al menos, Calvino, al que acudimos de nuevo: “Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”. Respecto a su catálogo, Zakhir relata: “Los cuentos de Chejov son mi lugar seguro, con su cotidianidad, su sátira, sus esperas, sus personajes extrañamente cautivadores”. Pero no todo son éxitos en este departamento: “Abandoné el Ulises de Joyce, pero miro atrás de vez en cuando y, seguramente, cuando tenga el tiempo y la energía, vuelva a él”.

El inventario de Navarro está presidido por Jane Austen: “La he disfrutado muchísimo desde adolescente y transformó mi imaginario”. Por su parte, Moliner incluye un clásico contemporáneo, El guardián entre el centeno, pero también otros que llevan varios siglos bambando entre nosotros, como El infierno de Dante (“que dio pie a adentrarme en las otras partes de La Divina Comedia, uno de mis clásicos favoritos”), Los Miserables y los relatos de Poe. Asimismo, ha cosechado alguna derrota: “No puedo, justamente, con Cumbres Borrascosas. La he leído, pero no me llegó; no conecté nada. En general, me ha pasado con las hermanas Brontë”.

Para caer rendida ante una obra, primero hay que llegar a ella. Hay que saber que existe. El aula, las amigas o la biblioteca son los canales tradicionales para ello. Pero no los únicos. Es ahí donde entran en juego no solo las adaptaciones cinematográficas, sino también cuentas de Instagram dedicadas a los memes literarios (¿quién no querría saber qué heroína de Jane Austen es según el tipo de café que toma?), podcasts como Punkis Decimonòniques (centrado en autoras victorianas y sus periferias) o clubs de lectura especializados. Quizás el éxito de Hamnet acabe provocando una fiebre por Hamlet, en particular, o por ese tal Shakespeare en general. Así lo cuenta Zakhir: “Tanto los memes del monstruoso insecto kafkiano como los vídeos del roce de las manos de Elizabeth Bennet y Mr. Darcy son puentes de acceso. Tanto el acercamiento cinematográfico como el digital suponen una manifestación de la necesidad de vinculación colectiva, del deseo de participar en la conversación: ‘Se ha convocado una fiesta prometedora en la casa Cumbres Borrascosas, si te la pierdes te arrepentirás para siempre’. El deseo de pertenencia nos eleva sobre la inmediatez y rompe con lo intimidante que podría parecer la aproximación a los clásicos”.

  • Orlando, mi biografía política -

“A Virginia Woolf le habría encantado”

Y ahora, el asunto inevitable cuando se habla de artefactos escritos llevados a la gran pantalla: el debate sobre la fidelidad al texto y su reinterpretación según nuestras obsesiones actuales. Empecemos recordando lo básico: el cine y la literatura funcionan de manera distinta, se valen de lenguajes diferentes. Y en ese trasvase, como apunta Moliner, hay elementos “que se pierden, otros se transforman y otros se incorporan. Frente a esto, encontramos lectores recelosos de las adaptaciones cinematográficas y otros que, precisamente por conocer el libro, sienten curiosidad por su versión fílmica. Las adaptaciones no se limitan a trasladar una historia a otro medio, sino que la expanden y la hacen evolucionar”.

Aquí, de nuevo, regresamos a Frankenstein, concretamente a la reciente producción de Guillermo del Toro. En ella, la criatura “aparece más humanizada, con una sensibilidad y una presencia que no siempre han estado presentes en versiones anteriores, donde predominaba la monstruosidad. Su propuesta se acerca más al espíritu de la novela original, aunque, como toda adaptación, se permite ciertas licencias”, señala la librera. En cambio, la Nosferatu de Robert Eggers, estrenada en 2024, más que una adaptación fiel de la novela de Bram Stoker supone “una reinterpretación de la película de Murnau de 1922. No solo se adapta un texto literario, sino también una película previa, lo que resulta especialmente interesante”.

En la disputa entre interpretación libre o pegada al texto, Navarro lo tiene clarísimo: “Prefiero aquellas que son fieles a la pieza original y al contexto histórico. Para ver una historia de tintes contemporáneos disfrazada de época, preferiría ver una producción contemporánea. No me gusta el uso de la estética por la estética; las decisiones puramente banales. Siento que ha de estar justificado de alguna forma coherente con la historia que se quiere contar. En ese sentido, adaptaciones como la nueva Cumbres Borrascosas me generan graves contradicciones. O la reciente adaptación de Persuasión, a cargo de Carrie Cracknell”. Cuando hay cambios sustanciales, Zakhir reclama poder entender de dónde vienen o qué se pretende con dicha distorsión: “Siempre me detengo a pensar eso, aunque no lo haga desde el juicio fetichista del original. Lo más estimulante es la posibilidad de dialogar con el texto y extraer cosas enriquecedoras de la relectura. Por ejemplo, Paul B. Preciado hace algo muy valioso en Orlando, mi biografía política, porque mantiene el interés exploratorio, imaginativo y crítico. Creo que a Virginia Woolf le habría encantado”.

  • Orlando, mi biografía política -

 

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